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Jorge Salinas Pasión y Poder Carnal

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Jorge Salinas Pasión y Poder Carnal

Julia se recargaba en la barra del lobby del hotel en Polanco, con el bullicio de la fiesta de promoción de Pasión y Poder zumbando a su alrededor. El aire olía a perfumes caros mezclados con el aroma sutil de tequila reposado y cigarros cubanos. Llevaba un vestido negro ceñido que abrazaba sus curvas como una promesa, y sus tacones resonaban contra el mármol pulido cada vez que cambiaba de peso. Había sido su sueño trabajar en televisión, y ahora, como asistente de producción, estaba aquí, viendo de cerca a las estrellas.

Entonces lo vio. Jorge Salinas. Alto, con esa mandíbula cuadrada que tanto la había cautivado en la pantalla. Su traje gris oscuro se ajustaba perfecto a su torso ancho, y caminaba con esa seguridad que gritaba poder. Julia sintió un cosquilleo en el estómago, como si el aire se hubiera espesado.

Órale, no mames, ¿por qué me mira así?
pensó, mientras él se acercaba al grupo donde ella charlaba con colegas.

—¡Qué buena onda que vinieran todos! —dijo él con esa voz grave, ronca, que parecía acariciar la piel. Sus ojos oscuros se posaron en Julia un segundo de más, y ella juró sentir el calor de esa mirada bajando por su cuello, hasta sus pechos que subían y bajaban con prisa.

La charla fluyó fácil, con risas y anécdotas del set de Jorge Salinas en Pasión y Poder. Él contaba cómo Arturo Balvanera, su personaje, destilaba esa pasión cruda, ese poder que doblegaba voluntades. Julia lo escuchaba hipnotizada, el corazón latiéndole en los oídos como un tamborazo. Olía su colonia, un toque amaderado con notas de cuero, y se imaginaba enterrando la nariz en su cuello.

La fiesta avanzaba, pero Julia no podía despegarse. Cuando los demás se dispersaron hacia la pista, Jorge se inclinó hacia ella. —Mamacita, ¿bailamos? —le susurró al oído, su aliento cálido rozándole la oreja. Ella asintió, la piel erizándose. Sus manos grandes en su cintura la guiaron, firmes pero gentiles, y mientras bailaban al ritmo de un cumbia rebajada, sus cuerpos se pegaron. Sintió la dureza de su pecho contra sus senos, el roce de sus muslos, y un calor húmedo creciendo entre sus piernas.

Esto es de locos, se dijo Julia, pero no se apartó. Al contrario, arqueó la espalda, presionando más. Jorge gruñó bajito, un sonido animal que vibró en su vientre. —¿Sabes? En Pasión y Poder, mi personaje conquista con la mirada. Pero contigo, Julia, quiero más que eso —confesó, su mano bajando un poco por su espinazo, deteniéndose justo en la curva de sus nalgas.

La tensión era eléctrica. Cada roce enviaba chispas: el sudor perlado en su frente, el sabor salado cuando ella lamió sus labios nerviosa, el sonido de sus respiraciones entrecortadas sobre la música. Julia luchaba consigo misma.

Es una estrella, pendeja, no te ilusiones. Pero qué chido se siente su poder sobre mí
. Él la miró fijo. —¿Subimos a mi suite? Solo si quieres, carnal. Todo a tu ritmo.

Ella asintió, el deseo ganando la batalla. Tomados de la mano, subieron en el elevador. El espejo reflejaba sus siluetas entrelazadas, y Jorge la besó por primera vez allí, suave al inicio, explorando su boca con lengua tibia y experta. Sabía a tequila y a hombre, un sabor adictivo que la hizo gemir contra sus labios.

En la suite, las luces tenues pintaban todo de oro suave. Jorge cerró la puerta con un clic que sonó definitivo. La habitación olía a sábanas frescas y a su esencia masculina. La desvistió despacio, besando cada centímetro de piel expuesta: el hombro, el valle entre sus pechos, el ombligo. Julia temblaba, el aire fresco besando su desnudez mientras él se quitaba la camisa, revelando un pecho velludo, músculos tensos por años de gimnasio.

Estás cañona, Julia —murmuró él, voz ronca de deseo. Sus manos grandes amasaban sus senos, pulgares rozando pezones endurecidos que enviaban descargas directas a su clítoris. Ella jadeó, arqueándose, oliendo su arousal mezclado con el suyo, ese musk almizclado que llenaba el cuarto. Bajó la mano a su pantalón, sintiendo la erección dura como acero bajo la tela. Pinche verga enorme, pensó, mordiéndose el labio.

Jorge la llevó a la cama king size, las sábanas de algodón egipcio suaves contra su espalda desnuda. Se arrodilló entre sus piernas, besando el interior de sus muslos, lamiendo hasta llegar a su centro húmedo. Su lengua era fuego: círculos lentos en el clítoris, succiones que la hacían gritar. Julia agarraba las sábanas, uñas clavándose, el sonido de sus lamidas obscenas mezclándose con sus gemidos.

No mames, esto es mejor que cualquier telenovela. Jorge Salinas, pura pasión y poder
.

El ascenso fue tortuoso. Él metía un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas, mientras su boca no paraba. Julia se retorcía, sudor resbalando entre sus pechos, el corazón martilleando como en una persecución. Lo jaló hacia arriba, desesperada. —Te quiero dentro, ya —suplicó, voz quebrada.

Jorge se quitó el resto de la ropa, su verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando precúm. Se puso condón con manos temblorosas, prueba de su propia urgencia. Se posicionó, frotando la punta contra su entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Julia sintió cada vena, cada pulso, el calor abrasador llenándola. Gritó cuando bottomed out, sus pelotas contra su culo.

Empezaron lento, un ritmo hipnótico: él embistiendo profundo, ella clavando uñas en su espalda, dejando marcas rojas. El slap de piel contra piel, los gemidos guturales de él, el olor a sexo crudo impregnando todo. Aceleraron, la cama crujiendo, sus pechos rebotando con cada thrust. Jorge chupaba su cuello, mordisqueando, mientras ella lamía el sudor salado de su hombro. Su poder me domina, pero yo lo controlo con mi pasión, pensó ella en éxtasis.

La intensidad creció como una tormenta. Él la volteó a cuatro patas, agarrando sus caderas con fuerza, embistiendo más duro, su verga golpeando su G-spot sin piedad. Julia se vino primero, un orgasmo que la sacudió entera: paredes convulsionando alrededor de él, chorros de placer mojando las sábanas, grito ahogado en la almohada. Jorge gruñó, prolongando su clímax con thrusts salvajes, hasta que se tensó, corriéndose dentro del condón con un rugido animal, su cuerpo colapsando sobre el suyo.

Se quedaron así, jadeantes, piel pegajosa de sudor, corazones latiendo al unísono. Jorge la besó la nuca, suave ahora, rodando a su lado para abrazarla. El cuarto olía a ellos, a satisfacción profunda. Julia sonrió en la penumbra, trazando círculos en su pecho.

Pasión y poder, Jorge Salinas. Neta, qué noche
.

Después, en la ducha, el agua caliente cascabeando sobre sus cuerpos, se enjabonaron mutuamente, risas mezcladas con besos perezosos. Él le lavó el cabello, dedos masajeando su cuero cabelludo, y ella le devolvió el favor, acariciando su verga semierecta hasta que se endureció de nuevo. Pero esta vez fue tierno, un quickie contra la pared de azulejos fríos, sus gemidos ahogados por el vapor.

De vuelta en la cama, envueltos en albornoz, hablaron. De la vida en el set de Pasión y Poder, de sueños rotos y pasiones vividas. Jorge confesó que ella lo había atrapado desde el primer vistazo, esa chispa genuina en medio del glamour falso. Julia admitió haber fantaseado con él noches enteras. No hubo promesas, solo la promesa de más noches como esta, si el destino lo quería.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, Julia se despidió con un beso largo, saboreando sus labios una última vez. Bajó al lobby, piernas flojas, sonrisa tonta. El mundo parecía más vivo, colores más brillantes, aire más dulce. Jorge Salinas, pasión y poder en mi piel para siempre. Caminó hacia la calle, lista para lo que viniera, empoderada por esa noche de fuego puro.

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