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La Pasión Desnuda del Elenco de La Pasión de Cristo

5645 palabras

La Pasión Desnuda del Elenco de La Pasión de Cristo

En las calles empedradas de Iztapalapa, donde el sol del mediodía quema como el fuego del infierno bíblico, el elenco de La Pasión de Cristo se reunía cada tarde para los ensayos. Yo, Ana, con mis treinta años bien puestos y un cuerpo que todavía hacía voltear cabezas, interpretaba a María Magdalena. El calor pegajoso del abril mexicano se pegaba a mi piel morena, y el disfraz de túnica ligera rozaba mis pezones endurecidos por la brisa caliente. Olía a tierra seca, a sudor fresco y a las tortas de carnitas que vendían en la esquina.

Ahí estaba Marco, el wey que hacía de Jesús. Alto, con barba espesa y ojos negros que te taladraban el alma. Sus músculos se marcaban bajo la sábana que simulaba su manto, y cada vez que cruzábamos miradas en la escena de la unción, sentía un cosquilleo en el bajo vientre.

¿Por qué carajos este pendejo me pone así? Neta, es como si su mirada me desnudara delante de todos
, pensaba mientras untaba el aceite ficticio en sus pies. El aroma del aceite de oliva barato invadía el aire, y el roce de mis dedos en su piel áspera por el sol me hacía morder el labio.

El director gritaba: ¡Órale, más pasión, cabrones! ¡Esto no es una misa de pueblo! Todos reíamos, pero entre Marco y yo había algo más. Una tensión que crecía como la humedad entre mis muslos. Al final del ensayo, cuando el elenco se dispersaba entre chelas y chismes, él se acercó. Su aliento olía a menta y cerveza clara. "Ana, qué chingona estás hoy. Esa escena... me dejó pensando."

Me quedé helada, el corazón latiéndome como tambor de carnaval. "Tú tampoco estás tan pendejo, Jesús. ¿Quieres una chela pa' platicar?" Nos fuimos a un rincón del cerro, donde las luces de la ciudad parpadeaban abajo como estrellas caídas. El viento traía olor a jazmín silvestre y humo de barbacoa lejana. Nos sentamos en una banca de piedra, las piernas rozándose accidentalmente. O no tan accidental.

La plática fluyó como tequila añejo. Hablamos de la vida en el barrio, de cómo el elenco de La Pasión de Cristo nos unía en esta locura anual. Él confesó que el papel lo ponía a pensar en tentaciones reales. Yo reí, pero adentro ardía.

Neta, quiero probar si sabe tan santo como parece
. Su mano rozó mi rodilla, subiendo despacio por mi muslo. El tacto era eléctrico, piel contra piel, cálida y firme. "Ana, desde el primer día te veo y se me para la verga."

Me reí bajito, juguetona. "Pos vente, carnal, que Magdalena no era santa del todo." Lo jalé hacia mí, nuestros labios chocaron con hambre. Su boca sabía a sal y deseo, lengua explorando la mía con urgencia. Gemí contra su boca, sintiendo sus manos grandes amasando mis nalgas bajo la falda. El sonido de nuestra respiración agitada se mezclaba con el crujir de las hojas secas bajo nosotros. Olía a su sudor masculino, almizclado, excitante.

Nos recargamos contra la pared de adobe, sus dedos desabrochando mi blusa con torpeza ansiosa. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras de obsidiana. Él los lamió, succionó, mordisqueó suave. Qué rico, wey, jadeé, arqueando la espalda. El aire fresco de la noche erizaba mi piel, contrastando con el calor de su boca. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo la verga tiesa, gruesa, palpitando bajo la tela. La saqué, piel suave sobre acero, venosa y caliente. La apreté, masturbándolo lento, oyendo sus gruñidos roncos.

"Te quiero dentro, Marco. Chingame como si fuera el último acto." Lo empujé al suelo, me quité la tanga empapada, oliendo a mi propia excitación dulce y salada. Me subí encima, frotando mi panocha mojada contra su punta. El roce era tortura deliciosa, clítoris hinchado rozando su glande. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo estirarme, llenarme. ¡Ay, cabrón, qué grande! Grité bajito cuando toqué fondo, paredes vaginales apretándolo como guante.

Cabalgaba con ritmo, tetas rebotando, sudor goteando entre nosotros. Él me agarraba las caderas, guiándome, embistiendo arriba. El slap-slap de carne contra carne resonaba en la noche, mezclado con mis gemidos y sus maldiciones. ¡Qué chingadera, Ana! ¡Tu concha es un paraíso! Olía a sexo puro, a fluidos mezclados, tierra removida. Cambiamos, él encima, misionero salvaje. Sus embestidas profundas tocaban mi punto G, ondas de placer subiendo por mi espina.

Esto es mejor que cualquier pasión de Cristo, neta. Su verga me parte en dos, pero lo quiero más
. Aceleró, bolas golpeando mi culo, mi clítoris frotándose contra su pubis. El orgasmo me golpeó como rayo, cuerpo convulsionando, paredes apretándolo en espasmos. Grité su nombre, uñas clavadas en su espalda. Él gruñó, se hinchó dentro, corriéndose a chorros calientes, llenándome hasta rebosar.

Nos quedamos así, jadeantes, pegados por sudor y semen. El viento secaba nuestra piel, trayendo olor a tierra mojada por lluvia lejana. Me besó la frente, tierno. "Ana, esto no fue solo ensayo. Neta te quiero." Sonreí, acariciando su barba. "Pos yo también, Jesús mío. Pero en el elenco, ni una palabra, ¿eh? Que el director nos echa."

Nos vestimos riendo, compartiendo un cigarro robado. Bajamos el cerro tomados de la mano, luces de Iztapalapa guiándonos. Adentro, sabía que esto era el principio. La pasión del elenco no terminaba en el escenario; apenas empezaba en la carne real, caliente, mexicana. El eco de nuestros gemidos se quedaría en esa banca, esperando la próxima función privada.

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