El Diario de una Pasión Nicholas Sparks
Querido diario, hoy encontré ese libro viejo en la tiendita de antigüedades de la playa en Puerto Vallarta. El diario de una pasión de Nicholas Sparks. Neta, me voló la cabeza desde la primera página. Habla de amores que queman el alma, de cuerpos que se buscan como si no hubiera mañana. Lo leí anoche bajo la luz de la luna, con el sonido de las olas rompiendo en la arena, y sentí un calor entre las piernas que no se me quitaba. Ay, wey, ¿por qué mis novios pasados eran tan pinches aburridos? Quiero eso, una pasión que me haga temblar, que me deje sin aliento.
Esta mañana, caminando por la playa con el libro en la mano, lo vi. Diego. Alto, moreno, con esa sonrisa chueca que te derrite. Estaba jugando voleibol con unos cuates, sudado, con la camisa pegada al pecho musculoso. El sol brillaba en su piel bronceada, oliendo a sal y a hombre. Nuestras miradas se cruzaron y ¡pum! sentí un cosquilleo en el estómago. Me acerqué, fingiendo que buscaba una pelota perdida.
—Oye, ¿esta es tuya? —le dije, señalando el libro.
Él se rio, secándose el sudor de la frente. —No, pero si quieres, te presto mi vida para que la leas.
¡Qué pendejo tan coqueto! Su voz ronca, como el rugido del mar, me erizó la piel. Quise olerlo de cerca, probar el salitre en sus labios.
Fue el comienzo. Caminamos por la orilla, el agua tibia lamiendo nuestros pies. Hablamos de todo: de cómo Nicholas Sparks escribe amores que duelen y sanan, de cómo yo siempre soñé con un hombre que me mirara como si fuera su mundo. Él confesó que era arquitecto, que venía de Guadalajara huyendo del estrés citadino, buscando paz en el mar. Pero en sus ojos, vi hambre. La misma que yo sentía.
La tarde cayó como un velo púrpura. Cenamos mariscos en un palapito, el aroma a ajo y limón flotando en el aire caliente. Sus dedos rozaron los míos al pasarme la salsa, y juro que un rayo me recorrió el cuerpo. Calma, Ana, me dije, pero mi concha ya palpitaba, húmeda de anticipación.
Volvimos a mi cabaña rentada, con vista al Pacífico. El viento traía olor a jazmín y yodo. Nos sentamos en la terraza, con una chela fría en la mano. Sacó el libro de mi bolso —yo lo había traído— y leyó en voz alta un pasaje sobre besos que encienden fuegos eternos.
Escuchar su voz grave recitando esas palabras... sentí mi pezón endurecerse bajo la blusa ligera. Quería que me tocara, que me devorara.
La tensión crecía como la marea. Nuestras rodillas se rozaban, el calor de su muslo contra el mío era eléctrico. Hablamos de deseos reprimidos, de cómo la vida nos había negado pasiones verdaderas. Él me miró fijo, sus ojos oscuros como pozos de miel.
—Ana, desde que te vi, no puedo dejar de imaginarte desnuda en mis brazos —susurró, su aliento cálido en mi oreja.
Mi corazón latía como tambor. —Pues hazlo realidad, carnal. Enséñame esa pasión de la que habla Sparks.
Acto dos de esta locura. La noche nos envolvió. Entramos a la habitación, la luz de las velas parpadeando en las paredes de adobe. Se quitó la camisa despacio, revelando un torso esculpido por el sol y el trabajo. Olía a sudor limpio, a mar y a deseo puro. Mis manos temblaron al tocar su pecho, sintiendo los músculos duros bajo la piel suave. Él gimió bajito, un sonido que me mojó más.
Me besó con furia contenida, sus labios carnosos saboreando los míos como fruta madura. Lengua contra lengua, dulce y salada, explorando cada rincón de mi boca. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas con fuerza juguetona.
—Qué rica estás, wey —murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible.
¡Ay, Dios! Cada roce era fuego. Mi clítoris latía, pidiendo atención. Lo empujé a la cama, king size con sábanas de algodón fresco.
Me desvistió con cuidado, como si fuera un tesoro. Sus dedos trazaron mis curvas, deteniéndose en mis senos plenos. Chupó un pezón, succionando con maestría, mientras su mano bajaba entre mis muslos. Estaba empapada, mi jugo resbalando por las piernas. Él sonrió, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en mi punto G.
—Estás chorreando por mí, mi reina —dijo, voz ronca de lujuria.
Gemí alto, arqueándome. El sonido de mis jugos al moverse era obsceno, delicioso. Lo volteé, queriendo mi turno. Bajé su short, y ¡madre mía! Su verga saltó libre, gruesa, venosa, apuntando al techo. La tomé en la mano, sintiendo su pulso caliente, el olor almizclado de su excitación. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo.
—Chúpamela rica, Ana. Neta, eres una diosa.
Lo hice, tragándomela hasta la garganta, mis labios estirados alrededor de su grosor. El sabor, el calor, el gemido gutural que le saqué... todo me volvía loca. Pero quería más. Lo monté, frotando mi concha mojada contra su polla dura. El roce era tortura exquisita, piel resbaladiza contra piel ardiente.
Internamente luchaba: ¿me entrego del todo? ¿Y si es solo una noche? Pero su mirada me decía que esto era real, como en el diario de una pasión Nicholas Sparks. Una conexión del alma y el cuerpo.
La intensidad subía. Sus caderas empujaban, buscando entrada. Me hundí en él despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome deliciosamente. —¡Qué chingona se siente tu verga! —grité, comenzando a cabalgar.
El ritmo se aceleró. Sudor goteando, cuerpos chocando con palmadas húmedas. Él me agarraba las caderas, guiándome, clavándome más profundo. Olía a sexo, a nosotros mezclados. Mis uñas en su pecho, dejando marcas rojas. Gemidos, jadeos, el crujir de la cama. Mi orgasmo se acercaba, una ola gigante.
—Córrete conmigo, mi amor —suplicó, su voz quebrada.
Exploté. Estrellas detrás de mis ojos, mi concha contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Él rugió, llenándome con chorros calientes, su semen mezclándose con mis jugos. Colapsamos, pegajosos, temblando. El afterglow fue bendito: su pecho subiendo y bajando bajo mi mejilla, corazón galopante contra el mío. Besos suaves, risas cansadas.
—Esto fue mejor que cualquier libro —dijo, acariciando mi cabello revuelto.
En mi diario de esta noche, escribo: encontré mi propia pasión, inspirada en el diario de una pasión Nicholas Sparks. Diego no es solo un polvo; es el inicio de algo eterno. Mañana, más. Mi cuerpo aún vibra, mi alma canta. Qué chido es rendirse al deseo.
La luna testigo, el mar susurrando promesas. Duermo en sus brazos, satisfecha, completa.