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Pasiflora Flor de la Pasión

6687 palabras

Pasiflora Flor de la Pasión

El sol del mediodía caía a plomo sobre el jardín de la hacienda en las afueras de Oaxaca, pero yo me refugiaba en la sombra fresca de las enredaderas de pasiflora o flor de la pasión. Sus pétalos morados se abrían como bocas sedientas, exhalando un aroma dulce y embriagador que me hacía cosquillas en la nariz. Me llamo Ana, y desde que llegué aquí huyendo del bullicio de la ciudad, este rincón se había convertido en mi santuario. Vestida con un huipil ligero que rozaba mi piel sudada, me recosté en la banca de madera, dejando que la brisa juguetona levantara el dobladillo de mi falda.

Entonces lo vi. Javier, el jardinero, con su camisa remangada pegada al torso musculoso por el sudor. Sus manos callosas podaban las ramas con precisión, pero sus ojos cafés se desviaban hacia mí una y otra vez. Órale, qué chulo se ve el carnal, pensé, sintiendo un calor que no era solo del sol. Llevábamos semanas coqueteando: una sonrisa aquí, un roce accidental allá. Él era viudo, como yo, y en sus miradas había un hambre que me hacía mojarme sin remedio.

¿Qué onda, Ana? ¿Ya te conquistó la pasiflora? —dijo con esa voz ronca, acercándose con una flor en la mano.

Me incorporé, oliendo su aroma a tierra húmeda y hombre. —Neta, Javier, esta flor me tiene loca. Dicen que es la flor de la pasión, ¿no?

Se rio bajito, un sonido que vibró en mi pecho. —Sí, y tú pareces su reina. Me tendió la flor, y al rozar sus dedos con los míos, una chispa eléctrica me recorrió el brazo hasta el ombligo.

El deseo inicial era como una semilla plantada en mi vientre: sutil, pero creciendo. Nos sentamos juntos en la banca, hablando de tonterías —el maíz que crecía en el campo, las fiestas de Guelaguetza que se avecinaban—. Pero sus rodillas se tocaban con las mías, y cada roce enviaba ondas de calor a mi entrepierna. Olía a él: sudor limpio, jazmín del jardín y algo primitivo que me hacía apretar los muslos.

¿Y si lo beso ya? No, despacio, que el fuego crezca, me dije, mientras él describía cómo la pasiflora trepaba voraz por las paredes, envolviendo todo a su paso.

La tarde avanzaba, el sol se ponía tiñendo el cielo de rosas y naranjas. Javier me invitó a caminar por el sendero cubierto de enredaderas. —Ven, te muestro dónde florecen las más grandes de noche.

Mi corazón latía fuerte, como tambores de una danza ancestral. Su mano en mi cintura era firme, posesiva, y yo no la rechacé. El aire se enfrió, pero mi piel ardía. Llegamos a un claro donde las pasifloras colgaban como lámparas vivas, sus centros blancos brillando bajo la luna naciente. El perfume era intenso, almizclado, mezclado con el olor a tierra mojada de un chubasco lejano.

Nos detuvimos. Él me miró, sus pupilas dilatadas. —Ana, no aguanto más. Desde que te vi, sueño con tu boca, con tu cuerpo.

Mi aliento se aceleró. Es ahora. Lo atraje hacia mí, nuestros labios chocando en un beso hambriento. Su lengua invadió mi boca, saboreando a tequila y miel, mientras sus manos subían por mi espalda, desatando el huipil. Gemí contra su boca, sintiendo mis pezones endurecerse al aire fresco.

Caímos sobre un lecho de pétalos suaves que él había preparado en secreto. Sus dedos trazaron mi piel, desde el cuello hasta los muslos, despertando nervios dormidos. —Qué rica estás, mamacita, murmuró, lamiendo mi oreja. Yo arqueé la espalda, oliendo su excitación: ese olor salado y almizclado que me volvía loca.

El conflicto interno bullía: ¿Y si duele el recuerdo de mi marido? No, esto es nuevo, mío. Le quité la camisa, besando su pecho ancho, saboreando la sal de su sudor. Sus abdominales se contrajeron bajo mi lengua, y él gruñó, un sonido animal que me empapó más.

Gradualmente, la intensidad subió. Javier descendió, besando mi vientre, mordisqueando suave mi ombligo. Sus manos separaron mis piernas, y sentí su aliento caliente en mi sexo. —Te voy a comer entera, prometió. Su lengua encontró mi clítoris, lamiendo con maestría, círculos lentos que me hicieron jadear. El sonido de su succión era obsceno, húmedo, mezclado con mis gemidos: ¡Ay, Javier, qué rico, no pares!

El mundo se redujo a sensaciones: el roce áspero de su barba en mis muslos internos, el picor dulce de las pasifloras rozando mi piel desnuda, el pulso acelerado en mis sienes. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. Es tan bueno, neta que me vengo ya, pensé, pero él se detuvo, sonriendo pícaro. —Aún no, mi reina. Quiero sentirte apretándome.

Me volteó boca abajo, su cuerpo cubriendo el mío como una manta viva. Su verga dura presionaba contra mis nalgas, caliente y palpitante. La frotó contra mi entrada, untándola con mis jugos. —Dime si quieres.

Sí, métemela ya, pendejo, supliqué riendo, empoderada en mi deseo.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Gemí largo, sintiendo cada vena, cada pulso. El olor a sexo nos envolvía, espeso y adictivo. Empezó a moverse, embestidas profundas que chocaban contra mi culo, el sonido de piel contra piel resonando en el claro. Mis tetas se mecían con cada golpe, rozando los pétalos suaves.

La tensión psicológica creció: Esto es pasión pura, como la flor que nos rodea. Cambiamos posiciones; yo encima, cabalgándolo con furia, mis caderas girando mientras él amasaba mis nalgas. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí. Sus manos en mis caderas guiaban el ritmo, pero yo mandaba, acelerando hasta que sentí el orgasmo acercándose como una ola.

Vente conmigo, Ana, jadeó, sus ojos clavados en los míos.

Exploto en un clímax cegador: mi coño se contrajo alrededor de él, leche caliente salpicando dentro mientras él rugía mi nombre. Olas de placer me recorrieron, desde los dedos de los pies hasta la coronilla, el cuerpo temblando, el corazón estruendoso. Él me abrazó fuerte, nuestros cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas.

En el afterglow, yacimos bajo las pasifloras, pétalos cayendo como confeti sobre nuestra piel. Su dedo trazaba círculos en mi espalda, el aroma floral mezclado con nuestro sudor. Esto no es solo sexo, es conexión, reflexioné, besando su hombro.

La pasiflora o flor de la pasión nos unió, susurró él, y yo sonreí, sabiendo que esto era el comienzo de muchas noches así. La luna nos velaba, y en mi pecho, una paz ardiente se instaló, lista para más.

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