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Pasión de Tener Muchos Libros Raros o Especiales

6895 palabras

Pasión de Tener Muchos Libros Raros o Especiales

Entré a esa librería antigua en el corazón del Centro Histórico de la Ciudad de México, con el corazón latiéndome a mil por hora. Mi pasión de tener muchos libros raros o especiales me había traído hasta aquí, como siempre. El aire olía a papel envejecido, a tinta seca y a un leve toque de madera pulida que me hacía suspirar. Las estanterías altas hasta el techo estaban repletas de volúmenes con cubiertas de cuero agrietado, dorados desvaídos y páginas que crujían como secretos susurrados. Yo, Ana, una chava de veintiocho años que trabajaba en una editorial, no podía resistirme a lugares como este.

El dueño, un tipo alto y moreno con ojos cafés intensos y una barba recortada que le daba un aire de intelectual pícaro, me miró desde el mostrador. Se llamaba Diego, lo supe después. Llevaba una camisa de lino arremangada, dejando ver antebrazos fuertes salpicados de tinta.

¿Qué hace una mujer como tú en un antro de polvorientos tesoros?
pensé, mordiéndome el labio mientras fingía hojear un tomo de poesía erótica del siglo XIX.

Órale, güey, ¿buscas algo en particular o nomás vienes a oler los libros como yo? —me dijo con una sonrisa pendeja que me erizó la piel.

Reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. —Neta, mi pasión de tener muchos libros raros o especiales es lo que me mueve. Tengo uno igualito a este en casa, pero busco un Incunable de Sor Juana. ¿Lo tienes?

Él se acercó, su colonia amaderada mezclándose con el aroma de los libros, y me guió por un pasillo estrecho. Nuestros brazos se rozaron, y juro que sentí una chispa. Hablamos de ediciones princeps, de manuscritos prohibidos, de cómo el tacto de un libro viejo es como acariciar la historia misma. Su voz grave, con ese acento chilango puro, me envolvía como una caricia.

Al final del pasillo, en una vitrina polvorienta, estaba el libro. Mis dedos temblaron al tocar el vidrio. —Es perfecto —susurré.

—Como tú —dijo él, y el silencio que siguió fue espeso, cargado de algo más que bibliomanía.

El sol se ponía afuera, tiñendo las ventanas de naranja, cuando cerramos el trato. Pero en lugar de irme, me quedé. Diego apagó las luces principales, dejando solo lámparas de mesa que proyectaban sombras danzantes sobre las estanterías. Sacamos el libro, lo abrimos con cuidado reverencial. El olor a pergamino antiguo nos envolvió, y sus manos cubrieron las mías sobre las páginas amarillentas.

Esto no es solo por el libro, ¿verdad? Su calor me quema, neta quiero más.

—Sabes, Ana, yo también tengo esa pasión. Pero hay libros que se disfrutan mejor en compañía —murmuró, su aliento cálido en mi cuello.

Me giré, nuestros rostros a centímetros. Olía a café y a deseo contenido. Nuestros labios se encontraron en un beso lento, exploratorio, como voltear la primera página de un volumen prohibido. Sus manos subieron por mi espalda, desabotonando mi blusa con dedos hábiles, mientras yo enredaba los míos en su cabello revuelto. Gemí bajito cuando su lengua trazó mi clavícula, el roce áspero de su barba enviando ondas de placer por mi espina.

Nos movimos entre las estanterías, derribando un par de tomos que cayeron con un thud sordo. Reímos, pero el beso se profundizó. Lo empujé contra una pared llena de encuadernaciones finas, sintiendo su erección dura contra mi cadera. —No seas pendejo, Diego, hazme tuya aquí mismo —le susurré, mi voz ronca de anticipación.

Él me levantó con facilidad, sentándome en el mostrador rodeado de pilas de folletos antiguos. El mármol frío contrastaba con el fuego de sus manos despojándome de la falda. Mis piernas se abrieron instintivamente, invitándolo. Bajó la cabeza, besando mi vientre, lamiendo la sal de mi piel sudada. El sonido de su respiración agitada, mezclada con el mío, llenaba el espacio. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, y a él, puro hombre.

Sus dedos encontraron mi centro, húmedo y palpitante. —Estás chingona de mojada, Ana —gruñó, y yo arqueé la espalda cuando introdujo dos, curvándolos justo ahí, ese punto que me hacía ver estrellas. Gemí fuerte, agarrándome a los bordes del mostrador, mientras él chupaba mi cuello, dejando marcas que mañana dolerían rico.

¡Qué delicia! Su toque es como hojear páginas secretas, cada roce una revelación.

Lo jalé hacia mí, desabrochando su pantalón con urgencia. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La apreté, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave. Él jadeó, empujando contra mi palma. —Córrete ya, güey, no aguanto —le dije, guiándolo a mi entrada.

Entró de un solo golpe suave, llenándome por completo. El estiramiento ardiente fue exquisito, como abrir un libro demasiado tiempo cerrado. Empezamos a movernos, lento al principio, saboreando cada embestida. El slap de piel contra piel resonaba en la librería vacía, mezclado con nuestros gemidos ahogados. Sudábamos, el olor salado impregnando el aire junto al eterno perfume de los libros.

Me bajó del mostrador, girándome para ponerme de espaldas contra una estantería. Agarró mis caderas, penetrándome más profundo, sus bolas golpeando mi clítoris con cada thrust. Alcancé un libro al azar —un viejo erótico francés— y lo apreté contra mi pecho desnudo, las páginas rozando mis pezones endurecidos. —¡Más fuerte, cabrón! —grité, y él obedeció, una mano en mi cabello tirando suave, la otra frotando mi botón hinchado.

La tensión crecía como una tormenta, mis músculos apretándose alrededor de él. Sentía cada vena, cada pulso, el calor de su interior derramándose en mí. Mis pensamientos eran un torbellino:

Esto es mi pasión verdadera, libros y él, raro y especial, jodiéndome entre tesoros.
El orgasmo me golpeó como un relámpago, olas de placer convulsionándome, chillando su nombre mientras me corría, empapándolo todo.

Diego gruñó, embistiendo salvaje unas veces más antes de explotar dentro de mí, su semen caliente inundándome, goteando por mis muslos. Nos quedamos pegados, jadeando, el sudor chorreando, el corazón tronándonos en los oídos. El silencio regresó, roto solo por el tictac de un reloj viejo en la pared.

Nos vestimos despacio, riendo como pendejos por el desastre de libros tirados. Él me regaló el Incunable, besándome la frente. —Vuelve cuando quieras, Ana. Mi librería es tuya... y yo también.

Salí a la noche fresca de la ciudad, el libro bajo el brazo, el cuerpo aún vibrando. Mi pasión de tener muchos libros raros o especiales acababa de ganar un capítulo nuevo, uno vivo, palpitante, lleno de promesas. Caminé por las calles empedradas, sonriendo, sabiendo que regresaría pronto por más.

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