Pasion Farruko en la Piel
Entré al antro en Polanco con el corazón latiéndome a todo lo que daba, el bajo de la música retumbando en mi pecho como un tambor chamánico. Era viernes por la noche, y el aire estaba cargado de ese olor a tequila fresco mezclado con perfume caro y sudor fresco de cuerpos en movimiento. Pasion Farruko sonaba a todo volumen, esa rola que siempre me pone la piel chinita, con Farruko cantando sobre deseo puro, crudo, que te quema por dentro. Yo, Ana, de veintiocho tacos, con mi vestido negro ajustado que me hacía sentir como una diosa regia, buscaba algo más que un trago esa noche. Quería pasión, de la que te deja temblando.
Me acomodé en la barra, pedí un paloma bien fría, el limón explotando en mi lengua con ese toque salado que me eriza los vellos. Ahí lo vi. Alto, moreno, con una sonrisa pícara que gritaba wey, ven pa'cá. Se llamaba Marco, me enteré después, y estaba bailando solo, moviendo las caderas al ritmo de Farruko como si el carnal supiera exactamente lo que esa letra prometía. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas locas volando en tequila. Él se acercó, oliendo a colonia masculina y algo más, ese aroma natural de hombre que te hace mojar sin darte cuenta.
¿Qué chingados me pasa? Este pendejo me mira como si ya me hubiera quitado la ropa. Neta, quiero que me toque.
—Órale, güerita, ¿bailamos? —me dijo con voz ronca, extendiendo la mano. Su piel era cálida, áspera por el trabajo, pero suave en los dedos. Simplemente asentí, y nos metimos en la pista. El ritmo de Pasion Farruko nos envolvió, sus manos en mi cintura, mi culo rozando su entrepierna dura. Sentí su verga presionando contra mí, firme, palpitante, y un jadeo se me escapó. El sudor nos unía, resbaloso, salado en el cuello donde lamí disimuladamente. Él me susurró al oído:
—Me estás volviendo loco, carnala. Esa rola de Farruko es perfecta pa' lo que siento ahorita.
El calor subía, mis pezones duros contra la tela del vestido, el roce de su pecho ancho haciendo que mi panocha se humedeciera más. Bailamos así un rato, cuerpos pegados, respiraciones entrecortadas mezcladas con los gemidos de la multitud. Sus labios rozaron mi oreja, su aliento caliente oliendo a cerveza y menta. No aguanto más, pensé, girándome para besarlo. Nuestras lenguas se enredaron, saboreando el tequila en su boca, dulce y ardiente.
Salimos del antro tomados de la mano, el aire fresco de la noche mexicana golpeándonos la cara como un bálsamo. Tomamos un taxi hasta su depa en la Roma, un lugar chido con vista a los edificios iluminados. Apenas cerramos la puerta, sus manos estaban por todos lados, quitándome el vestido con urgencia pero sin rudeza. —Estás rica, Ana, neta —murmuró, mientras yo le bajaba los jeans, liberando esa verga gruesa, venosa, que saltó lista para mí.
Su piel morena contra la mía clara, el contraste me enciende. Quiero sentirlo todo, cada centímetro.
Nos besamos de pie en la sala, mi espalda contra la pared fría, sus dedos explorando mis tetas, pellizcando los pezones hasta que gemí fuerte. Bajó despacio, besando mi cuello, lamiendo el sudor salado, llegando a mi ombligo. Arrodillado, separó mis muslos, inhalando mi aroma, ese olor almizclado de excitación que lo volvió loco. —Hueles a pecado, güey —dijo, y su lengua tocó mi clítoris, suave al principio, luego voraz. Lamidas largas, círculos perfectos, chupando mi jugo dulce mientras yo me agarraba de su pelo, las rodillas temblando. El sonido húmedo de su boca en mi panocha era obsceno, delicioso, mezclado con mis ¡ay, cabrón! y sus gruñidos de placer.
Lo jalé arriba, queriendo corresponder. Lo empujé al sofá, me arrodillé entre sus piernas. Su verga erecta, goteando precum salado que lamí de la punta. La metí en mi boca, saboreando la piel suave sobre la dureza, chupando profundo hasta que tosió de placer. —¡Qué chingón, Ana! Sigue, no pares —jadeó, sus caderas moviéndose al ritmo de Pasion Farruko que aún retumbaba en mi cabeza. Lo mamé con ganas, la saliva resbalando, mis manos masajeando sus huevos pesados.
No aguantamos más. Me recostó en el sofá, sus ojos clavados en los míos, pidiendo permiso con la mirada. —¿Quieres que te coja, mi reina? —preguntó, y yo abrí las piernas, guiándolo. —Ven, Marco, fóllame duro. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Gemí al sentirlo llenarme, su grosor pulsando dentro. Empezó a moverse, lento primero, saliendo casi todo y metiéndola profunda, el sonido de piel contra piel, chapoteante por mis jugos.
Aceleró, mis uñas clavándose en su espalda musculosa, oliendo su sudor viril que me embriagaba. Nuestros cuerpos chocaban, tetas rebotando, su verga golpeando mi punto G con cada embestida. —¡Más fuerte, pendejo! —le grité, y él obedeció, follándome como animal, pero con besos tiernos en la boca. Sentí el orgasmo construyéndose, un nudo en el vientre, pulsos en mi clítoris hinchado. Él sudaba sobre mí, gotas cayendo en mi piel, saladas al lamerlas.
Es como la rola esa, pura pasión Farruko, desatada, sin frenos. Voy a explotar.
Me vine primero, un grito ahogado, mi panocha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer mojando el sofá. Él siguió, gruñendo —¡Me vengo, Ana! —y se salió, eyaculando chorros calientes en mi panza, blancos y espesos, oliendo a sexo puro. Colapsamos juntos, respiraciones jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Me besó la frente, suave, mientras el pulso se nos calmaba.
Nos quedamos así un rato, envueltos en las sábanas de su cama, donde migramos después. El amanecer pintaba la habitación de rosas y naranjas, el tráfico de la ciudad zumbando lejano. —Eres increíble, carnala —me dijo, acariciando mi pelo. Yo sonreí, sintiendo un calorcito en el pecho que no era solo post-sexo.
Esto fue más que un polvo. Fue pasión Farruko en la piel, grabada para siempre.
Nos despedimos con promesas de vernos de nuevo, un beso lento que sabía a futuro. Salí a la calle con las piernas flojas, el sol calentándome la cara, recordando cada roce, cada gemido. Esa noche, Pasion Farruko no era solo una rola; era nuestra historia, ardiente y viva.