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Pasión Cap 11 Fuego Bajo la Luna

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Pasión Cap 11 Fuego Bajo la Luna

La brisa salada del mar caribeño me acaricia la piel mientras camino por la playa de Playa del Carmen. El sol se ha escondido ya, dejando un cielo púrpura salpicado de estrellas que parpadean como ojos juguetones. Llevo un vestido ligero de algodón que se pega a mis curvas con cada ráfaga de viento, y siento el arena tibia entre los dedos de los pies. Esta noche va a ser inolvidable, pienso, mientras veo la silueta de él esperándome junto a la fogata que crepita en la orilla.

Se llama Diego, mi carnal de aventuras, el wey que me hace vibrar con solo una mirada. Hemos tenido diez noches de puro desmadre antes, cada una más intensa que la anterior. Esta es pasión cap 11, la que he estado esperando toda la semana, trabajando en la oficina de Cancún como una loca por llegar a este momento. Él se gira y me sonríe, esa sonrisa pícara que dice órale, mami, ven pa'cá. Su camisa blanca desabotonada deja ver el pecho moreno y musculoso, bronceado por el sol mexicano.

—¡Ey, reina! —grita con esa voz ronca que me eriza la piel—. ¿Listos pa' quemar la noche?

Me acerco, el olor a humo de la fogata mezclándose con su colonia fresca, como a coco y limón. Lo abrazo fuerte, sintiendo su calor contra mi cuerpo. Sus manos bajan por mi espalda, deteniéndose en mis caderas. Neta, este pendejo sabe cómo encender el fuego, me digo mientras nuestras bocas se encuentran en un beso lento, saboreando el tequila que él trae en los labios. Dulce, ardiente, con un toque salado del mar.

Nos sentamos en la arena, él saca una botella de mezcal artesanal de Oaxaca, de esas que queman la garganta pero avivan el alma. Brindamos por pasión cap 11, por las olas que rompen suaves a nuestros pies y por el deseo que ya palpita entre mis piernas. Hablamos de tonterías, de cómo el tráfico en la carretera fue un desmadre, de antojos de tacos al pastor, pero sus ojos no dejan de recorrer mi escote, y yo siento mis pezones endureciéndose bajo la tela fina.

La tensión crece como la marea. Su mano roza mi muslo, subiendo despacio, y yo dejo que lo haga, abriendo las piernas un poquito. Qué rico se siente su toque, pienso, mientras el sonido de las olas se mezcla con mi respiración agitada. Él susurra al oído:

—Te tengo loca, ¿verdad? Dime que sí quieres que te haga mía esta noche.

—Sí, Diego, neta que sí —respondo, mi voz temblorosa de anticipación—. Hazme tuya como solo tú sabes.

Acto uno cerrado, el deseo inicial prendido como la fogata que ilumina nuestras sombras danzantes.

La noche avanza y el fuego entre nosotros arde más fuerte. Diego me tumba suavemente sobre una manta que sacó de su mochila, el olor a sal y arena invadiendo mis sentidos. Sus besos bajan por mi cuello, mordisqueando la piel sensible, dejando un rastro húmedo que se enfría con la brisa. Gimo bajito, arqueando la espalda, mientras sus dedos desatan el nudo de mi vestido. La tela cae a un lado, exponiendo mis senos al aire nocturno, y él los admira como si fueran tesoros prehispánicos.

Este wey me ve como a una diosa azteca, reflexiono en mi mente, mientras su boca captura un pezón, chupándolo con hambre. El placer es un rayo que sube desde mi pecho hasta mi clítoris, hinchado y ansioso. Mis manos se enredan en su cabello negro y ondulado, tirando suave para guiarlo. Baja más, besando mi vientre, lamiendo el ombligo, hasta llegar al borde de mis panties de encaje. El olor de mi excitación flota en el aire, almizclado y dulce, como miel de abeja silvestre.

Me las quita con dientes, juguetón, y yo río nerviosa, el corazón latiéndome como tambor de mariachi lejano. Sus dedos exploran mis pliegues húmedos, deslizándose con facilidad. Estoy chorreando por él, admito para mí misma, mientras introduce uno, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hace jadear. El sonido de mi humedad es obsceno, chapoteante, mezclado con las olas. Él me mira a los ojos, pidiendo permiso con la mirada.

—¿Quieres mi lengua, amor? —pregunta, voz grave.

—¡Órale, sí! No pares —suplico, empujando sus hombros hacia abajo.

Su boca se cierne sobre mí, la lengua plana lamiendo desde la entrada hasta el clítoris, círculos lentos que me vuelven loca. Sabor a sal y a mí, él gime contra mi piel, vibrando. Mis caderas se mueven solas, follándole la cara, y él agarra mis nalgas firmes, amasándolas. La tensión sube, un nudo en el estómago que se aprieta más y más. Va a venir el primer orgasmo, pienso, mordiéndome el labio. Grito su nombre cuando exploto, olas de placer recorriéndome, piernas temblando, el mundo reduciéndose a su boca y mi pulso desbocado.

Pero no para. Se quita la ropa rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando precum. La tomo en mi mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre el acero. Qué chingona está, pienso, masturbándolo lento mientras él jadea. Lo guío a mi entrada, frotándolo contra mis labios hinchados.

—Entra ya, cabrón —le digo, juguetona—. Quiero sentirte todo.

Se hunde despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El sonido de piel contra piel empieza, húmedo y rítmico, como el mar. Nos movemos juntos, él profundo, yo clavando uñas en su espalda. Sudor perla nuestras pieles, oliendo a sexo y mar, salado y primitivo.

En el medio del acto, nos volteamos, yo encima, cabalgándolo como reina. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones. Soy poderosa así, me digo, rebotando fuerte, mi clítoris rozando su pubis. Él gruñe, muy hombre, y la intensidad sube. Cambiamos posiciones, él atrás, jalándome el pelo suave, dándome nalgadas que resuenan. Cada embestida toca mi alma, el placer psicológico tan fuerte como el físico. Hablamos sucio en mexicano puro:

—¡Qué rica verga tienes, Diego! ¡Fóllame más duro!

—¡Sí, mami, tu panocha es de oro! —responde, acelerando.

La escalada es brutal, mis paredes apretándolo, su verga hinchándose. Orgasmo dos me arrasa, gritando al cielo estrellado, y él se corre segundos después, llenándome caliente, pulsos que siento dentro.

Acto dos culminado en éxtasis compartido, cuerpos temblando.

Caemos exhaustos sobre la manta, el fuego de la fogata menguando como nuestro jadeo. Diego me abraza por detrás, su verga aún semi-dura contra mis nalgas, semen goteando entre mis piernas. El olor a sexo impregna el aire, mezclado con humo y mar. Besos perezosos en mi nuca, sus manos acariciando mi vientre suave.

Esta pasión cap 11 fue la mejor, pienso, mientras las olas nos arrullan. Hablamos bajito de planes futuros, de escapadas a Tulum, de tatuajes que simbolicen nuestro fuego. No hay arrepentimientos, solo plenitud. Me gira para mirarme a los ojos, besándome profundo, saboreando nuestros jugos mezclados.

—Te amo, mi reina —murmura—. Esto es solo el principio de más capítulos.

Sonrío, sintiendo el afterglow calmar mi piel erizada. La luna nos baña en plata, y nos quedamos así, entrelazados, hasta que el sueño nos vence con el ritmo del Caribe. Mañana será otro día, pero esta noche de pasión cap 11 queda grabada en mi piel, en mi alma, un fuego eterno que solo él sabe avivar.

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