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Cañaveral de Pasiones Capitulo 21 Fuego en las Cañas

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Cañaveral de Pasiones Capitulo 21 Fuego en las Cañas

Ana caminaba entre las altas varas de caña, el sol del atardecer tiñendo todo de un naranja ardiente que hacía que su piel morena brillara con un sudor ligero. El aire estaba cargado del dulce aroma de la caña madura, mezclado con la tierra húmeda después de la lluvia de la mañana. Cada paso crujía bajo sus botas, y el viento susurraba secretos entre las hojas, como si el cañaveral de pasiones mismo la invitara a soltarse. Hacía semanas que no veía a Javier, pero esta noche era especial: su capitulo 21, como ellos lo llamaban, el vigésimo primer capítulo de su historia prohibida, escrita en besos robados y cuerpos entrelazados.

Se detuvo en el claro que conocían bien, un rincón donde las cañas formaban un muro natural, ocultándolos del mundo. Su corazón latía fuerte, un tambor en el pecho que competía con el zumbido de los grillos.

¿Y si no viene? ¿Y si esta vez el miedo lo vence?
pensó, mordiéndose el labio. Pero entonces lo oyó: el sonido de pasos pesados, el roce de jeans contra las hojas secas. Javier emergió de la penumbra, su camisa blanca abierta hasta el pecho, revelando músculos curtidos por el sol y el trabajo en la hacienda. Sus ojos negros la devoraron de inmediato, y una sonrisa pícara se dibujó en su cara morena.

Órale, mi reina, murmuró con esa voz ronca que le erizaba la piel. Se acercó despacio, como un tigre acechando, y la tomó por la cintura. Sus manos callosas, ásperas del machete, contrastaban con la suavidad de su blusa de algodón. Ana sintió el calor de su cuerpo antes de que sus labios se unieran. El beso fue lento al principio, un roce de lenguas que sabía a café amargo y tabaco, despertando mariposas en su vientre.

—Te extrañé, pendejo, le dijo ella riendo bajito, juguetona, mientras sus dedos se enredaban en su pelo negro y revuelto. Él gruñó, apretándola más contra un tronco de caña grueso.

Neta, Ana, cada día en la zafra pienso en ti. En cómo te pones cuando te toco aquí... —Sus manos bajaron por sus caderas, apretando su culo firme bajo la falda floreada. Ella jadeó, el roce enviando chispas por su espina. El deseo que habían acumulado era como la caña antes de la cosecha: tenso, a punto de estallar.

Se besaron con más hambre ahora, lenguas danzando, dientes mordisqueando labios hinchados. Javier la levantó con facilidad, sentándola en una base de cañas cortadas que amortiguaban como un colchón natural. El olor a savia fresca y sudor masculino la mareaba, un perfume embriagador que hacía que su panocha se humedeciera de anticipación. Ana le quitó la camisa de un tirón, lamiendo el salado de su pecho, saboreando el sabor salobre de su piel mientras él gemía bajito, el sonido vibrando en su garganta.

En el medio del acto, la tensión escaló como una tormenta veracruzana. Javier deslizó su mano bajo la falda, encontrando sus bragas ya empapadas.

Qué chulada de mujer, piensa él, su verga endureciéndose dolorosamente contra los pantalones.
Rozó su clítoris con el pulgar, círculos lentos que la hicieron arquear la espalda. —¡Ay, cabrón! —gimió ella, clavando las uñas en sus hombros. El viento agitaba las cañas a su alrededor, un coro susurrante que acompañaba sus respiraciones agitadas.

—Dime qué quieres, mamacita, susurró él al oído, su aliento caliente oliendo a pulque dulce. Ana lo miró a los ojos, esos pozos de lujuria pura.

Chíngame, Javier. Hazme tuya como solo tú sabes. —Sus palabras fueron un incendio. Él se arrodilló, bajándole las bragas con dientes, exponiendo su sexo depilado y reluciente. El aire fresco besó su intimidad, haciendo que se estremeciera. Javier inhaló profundo, el aroma almizclado de su excitación volviéndolo loco. Lamio despacio, lengua plana lamiendo desde el perineo hasta el clítoris, saboreando su miel salada y dulce. Ana gritó suave, agarrando puñados de cañas, el crujido mezclándose con sus jadeos.

El placer subía en olas, cada lamida un latigazo de éxtasis. Sus tetas subían y bajaban con cada respiro, pezones duros rozando la blusa. Javier metió un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la volvía loca.

Es mía, solo mía en este cañaveral de pasiones
, pensó él, mientras ella se retorcía, el sudor perlando su frente. —¡Más, wey, no pares! —suplicó, las caderas moviéndose al ritmo de su boca.

Pero Ana quería más, quería sentirlo todo. Lo jaló hacia arriba, desabrochando su cinturón con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la punta brillando con presemen. La tomó en la mano, sintiendo el pulso caliente bajo la piel suave. —Qué pinga tan chingona, murmuró, masturbándolo lento mientras él besaba su cuello, mordiendo suave.

Se posicionaron, ella encima para controlarlo todo. Ana se hundió despacio en él, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso quemándola por dentro. Ambos gimieron al unísono, el sonido perdido en el vasto cañaveral. El calor de su verga la llenaba, pulsando contra sus paredes húmedas. Empezó a moverse, subiendo y bajando, el roce de sus pelvis chocando con un plaf húmedo. Javier agarraba sus nalgas, guiándola, sus ojos fijos en cómo sus tetas rebotaban libres ahora que se había quitado la blusa.

La intensidad creció, sus cuerpos chocando con furia contenida. El sudor los unía, resbaloso y caliente, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Ana sentía cada vena de su verga rozando su interior, el clítoris frotándose contra su pubis.

Esto es el capitulo 21, pero quiero mil más
, pensó en medio del delirio. Javier la volteó, poniéndola de rodillas contra las cañas, penetrándola desde atrás. El ángulo era perfecto, golpeando profundo, sus bolas palmoteando su clítoris.

—¡Me vengo, Ana! —gruñó él, acelerando.

—¡Yo también, chingaquedito! —chilló ella, el orgasmo explotando como fuegos artificiales. Oleadas de placer la sacudieron, su panocha contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Javier se derramó dentro, chorros calientes llenándola, su gemido ronco como un rugido animal.

Colapsaron juntos, jadeantes, enredados en el suelo mullido de cañas. El viento secaba su sudor, el aroma de sus jugos mezclándose con la tierra. Javier la besó suave en la sien, su mano acariciando su espalda.

—Eres lo mejor que me ha pasado en esta vida, mi vida.

Ana sonrió, el corazón lleno, el cuerpo saciado.

En este cañaveral de pasiones, el capitulo 21 solo es el principio
. Se quedaron así, escuchando la noche, sabiendo que el amanecer traería más trabajo, pero sus noches seguirían ardiendo.

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