Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Reflexiones de la Pasion de Cristo en Carne Viva Reflexiones de la Pasion de Cristo en Carne Viva

Reflexiones de la Pasion de Cristo en Carne Viva

7054 palabras

Reflexiones de la Pasion de Cristo en Carne Viva

En la quietud de mi departamento en Polanco, con el sol de la tarde colándose por las cortinas de lino, me senté en el sillón de terciopelo rojo. El libro abierto en mis manos era Reflexiones de la Pasion de Cristo, un clásico que mi abuelita me había regalado años atrás. Cada página hablaba de sufrimiento, entrega total, de un amor que trascendía el dolor. Pero esa tarde, algo cambió. Las palabras se me clavaban en el pecho como espinas dulces, y mi mente divagaba hacia rincones prohibidos.

¿Y si la pasión no era solo sacrificio? ¿Y si era fuego en las venas, piel contra piel?
Pensé, mientras el aroma del café recién molido se mezclaba con el jazmín de mi perfume. Mi nombre es Ana, tengo treinta y dos años, y desde que mi carnal Javier volvió de su viaje a Guadalajara, el aire entre nosotros chispeaba como en los viejos tiempos. Él, con su sonrisa pícara y esos ojos cafés que me deshacían, era mi tentación viva.

La puerta se abrió con un clic suave, y ahí estaba él, fresco de la regadera, con una toalla ceñida a las caderas. El olor a jabón de sándalo me golpeó como una ola. "¿Qué onda, mi reina? ¿Leyendo tus cositas santas otra vez?" dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel.

Levanté la vista, el corazón latiéndome fuerte. "Sí, wey. Reflexiones de la Pasion de Cristo. Pero hoy... hoy me revuelve todo por dentro." Mi voz salió entrecortada, y noté cómo mis pezones se endurecían bajo la blusa de algodón fina. Él se acercó, el calor de su cuerpo invadiendo mi espacio, y me quitó el libro con delicadeza.

"Déjame ver qué te tiene así de encendida." Sus dedos rozaron los míos, un toque eléctrico que me hizo jadear bajito. Se sentó a mi lado, tan cerca que sentía el roce de su muslo contra el mío. Leí en voz alta un pasaje sobre la corona de espinas, pero mi mente lo transformaba: espinas de placer, marcas en la piel que dolían rico.

El deseo crecía lento, como la marea en Acapulco. Javier dejó el libro y su mano subió por mi pierna, trazando círculos en mi rodilla. "Ana, neta que te ves sabrosa cuando te pones reflexiva. ¿Qué te pasa por esa cabecita?" Su aliento cálido en mi cuello olía a menta y hombre.

Me giré hacia él, nuestros rostros a centímetros. "Pienso en la entrega total, carnal. En sufrir por amor... pero de la buena manera." Nuestros labios se rozaron, un beso tentative que sabía a promesas. Sus manos exploraron mi espalda, desabrochando el sostén con maestría. La tela cayó, y el aire fresco besó mis senos libres, endureciendo aún más mis pezones.

La tensión subía como el volumen de un corrido ranchero. Javier me levantó en brazos, mis piernas envolviéndolo por instinto. Caminó hacia el cuarto, cada paso un latido compartido. El colchón nos recibió suave, y su toalla voló al suelo. Su verga erecta, gruesa y venosa, se presionaba contra mi muslo, caliente como hierro forjado. Olía a su excitación, ese almizcle que me volvía loca.

Esto es mi pasión, pensé. Mi cruz personal, pero de placer puro.
Le quité la blusa con urgencia, revelando mis curvas. Él gemó al verlas, lamiendo sus labios. "Qué chingonas tetas tienes, mi amor. Quiero morderlas." Y lo hizo, suave al principio, luego con más hambre. Sus dientes rozaron mi piel, enviando chispas directas a mi entrepierna. Gemí, arqueándome, el sonido rebotando en las paredes forradas de madera.

Sus dedos bajaron, colándose bajo mi falda. Encontró mi calzón empapado, y rio bajito. "Ya estás chorreando, pendejita caliente." Jugó con mi clítoris a través de la tela, círculos lentos que me hacían retorcer. El olor a mi propia humedad llenaba el aire, dulce y salado. Le supliqué con la mirada, y él cedió, bajando el calzón y hundiendo dos dedos en mí. Estaba tan mojada que entraron fáciles, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas.

Yo no me quedaba atrás. Agarré su verga, dura como piedra, palpitante en mi palma. La masturbe lento, sintiendo cada vena, el precum resbaloso lubricando mi mano. "Te la chupo, ¿va?" murmuré, y él asintió con un gruñido animal. Me arrodillé, el suelo alfombrado suave bajo mis rodillas. Lamí la punta, saboreando su sal, luego lo engullí centímetro a centímetro. Su sabor me inundaba, terroso y adictivo. Él enredó sus dedos en mi pelo, guiándome sin forzar, jadeando mi nombre.

La intensidad crecía. Me tumbó de espaldas, besando cada centímetro de mi vientre, bajando hasta mi concha. Su lengua era fuego, lamiendo mis labios hinchados, chupando mi clítoris con succión perfecta. Olas de placer me recorrían, mis muslos temblando. "¡No pares, Javier! ¡Qué rico, cabrón!" grité, las uñas clavadas en sus hombros.

Pero quería más. Lo empujé sobre el colchón y me monté a horcajadas. Su verga rozó mi entrada, resbaladiza. Bajé despacio, sintiéndolo estirarme, llenarme hasta el fondo. El estirón era exquisito, un dolor placentero que me hacía sudar. Empecé a moverme, cabalgándolo como una jinete en el desierto. Nuestros cuerpos chocaban con plaf húmedos, el sudor perlando nuestras pieles. Él amasaba mis nalgas, azotándolas juguetón. "¡Muévete así, mi reina! ¡Qué prieta estás!"

El clímax se acercaba como tormenta en el horizonte. Cambiamos posiciones: él encima, embistiéndome profundo, mis piernas en sus hombros. Cada thrust tocaba mi alma, el roce de su pubis contra mi clítoris era eléctrico. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, mezclándose con mis gemidos.

Esto es la pasión verdadera, reflexioné en un flash. Entrega, sudor, éxtasis compartido.

"Me vengo, Ana... ¡juntos!" rugió. Sentí su verga hincharse, pulsando dentro de mí. Mi orgasmo explotó primero, un tsunami que me contrajo toda, chorros de placer escapando. Él se derramó segundos después, caliente y abundante, llenándome. Grité su nombre, el mundo disolviéndose en blanco.

Quedamos jadeantes, enredados. Su peso sobre mí era bendición. Besos lentos, lenguas perezosas saboreando el aftermath. El olor a sexo impregnaba la habitación, mezclado con nuestro sudor y el leve jazmín residual. Javier rodó a un lado, atrayéndome a su pecho. Escuché su corazón galopando, calmándose poco a poco.

"Neta, mi amor, eso fue como una pasión de esas del libro... pero en carne viva." Dijo, riendo suave. Yo sonreí, trazando círculos en su piel marcada por mis uñas.

Reflexiones de la Pasion de Cristo, pero en mi versión: no espinas de metal, sino de deseo. No cruz de madera, sino de cuerpos unidos. Y qué chido que así sea.
Afuera, la ciudad bullía, pero en nuestro nido, reinaba la paz del alma saciada. Mañana leería más, pero ahora, con él, todo tenía nuevo sentido. La pasión no acaba; se renueva.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.