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Damian Arango Abismo de Pasion

7145 palabras

Damian Arango Abismo de Pasion

La noche en la Riviera Maya olía a sal marina y a jazmín salvaje, con el rumor constante de las olas rompiendo contra la arena blanca del resort. Sofía caminaba descalza por la playa privada, el vestido ligero de algodón ceñido a su piel bronceada por el sol del día. Hacía calor, ese bochorno pegajoso que hacía que el aire se sintiera como una caricia húmeda. Había llegado sola, huyendo del ajetreo de la Ciudad de México, buscando un respiro en este paraíso de adultos donde todo parecía posible.

Entonces lo vio. Alto, con el torso desnudo brillando bajo las luces tenues de las antorchas, Damian Arango emergía del mar como un dios pagano. Su piel morena chorreaba agua, los músculos de sus hombros y abdomen se contraían con cada paso. Sofía sintió un cosquilleo en el vientre, un calor que subía desde sus muslos hasta sus pechos. ¿Quién es este wey tan chulo? pensó, mordiéndose el labio inferior.

Él la miró directamente, sus ojos negros profundos como el océano nocturno. Caminó hacia ella sin prisa, la arena crujiendo bajo sus pies. "Buenas noches, preciosa", dijo con una voz grave, ronca, que vibraba en el pecho de Sofía como un tambor. Olía a sal y a hombre, a ese sudor limpio mezclado con el aroma fresco del mar. "Me llamo Damian Arango. ¿Y tú, reina?"

"Sofía", respondió ella, su voz saliendo más aguda de lo que quería. Extendió la mano, pero él la tomó y la acercó a sus labios, besándola con una lentitud que envió chispas por su espina dorsal. El roce de su barba incipiente contra su piel fue eléctrico, áspero y suave a la vez.

Hablaron un rato junto a la orilla, las olas lamiendo sus pies. Damian era de Guadalajara, empresario de tequila artesanal, con una risa contagiosa y un acento tapatío que la hacía derretirse. Contó anécdotas de fiestas locas en las playas de Puerto Vallarta, y Sofía se abrió como una flor al sol, platicando de su vida en el DF, de lo harta que estaba de la rutina. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental de sus brazos. Ella sentía su propia humedad entre las piernas, un pulso insistente que la hacía apretar los muslos.

"Ven, caminemos", sugirió él, tomándola de la mano. Sus palmas eran callosas, fuertes, y el calor de su piel la envolvía como un abrazo prometedor. Se alejaron del resort, hacia una cala escondida donde la luna pintaba el agua de plata. El aire se cargaba de promesas, el sonido de las cigarras y el chapoteo suave del mar como una sinfonía erótica.

De repente, Damian se detuvo y la giró hacia él. "Sofía, desde que te vi, siento que me jalas a un abismo de pasión", murmuró, sus labios a centímetros de los suyos. Ella jadeó, el aliento cálido de él rozando su boca.

Esto es una locura, pero neta quiero perderme en él
, pensó, mientras sus manos subían por los brazos de Damian, sintiendo la dureza de sus bíceps.

Se besaron entonces, un beso hambriento que sabía a tequila y a mar. Sus lenguas se enredaron con urgencia, explorando, saboreando el dulzor salado de sus bocas. Las manos de él bajaron por su espalda, apretando sus nalgas con firmeza, levantándola contra su cuerpo. Sofía sintió la erección dura presionando contra su vientre, gruesa y caliente a través de la tela mojada de su short. "Ay, Damian", gimió ella contra su cuello, inhalando su olor almizclado, ese aroma varonil que la volvía loca.

La llevó hasta una cama natural de arena suave, cubierta de pétalos de buganvilia que el viento había esparcido. La recostó con gentileza, pero sus ojos ardían de deseo. "Dime si quieres parar, mi amor", susurró, besando su clavícula. "Nunca", respondió ella, tirando de su short para bajárselo. Su verga saltó libre, venosa y palpitante, coronada de una gota perlada que Sofía lamió con la lengua, saboreando su esencia salada y ligeramente amarga. Damian gruñó, un sonido gutural que reverberó en su pecho, mientras sus dedos se enredaban en el cabello de ella.

El medio del fuego ardía ahora. Sofía se quitó el vestido, quedando desnuda bajo la luna, sus pechos firmes con pezones oscuros endurecidos por el aire fresco. Damian la devoró con la mirada, luego con la boca, chupando un seno mientras su mano bajaba entre sus piernas. Sus dedos encontraron su clítoris hinchado, resbaloso de jugos, y lo masajeó en círculos lentos. "Estás chingona mojada, Sofi", dijo con una sonrisa pícara, metiendo dos dedos dentro de ella. El roce era perfecto, curvándose contra su punto G, haciendo que sus caderas se arquearan.

Ella lo montó entonces, cabalgando su mano mientras lo besaba con furia. Siento que me voy a romper de placer, pensó, el sonido húmedo de sus dedos entrando y saliendo mezclándose con sus gemidos. Damian la volteó, colocándola a cuatro patas, y lamió su coño desde atrás, su lengua plana y caliente lamiendo cada pliegue, succionando su clítoris hasta que ella tembló al borde del orgasmo. "¡No pares, pendejo chulo!", gritó ella, riendo entre jadeos, el slang saliendo natural en su excitación mexicana.

Pero él se incorporó, frotando la punta de su verga contra su entrada. "¿Lista para el abismo, reina?" preguntó, y ella asintió, empujando hacia atrás. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El grosor la llenaba por completo, cada vena rozando sus paredes internas. Comenzaron a moverse, un ritmo creciente, piel contra piel chapoteando con sudor. El olor a sexo impregnaba el aire, almizcle y sal, mientras las olas marcaban el compás.

Sofía giró la cabeza para verlo, su rostro tenso de placer, sudor goteando por su pecho. "Más fuerte, Damian Arango, hazme tuya", suplicó. Él obedeció, embistiéndola con fuerza, una mano en su cadera y la otra pellizcando su clítoris. El clímax la golpeó como una ola gigante, su coño contrayéndose alrededor de él en espasmos, gritando su nombre al cielo estrellado. Damian la siguió segundos después, gruñendo como un animal, llenándola de su leche caliente, pulsación tras pulsación.

Colapsaron juntos en la arena, cuerpos entrelazados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El mar lamía sus pies, fresco contra el calor de su piel. Damian la besó en la frente, suave ahora, tierno. "Eso fue el verdadero abismo de pasión, Sofía. Neta, no quiero que termine."

Ella sonrió, trazando círculos en su pecho con la uña.

¿Y si no termina? ¿Y si esto es el comienzo?
pensó, sintiendo una paz profunda mezclada con un anhelo nuevo. La luna los cubría con su luz plateada, y el resort lejano brillaba como un sueño. Hablaron hasta el amanecer, planeando más noches, más abismos. Sofía sabía que había encontrado algo real en ese encuentro salvaje, un fuego que no se apagaría fácil.

Al alba, caminando de regreso tomados de la mano, el sol tiñendo el cielo de rosa, ella se sentía empoderada, mujer plena. Damian Arango había despertado en ella un hambre insaciable, pero también una conexión que iba más allá de la carne. El abismo de pasión los había unido, y ninguno quería salir de él.

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