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En Que Año Salió Mi Diario de Una Pasión

7524 palabras

En Que Año Salió Mi Diario de Una Pasión

La noche en la Condesa caía como un velo de terciopelo caliente, con ese olor a jazmín mezclado con el humo de los tacos al pastor que flotaba desde la esquina. Yo, Ana, acababa de salir del cine con una amiga, pero mi cabeza seguía dando vueltas a la pantalla. Habíamos visto una reposición de esa peli romántica que tanto me gustaba, Diario de una pasión. Caminando por las calles empedradas, no pude evitar preguntarme en que año salió diario de una pasión. ¿Sería del 2000? ¿O antes? Mi amiga se reía, pero yo sentía un cosquilleo en el estómago, como si esa historia de amores imposibles me estuviera llamando a mí también.

Ahí fue cuando lo vi. Diego, con su camisa blanca ajustada que marcaba los músculos de su pecho, apoyado en la barra de un bar con luces neón rosadas. Sus ojos oscuros me atraparon como un imán, y cuando me acerqué a pedir una chela, su sonrisa pícara me derritió. Órale, qué mamacita, pensé, mientras él me guiñaba un ojo.

"¿Qué onda, preciosa? ¿Vienes del cine?" me dijo con esa voz grave que vibraba en mi piel como un ronroneo. Le conté de la película, y solté mi duda: en que año salió diario de una pasión. Él se carcajeó, suave y juguetón. "Wey, eso fue en el 2004, neta. Pero tú pareces salida de una pasión propia, con esa falda que te abraza las curvas." Sus palabras me erizaron la nuca, y sentí el primer pulso caliente entre mis piernas. Hablamos horas, de cómo esa historia nos hacía soñar con amores intensos, de besos bajo la lluvia que mojan hasta el alma. Él era arquitecto, carnal de Guadalajara pero radicado en la ciudad, y yo, diseñadora gráfica, siempre huyendo de relaciones mediocres. Esa noche, la tensión crecía con cada roce accidental de sus dedos en mi brazo, el calor de su aliento cerca de mi oreja.

Hoy conocí a alguien que me hace vibrar. Sus ojos me desnudan sin tocarme. ¿Será él el que escriba en mi diario de una pasión?

El bar se vació, pero nosotros no. "¿Vamos a mi depa? Vivo cerca, y tengo una botella de mezcal que te va a volar la cabeza", murmuró, su mano rozando la mía. Asentí, el corazón latiéndome como tambor en fiesta. Caminamos en silencio, el aire nocturno cargado de promesas, oliendo a su colonia amaderada que se mezclaba con mi perfume de vainilla. En su departamento, minimalista con vistas a los edificios iluminados, puso música suave, rancheras modernas con bajo profundo que retumbaba en mi pecho.

Nos sentamos en el sofá de cuero negro, tan suave contra mis muslos desnudos. El mezcal bajaba ardiente por mi garganta, despertando sabores ahumados que me recordaban fogatas en la playa. "Sabes, Ana, desde que te vi, no dejo de imaginar cómo sabe tu boca", confesó, su mirada fija en mis labios. Me acerqué, el deseo bullendo como lava. Nuestros labios se encontraron en un beso lento, exploratorio, sus labios carnosos saboreando los míos con urgencia contenida. Gemí bajito cuando su lengua se coló, danzando con la mía, un sabor a mezcal y hombre que me mareaba.

Sus manos grandes subieron por mi espalda, desabrochando mi blusa con dedos temblorosos de anticipación. Sentí su piel caliente bajo la camisa, el roce áspero de su vello en mi palma mientras la quitaba. Qué chido se siente esto, pensé, mi cuerpo arqueándose hacia él. Me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome a la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a limpio y a él. Me recostó despacio, sus ojos devorándome mientras se quitaba el resto de la ropa. Su verga erecta, gruesa y venosa, saltó libre, y un jadeo se me escapó al verla tan imponente, palpitante de deseo por mí.

"Te quiero tanto, nena", gruñó, besando mi cuello, mordisqueando suave hasta dejar un rastro de fuego. Sus labios bajaron a mis pechos, chupando un pezón endurecido mientras su mano se colaba bajo mi falda, encontrando mi panocha ya empapada. Dios, qué rico, el roce de sus dedos en mi clítoris hinchado me hizo arquear la espalda, un gemido ronco saliendo de mi garganta. Olía a sexo incipiente, a mi humedad mezclada con su sudor masculino, embriagador. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo donde dolía de placer, mientras su boca devoraba la otra teta, lamiendo y succionando hasta que vi estrellas.

Lo empujé hacia atrás, queriendo devorarlo yo. Me arrodillé entre sus piernas, el colchón hundiéndose bajo mis rodillas. Tomé su verga en mi mano, sintiendo su calor pulsante, la piel sedosa sobre la dureza de acero. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado que brotaba como néctar. Él gruñó, "¡Carajo, Ana, qué pinche rica!", sus caderas embistiéndome la boca. La chupé con hambre, succionando profundo, mi lengua girando alrededor del glande mientras mis manos masajeaban sus huevos pesados. El sonido húmedo de mi boca en él, sus jadeos entrecortados, me volvían loca de poder y lujuria.

Mi cuerpo es fuego, su toque es gasolina. En este momento, no importa en que año salió diario de una pasión, porque la mía está explotando ahora.

No aguanté más. Me subí encima, frotando mi entrada húmeda contra su punta, lubricándonos mutuamente. "Cógeme, Diego, por favor", supliqué, mi voz ronca de necesidad. Él asintió, guiándome con manos en mis caderas. Bajé despacio, centímetro a centímetro, su grosor estirándome deliciosamente, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, wey! Grité de placer, el estiramiento ardiente convirtiéndose en éxtasis puro. Empecé a moverme, cabalgándolo con ritmo creciente, mis tetas rebotando, su mirada clavada en mí como si fuera una diosa.

Sus manos apretaban mi culo, guiando mis movimientos, el slap de piel contra piel resonando en la habitación junto a nuestros gemidos. Sudábamos, el olor almizclado de nuestros cuerpos uniéndose en una sinfonía olfativa. Aceleré, sintiendo el orgasmo construyéndose como tormenta, mi clítoris rozando su pubis con cada bajada. Él se incorporó, chupando mi cuello mientras me embestía desde abajo, profundo y feroz. "Ven conmigo, mi reina", jadeó, y explotamos juntos. Mi coño se contrajo en espasmos violentos alrededor de su verga, ordeñándolo mientras él rugía, llenándome con chorros calientes de semen que se sentían como lava dentro de mí. El mundo se disolvió en blanco, pulsos retumbando en mis oídos, placer ondulando por cada nervio.

Colapsamos, enredados, su pecho subiendo y bajando contra el mío, corazones galopando al unísono. Besos suaves post-sexo, lenguas perezosas saboreando el sudor salado de la piel del otro. "Eres increíble, Ana. Como sacada de un diario de pasión", murmuró, acariciando mi cabello revuelto. Me acurruqué en él, el aroma de nuestro amor cubriendo las sábanas, una paz profunda invadiéndome.

Esta noche escribí mi propio capítulo. No sé qué traiga el mañana, pero hoy, mi pasión salió a flote, ardiente y real.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos despertamos para más. Un polvo mañanero lento, exploratorio, sellando lo que empezó con una pregunta tonta sobre una película. Diego se convirtió en mi carnal, mi pasión diaria. Y cada vez que veo esa cinta, sonrío pensando en que año salió diario de una pasión... pero el mío, el nuestro, apenas comienza.

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