Claudia Gerini En La Pasion Carnal De Cristo
El sol de Guerrero caía como plomo sobre el pueblo durante la Semana Santa. Yo, Alejandro, un fotógrafo de treinta y tantos que andaba por ahí capturando la tradición, me metí al teatro al aire libre donde montaban La Pasión de Cristo. El aire olía a incienso quemado, copal y sudor de la gente apiñada en las gradas de madera. El polvo del suelo se levantaba con cada paso, pegajoso en la piel bajo el calor agobiante.
La obra empezó con los romanos y su jerga gritona, pero cuando apareció ella, todo se detuvo. La María Magdalena, con su túnica blanca ceñida al cuerpo, curvas que se marcaban como pecado vivo. Neta, parecía sacada de un sueño húmedo: cabello oscuro ondulado, ojos verdes que taladraban, labios carnosos pintados de rojo sangre. La gente murmuraba "¡Claudia Gerini en La Pasión de Cristo!", como si la actriz italiana hubiera bajado del Olimpo para pecar en nuestro pueblo. No había salido en la película de Gibson, pero wey, esa morra era su doble carnal, con tetas firmes que se movían hipnóticas bajo la tela fina, y un culo que hacía rezar al revés.
¿Qué chingados hace una diosa así en este rincón olvidado? Quiero oler su piel, lamer ese sudor que brilla en su clavícula.
Durante la escena del ungüento, se arrodilló ante el Cristo de cartón piedra, sus manos untando aceite que goteaba lento, sensual. El público jadeaba, no por la fe, sino por el fuego que ella desataba. Mi verga se endureció en los jeans, el pulso latiendo en las sienes. La miré fijo, y ella, como si sintiera mi hambre, giró la cabeza y me clavó los ojos. Un guiño rápido, o mi imaginación cachonda. La tensión me comía vivo.
Al final, aplausos y cohetes estallando en el cielo nocturno. Me quedé rezagado, cámara en mano, fingiendo fotos. La vi bajar del escenario, aún con el maquillaje corrido por el sudor, el vestido pegado como segunda piel. Caminó hacia mí, caderas balanceándose, olor a jazmín y mujer caliente invadiendo el espacio.
—¿Te gustó la función, guapo? —dijo con acento italiano mezclado con chilango, voz ronca como terciopelo raspado.
—Neta, pareces Claudia Gerini en La Pasión de Cristo, pero en versión prohibida —le solté, el corazón retumbando.
Rió, tocándome el brazo. Su piel ardía, suave como seda mojada. —Me llaman Claudia, y sí, todos lo dicen. ¿Quieres ver la pasión de cerca?
No lo pensé dos veces. Caminamos por callejones empedrados, el aire fresco de la noche contrastando con el calor de su cuerpo rozando el mío. Llegamos a su posada, un cuartito con velas parpadeantes y sábanas de algodón crudo. Cerró la puerta, y el mundo se achicó a nosotros.
Me empujó contra la pared, labios chocando con los míos. Sabían a vino tinto y miel, lengua invasora danzando salvaje. Sus manos bajaron mi camisa, uñas arañando mi pecho, enviando chispas por la espina. Olía su aroma: sudor salado, perfume floral y esa esencia femenina que enloquece. Chíngame ya, Claudia, pensé, mientras le arrancaba la túnica.
Sus tetas saltaron libres, pezones oscuros duros como piedras preciosas. Las chupé, mordí suave, oyendo sus gemidos bajos, guturales: —Ay, cabrón, sí... Bajé la mano por su vientre plano, vello púbico recortado, concha ya empapada, labios hinchados invitando. Metí dos dedos, resbalosos de jugos calientes, y ella arqueó la espalda, uñas en mi nuca.
Esto es el paraíso, wey. Su calor me envuelve, late alrededor de mis dedos como si me mamara el alma.
La tiré en la cama, colchón hundiéndose bajo nosotros. Se quitó los calzones de encaje negro, abriendo las piernas: vista gloriosa de su sexo reluciente, clítoris asomando rosado. Me desabroché, verga saltando dura, venosa, goteando pre-semen. Ella la tomó, masturbándome lento, ojos fijos en los míos.
—Métemela, Alejandro. Quiero sentirte romperme.
Me coloqué encima, punta rozando su entrada húmeda. Empujé despacio, centímetro a centímetro, su concha apretada tragándome entero. El calor era infernal, paredes vaginales pulsando, succionando. Empecé a bombear, lento al principio, sintiendo cada roce, el slap de piel contra piel, sus jugos chorreando por mis bolas. Ella clavaba talones en mi culo, urgiéndome más hondo.
El cuarto se llenó de nuestros sonidos: jadeos roncos, crujir de la cama, olor a sexo crudo, almizcle y sudor mezclado. Le apreté las nalgas, redondas firmes, mientras la taladraba. Cambiamos: ella encima, cabalgándome como amazona, tetas rebotando hipnóticas. Agarré sus caderas, guiándola, pulgares en su clítoris frotando círculos. Gritó, "¡Sí, pendejo, ahí!", cuerpo temblando en espasmos, concha contrayéndose ordeñándome.
No aguanté más. La volteé a cuatro patas, vista de su culo perfecto, ano guiñando juguetón. La embestí fuerte, bolas golpeando su clítoris, mano en su cabello tirando suave. El clímax subió como ola: —Me vengo, Claudia... Ella empujó contra mí: —Lléname, amor...
Exploté, chorros calientes inundándola, espasmos sacudiéndome hasta los huesos. Colapsamos, pegados, semen y jugos mezclados resbalando entre muslos. Su risa suave vibró en mi pecho, besos perezosos en el cuello.
Nos quedamos así, respiraciones calmándose, piel enfriándose en la brisa de la ventana. Ella trazó círculos en mi abdomen, susurrando: —La pasión de Cristo no acaba en la cruz, ¿verdad?
La abracé fuerte, oliendo su cabello revuelto. Esto fue más que un polvo; fue redención carnal. Al amanecer, se fue con un beso y promesa de volver. Pero en mi mente, Claudia Gerini en La Pasión de Cristo quedó grabada para siempre, un fuego que no se apaga.