Pasión y Poder Capítulo 133 El Dominio de los Sentidos
Ana se recargó en el amplio ventanal de su penthouse en Polanco, con la ciudad de México brillando como un mar de luces a sus pies. El aroma del tequila reposado flotaba en el aire, mezclado con el perfume de jazmín que siempre usaba para seducir. Llevaba un vestido negro ceñido que acentuaba sus curvas, y su piel morena brillaba bajo la luz tenue de las velas. Esta noche es nuestro capítulo 133 de Pasión y Poder, pensó, mientras su pulso se aceleraba solo de imaginarlo. Diego, su amante, su igual en el mundo de los negocios, pero su amo en la cama, entraría pronto por la puerta.
La puerta se abrió con un chasquido suave, y ahí estaba él: alto, con el traje italiano impecable, el cabello negro peinado hacia atrás y esa mirada que la desarmaba. "Buenas noches, mi reina", dijo con voz grave, como un ronroneo que vibró en el pecho de Ana. Ella giró despacio, sintiendo cómo el roce de la tela contra sus pezones endurecidos la hacía jadear bajito.
¿Por qué este hombre me hace sentir tan viva? En la junta de hoy lo vi cerrar el trato millonario, todo poder y control, y ahora lo quiero encima de mí, mandando.
Diego se acercó, sus zapatos italianos pisando el mármol con eco firme. Extendió la mano y rozó su mejilla con los nudillos, un toque ligero que envió chispas por su espina. "Has sido una chica mala hoy, Ana. Me ignoraste en la oficina", murmuró, su aliento cálido oliendo a menta y deseo. Ella sonrió pícara, "¿Y qué vas a hacer al respecto, carnal?", desafiándolo con esa voz ronca mexicana que sabía lo ponía loco.
Él la tomó por la cintura, atrayéndola contra su cuerpo duro. Sus labios se encontraron en un beso feroz, lenguas danzando con sabor a tequila y hambre. Ana sintió su verga endureciéndose contra su vientre, gruesa y pulsante bajo la tela del pantalón. Neta, qué chingón se siente esto, pensó, mientras sus manos subían por su pecho, arañando levemente la camisa.
La levantó en brazos como si no pesara nada y la llevó al sofá de cuero negro. La sentó con delicadeza, pero su mirada era puro fuego. "Quítate el vestido, despacio. Quiero verte", ordenó. Ana obedeció, deslizando la cremallera con un sonido zipper que cortó el silencio. El vestido cayó, revelando lencería roja de encaje, sus tetas firmes asomando, pezones oscuros pidiendo atención. El aire fresco de la AC erizó su piel, y olió su propia excitación, ese almizcle dulce que la traicionaba.
Diego se arrodilló frente a ella, besando su muslo interno. Sus labios calientes, barba raspando deliciosamente. "Eres mía esta noche, en Pasión y Poder capítulo 133", susurró, y esas palabras la mojaron más. Sus dedos trazaron la línea de su tanga, sintiendo la humedad a través de la tela. Ana gimió, "Sí, Diego, hazme tuya, pendejo", juguetona, arqueando la espalda.
Él quitó la tanga con dientes, exponiendo su panocha depilada, hinchada y brillante. El olor a sexo llenó el cuarto, embriagador. Lamida lenta desde el clítoris hasta el ano, su lengua experta saboreándola. Ana gritó, "¡Órale, qué rico!", sus manos enredadas en su pelo, tirando. Él chupaba con hambre, dos dedos entrando, curvándose contra su punto G, salpicando jugos en su barbilla.
Esto es poder puro, cederle el control y sentirme reina al mismo tiempo. Mi Diego, mi todo.
La tensión crecía como una tormenta. Ana lo jaló arriba, desabrochando su camisa con urgencia, exponiendo el pecho velludo, músculos tensos. Le bajó el pantalón, liberando esa verga venosa, gorda, con gota de precum en la punta. La tomó en mano, masturbándolo lento, sintiendo el pulso en la palma. "Te la chupo hasta que ruegues", dijo ella, empoderada ahora.
Se arrodilló, lengua girando en la cabeza, sabore salado y masculino. Lo engulló profundo, garganta relajada, babas corriendo por el eje. Diego gruñó, "Carajo, Ana, eres la mejor", caderas moviéndose. Ella lo miró desde abajo, ojos lujuriosos, controlando el ritmo hasta que él jadeó, al borde.
La levantó de nuevo, esta vez al dormitorio. La cama king size con sábanas de seda negra los esperaba. La tumbó boca abajo, nalgueándola suave, "Por ser traviesa". El escozor dulce la hizo mojar más. Le separó las nalgas, lengua en su ano, rimming experto que la volvió loca. Luego, verga en mano, rozó su entrada, lubricada al máximo.
"Pídemelo", exigió. "Cógeme, Diego, dame todo tu poder", suplicó ella, voz quebrada. Entró de un empujón lento, llenándola centímetro a centímetro. Santa madre, qué estirada me deja, duele rico. Empujones profundos, piel chocando con palmadas húmedas, olor a sudor y sexo impregnando el aire.
Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgando como amazona, tetas rebotando, clítoris frotándose en su pubis. "¡Más fuerte, cabrón!", gritó, uñas en su pecho. Él la volteó a perrito, agarrando caderas, martillando. Sus bolas golpeaban su clítoris, orgasmos múltiples la sacudían, chorros calientes mojando las sábanas.
La intensidad subió: misionero, piernas en hombros, penetración brutal pero consentida. "Te amo, Ana, en cada capítulo", jadeó él. Ella clavó talones en su culo, "Yo más, mi rey". El clímax llegó como avalancha: él se corrió dentro, semen caliente inundándola, ella convulsionando, grito ahogado en su cuello.
Colapsaron, cuerpos sudorosos entrelazados, respiraciones entrecortadas. El silencio roto solo por el zumbido de la ciudad lejana. Diego besó su frente, "Capítulo 133 completado, mi pasión". Ana sonrió, dedos trazando su espalda.
En este mundo de poder y negocios, esto es lo real. Nuestra Pasión y Poder, eterna.
Se quedaron así, piel pegada, saboreando el afterglow. El aroma de sus fluidos mezclados, el tacto de su calor, el eco de gemidos en sus oídos. Mañana volverían a ser titanes, pero esta noche, eran uno.