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Pasión de Cristo Donde Ver el Fuego Carnal

7081 palabras

Pasión de Cristo Donde Ver el Fuego Carnal

Tú tecleas en tu teléfono "pasion de cristo donde ver" mientras el sol de abril quema el asfalto de la Ciudad de México. La pantalla parpadea con resultados: la Pasión en Iztapalapa, la más grande, la más intensa. Neta, piensas, esto es lo que necesitas para sacudirte la rutina. El tráfico es un desmadre, pero llegas al cerro con el corazón latiendo fuerte, el aire cargado de incienso y sudor colectivo. Miles de almas se apiñan en las gradas improvisadas, el olor a elotes asados y ates mezclándose con el polvo levantado por los pies.

Te sientas en una banca dura, el calor pegándote la blusa al pecho, los pezones endureciéndose contra la tela húmeda. Al lado tuyo, un vato alto, moreno, con ojos que brillan como carbones. Lleva una camiseta negra ajustada que marca sus pectorales, pantalones de mezclilla desgastados. Te mira de reojo y sonríe, esa sonrisa pícara que dice wey, te vi.

¿Y tú vienes a ver la Pasión de Cristo o qué? –te pregunta, su voz grave retumbando como un tambor bajo.

Tú ríes, el sonido perdido en el bullicio. Sí, carnal, busqué "pasion de cristo donde ver" y aquí estoy. ¿Tú? Él se llama Rodrigo, te dice, trabaja en construcción pero hoy es su día libre para esto. La neta es que me gusta el drama, el sufrimiento que se convierte en algo más grande, murmura, y su rodilla roza la tuya accidentalmente. O no tan accidental. Sientes el calor de su piel a través de la tela, un cosquilleo que sube por tu muslo.

Empieza la obra. Jesús carga la cruz, el actor azotado, sangre falsa chorreando. La multitud gime, algunos lloran. Tú sientes el peso en tu pecho, pero tus ojos se desvían a Rodrigo. Su respiración se acelera con la escena, el cuello sudado brillando bajo las luces. El olor a su colonia barata, mezclada con macho puro, te invade las fosas nasales. Qué rico huele, piensas, imaginando lamer ese sudor salado.

Acto uno termina. Judas traiciona con un beso. Rodrigo se inclina hacia ti: ¿Sabes? Ese beso no fue solo traición. Había pasión ahí, oculta. Su aliento cálido en tu oreja, el roce de su barba incipiente en tu lóbulo. Tu pulso se dispara, el corazón martilleando como los tambores de la procesión. Le respondes bajito: Yo creo que la verdadera pasión está en lo que pasa después del show. Él aprieta tu mano, dedos callosos envolviendo los tuyos, ásperos pero firmes. Promesa de lo que vendrá.

El segundo acto escala: flagelación, coronación de espinas. Tú ya no ves la cruz. Solo sientes su pulgar trazando círculos en tu palma, enviando chispas directo a tu entrepierna. La blusa te ahoga, bajas la mirada y ves cómo tus pechos suben y bajan rápido. Me está poniendo caliente este wey, admites en tu mente, el calor entre tus piernas creciendo, humedad empapando tus panties. Él nota, su mirada bajando a tu escote, lamiéndose los labios sutilmente.

La multitud grita cuando clavan a Jesús. Tú aprietas su mano más fuerte, imaginando esas manos en tu cuerpo. El olor a tierra mojada por el sudor colectivo, mezclado con el dulzor de su piel. Susurras: ¿Y si salimos de aquí un rato? Necesito aire. Él asiente, ojos encendidos. Se levantan, zigzagueando entre cuerpos apiñados, su mano en tu cintura guiándote, posesiva pero gentil. El roce de sus dedos en tu cadera te hace jadear bajito.

Detrás de unas casuchas adornadas con mantas rojas –no pobreza, sino fiesta viva, con música de mariachi lejano–, encuentran un rincón sombreado. El sol se pone, tiñendo todo de naranja. Rodrigo te empuja suave contra la pared de adobe, cálida aún del día. ¿Estás segura, nena? pregunta, voz ronca. Tú asientes, tirando de su camiseta. Sí, wey, neta que sí. Bésame como si fuera el último.

Sus labios chocan con los tuyos, urgentes, sabor a chela y menta. Lengua invadiendo tu boca, explorando, bailando con la tuya. Gimes en su garganta, manos en su cabello negro revuelto. Él gime también, qué rico sabes, morra, murmurando entre besos. Sus manos bajan a tus nalgas, amasándolas fuerte, levantándote contra él. Sientes su verga dura presionando tu monte, gruesa, palpitante. Chingado, qué grande, piensas, frotándote contra ella instintivamente.

Te quita la blusa con prisa, pechos libres al aire fresco del atardecer. Sus ojos se oscurecen de deseo: Estás de lujo, pinche diosa. Boca en un pezón, succionando fuerte, dientes rozando. Arcos de placer te recorren, clítoris hinchado rogando atención. Tus uñas en su espalda, arañando suave. Bajas la mano, desabrochas su cinturón, liberas esa verga morena, venosa, goteando precum. La acaricias lento, sintiendo el pulso bajo tu palma, calor quemante.

Él te baja los shorts y panties de un tirón, dedos encontrando tu panocha empapada. Estás chorreando, carnala. Te encanta esto, ¿verdad? Introduce dos dedos, curvándolos, tocando ese punto que te hace ver estrellas. Gritas bajito, cadera moviéndose sola. El sonido húmedo de tus jugos, su respiración agitada, el lejano eco de la Pasión terminando –todo se mezcla en sinfonía erótica. Más, Rodrigo, no pares, suplicas, besos en su cuello salado.

Te voltea, espalda contra su pecho, verga deslizándose entre tus muslos. Entras en éxtasis cuando empuja adentro, lenta al inicio, estirándote delicioso. Qué apretada estás, me vas a volver loco, gruñe. Empieza a bombear, profundo, rítmico. Sientes cada vena, cada embestida golpeando tu cervix. Manos en tus tetas, pellizcando pezones. Tú te arqueas, empujando hacia atrás, ¡Sí, así, chíngame duro! El slap de piel contra piel, sudor chorreando, olor a sexo crudo invadiendo el aire.

La tensión crece, cojeo acelera. Tus paredes lo aprietan, orgasmo construyéndose como tormenta. Él jadea en tu oreja: Voy a venirme, nena, ¿dónde quieres? Dentro, lléname, respondes, empoderada en tu deseo. Explota primero él, chorros calientes inundándote, empujándote al borde. Tu clímax te sacude, piernas temblando, grito ahogado en su mano. Olas de placer, pulsos interminables, el mundo disolviéndose en blanco.

Caen juntos al suelo, sobre una manta que él sacó de quién sabe dónde. Agotados, sudorosos, entrelazados. Su corazón late contra tu espalda, respiraciones sincronizándose. Besos suaves en tu hombro. Pinche Pasión de Cristo, ¿no? Pero esta fue la buena, ríe bajito. Tú giras, besándolo lento. Sí, wey, la verdadera pasión no está en el escenario. Está aquí, en la carne.

El cielo ahora estrellado, fuegos artificiales estallando por la obra terminada. Se visten despacio, promesas susurradas de volver a verse. Tú caminas de regreso a la multitud, piernas flojas, sonrisa satisfecha. La "pasion de cristo donde ver" te llevó no solo al show, sino a tu propio calvario de placer. Y valió cada segundo.

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