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Jencarlos Canela Pasion Prohibida

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Jencarlos Canela Pasion Prohibida

El Auditorio Nacional bullía de energía esa noche en la Ciudad de México. Luces parpadeantes, el olor a sudor mezclado con perfume caro y el rugido de la multitud coreando su nombre. Jencarlos Canela dominaba el escenario como un dios del rock latino, su voz grave y sensual envolviendo cada rincón. Yo, Ana, una wey de veintiocho años que trabajaba en la disquera como asistente de producción, había colado un pase VIP gracias a un favor de un carnal. Neta, nunca imaginé que esa noche cambiaría todo.

Lo vi de cerca por primera vez en el backstage. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que derretía panties. Sudor brillando en su pecho abierto por la camisa desabotonada, oliendo a colonia masculina y a victoria fresca del concierto. Me miró directo a los ojos, y sentí un cosquilleo en la piel, como si el aire se cargara de electricidad. "Órale, guapa, ¿vienes a felicitarme o a pedirme un autógrafo en lugar más interesante?", dijo con ese acento venezolano suavizado por años en México, guiñándome el ojo.

Reí nerviosa, el corazón latiéndome como tamborazo. "Pura pasion prohibida, ¿no? Eres el rey del escenario, JenCarlos", respondí, usando su nombre completo como si lo conociera de toda la vida. Él se acercó, su aliento cálido rozándome la oreja. "Llámame carnal, y esta noche te muestro lo que es pasión de verdad". El roce de su mano en mi cintura fue como fuego líquido, despertando un hambre que no sabía que tenía.

¿Qué chingados estoy haciendo? Es Jencarlos Canela, famoso hasta el cansancio. Si alguien nos ve, soy la chisme del siglo. Pero su mirada... ay, wey, me moja nomás de pensarlo.

La afterparty en el hotel Four Seasons era un paraíso de lujo: copas de champagne burbujeando, música suave de jazz latino y cuerpos moviéndose al ritmo. JenCarlos no me soltó. Bailamos pegaditos, su cuerpo duro presionando contra el mío. Sentía la firmeza de sus músculos bajo la camisa de lino, el calor de su piel traspasando la tela fina de mi vestido rojo. Sus manos bajaron despacio por mi espalda, deteniéndose en mis caderas. "Te quiero probar, Ana", murmuró, su voz ronca contra mi cuello. Olía a él: mezcla de sudor limpio, tabaco suave y deseo puro.

Subimos a su suite en el elevador, solos. El silencio era pesado, cargado. Nuestras miradas chocaban como chispas. Cuando las puertas se cerraron, no aguanté más. Lo besé, mis labios devorando los suyos, saboreando el whisky dulce en su lengua. Él gruñó, empujándome contra la pared, sus manos explorando mis curvas con urgencia. "Eres fuego, mamacita", jadeó, mordisqueando mi labio inferior. Mi piel ardía donde me tocaba, pezones endureciéndose bajo el encaje del bra.

Entramos tambaleándonos a la habitación, iluminada solo por la luna filtrándose por las cortinas. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo nuestro peso. JenCarlos me quitó el vestido con dedos hábiles, besando cada centímetro de piel expuesta. "Qué chula eres", dijo, admirando mis tetas llenas, pezones oscuros erectos. Bajó la cabeza, chupando uno con hambre, su lengua girando en círculos que me hicieron arquear la espalda. Gemí fuerte, el sonido ecoando en la habitación. Olía a mi propia excitación, almizcle dulce mezclándose con su colonia.

Esto es pasion prohibida pura. Soy una pendeja por meterme en esto, pero qué rico se siente ser deseada así, como si fuera la única en su mundo.

Sus manos bajaron a mi tanga, deslizándola por mis muslos. Sentí el aire fresco en mi concha húmeda, palpitante. "Estás chorreando por mí, ¿verdad?", ronroneó, metiendo dos dedos despacio. Jadeé, clavando las uñas en sus hombros anchos. Movía los dedos con maestría, rozando mi clítoris hinchado, enviando ondas de placer que me nublaban la vista. "Sí, carnal, no pares", supliqué, mi voz entrecortada. Él sonrió malicioso, lamiendo sus dedos empapados. "Sabe a miel mexicana".

Lo empujé a la cama, queriendo devorarlo yo. Le arranqué la camisa, besando su pecho velludo, bajando por el abdomen marcado hasta su verga dura como piedra. La saqué de los boxers, gruesa, venosa, goteando precum. La tomé en mi boca, saboreando su salado, chupando la cabeza con avidez. JenCarlos gruñó profundo, enredando los dedos en mi pelo. "Ay, wey, qué rica boca. Chúpala más hondo". Obedecí, tragándomela hasta la garganta, el olor almizclado de su pubis invadiéndome.

No aguantó mucho. Me levantó, volteándome sobre la cama en cuatro patas. "Te voy a follar hasta que grites mi nombre", prometió, posicionando su verga en mi entrada resbaladiza. Empujó despacio al principio, estirándome deliciosamente. Gemí al sentirlo llenarme, pulso latiendo contra mis paredes. "¡JenCarlos!", chillé cuando empezó a bombear, duro y profundo. El slap-slap de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos. Sudor corría por su espalda, goteando en la mía, cálido y pegajoso.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis tetas rebotando, pellizcando pezones. Cabalgué fuerte, mi clítoris frotándose contra su pubis, placer acumulándose como tormenta. "¡Más rápido, puta rica!", urgió él, azotando mi nalga con una palmada juguetona que ardía rico. El orgasmo me golpeó como rayo: visión borrosa, concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de jugo mojando sus bolas. "¡Me vengo, carnal!", aullé, temblando.

Él se volteó encima, embistiéndome con furia animal. Sus ojos clavados en los míos, sudor perlando su frente. "Dame todo, Ana", gruñó, acelerando. Sentí su verga hincharse, pulsando. "¡Me corro dentro!", avisó, y lo hizo, chorros calientes inundándome, mezclándose con mis jugos. Colapsamos juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco.

Despertamos enredados horas después, el sol filtrándose por las cortinas. JenCarlos me besó la frente, su mano acariciando mi pelo revuelto. "Esto fue pasion prohibida de la buena, ¿no?", murmuró con sonrisa perezosa. Reí bajito, oliendo nuestros cuerpos aún marcados por la noche: sexo, sudor y promesas rotas. No sabía si habría más, pero en ese momento, con su calor envolviéndome, no importaba. Había vivido el fuego de Jencarlos Canela, y valió cada segundo prohibido.

Nos duchamos juntos, agua caliente cascando sobre pieles sensibles. Sus manos jabonosas en mis curvas, besos lentos bajo el chorro. Salimos del hotel por separado, un guiño cómplice en el lobby. Caminé por Reforma con piernas flojas, el sol calentándome la cara, un secreto ardiente latiendo en mi pecho. Neta, qué noche.

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