Club América Pasión Águila
El estadio Azteca rugía como un volcán en erupción esa noche de sábado. El olor a chela fría mezclada con el sudor de miles de aficionados me envolvía mientras gritaba ¡Águilas! con toda el alma. Llevaba mi camiseta ajustada del Club América, esa azulcrema que marcaba mis curvas justito, y el short corto que dejaba ver mis piernas bronceadas por el sol de la Ciudad de México. Soy Lupita, fanática de hueso colorado desde chiquita, y hoy el equipo jugaba contra el odiado Chivas. Mi corazón latía al ritmo de los tambores de la porra, y entre la multitud, mis ojos se clavaron en él.
Estaba a unos metros, en la sección de la fidelista, con una playera del Club América pasión águila estampada en el pecho. Alto, moreno, con brazos tatuados que asomaban por las mangas arremangadas y una sonrisa pícara que iluminaba su cara de galán de telenovela. Cuando el águila en la pantalla gigante desplegó sus alas, él volteó y nuestras miradas chocaron. Sentí un cosquilleo en la piel, como si el viento caliente del estadio me hubiera rozado el cuello. ¿Quién es este güey tan chido? pensé, mordiéndome el labio mientras el equipo anotaba el primer gol. La multitud enloqueció, y yo levanté los brazos, sintiendo mis chichis rebotar bajo la tela húmeda de sudor.
Al medio tiempo, me armé de valor y me acerqué fingiendo pedir una chela.
"Órale, carnal, ¿me avientas una birra? Con este calor me estoy derritiendo",le dije, guiñándole el ojo. Él se rio, esa risa grave que vibró en mi pecho.
"Pa' ti lo que sea, águila. Soy Diego, y tú pareces la pasión misma del Club América".Sus ojos bajaron un segundo a mi escote, y sentí el calor subir por mi cara y más abajo, entre las piernas. Platicamos de la pasión por el equipo, de cómo el águila nos unía, de partidos épicos. Su voz ronca, con ese acento chilango puro, me ponía la piel de gallina. Tocó mi brazo casualmente al pasarme la chela, y su roce fue eléctrico, como un chispazo que me hizo apretar los muslos.
El segundo tiempo fue una tortura deliciosa. Cada vez que volteábamos, la tensión crecía. El América metió otro gol, y en la euforia, él se acercó tanto que su aliento cálido me rozó la oreja.
"Si ganamos, te invito unas cheves después. ¿Qué dices, pasión águila?"Asentí, el pulso acelerado, imaginando sus manos en mi cintura. Ganamos tres a uno, y el estadio explotó. Salimos juntos entre la marea humana, riendo, cantando el himno del Club América. Afuera, el aire fresco de la noche contrastaba con el bochorno de adentro, y el olor a elotes asados y tacos al pastor flotaba en la calle.
No sé qué me pasa con este pendejo, pero lo quiero ya, pensé mientras caminábamos hacia su troca estacionada cerca. Subimos, y el motor rugió como mi deseo. En el camino a su depa en Polanco —chido, con vista al skyline—, su mano descansó en mi muslo. La piel se me erizó bajo sus dedos ásperos, callosos de tanto gym y quién sabe qué más.
"Estás bien rica con esa camiseta, Lupita. Me traes loco desde que te vi brincando".Le sonreí, deslizando mi mano por su entrepierna, sintiendo lo duro que ya estaba.
"Tú tampoco estás tan pendejo, Diego. Esa pasión águila tuya me calienta".
Llegamos a su penthouse, minimalista pero con posters del América en las paredes. Apenas cerramos la puerta, sus labios cayeron sobre los míos. Beso hambriento, con sabor a chela y sal de sudor. Sus manos me quitaron la camiseta de un jalón, exponiendo mis tetas firmes al aire acondicionado que me puso los pezones duros como piedras. Gemí cuando los tomó en sus palmas calientes, masajeándolos mientras su lengua jugaba con la mía. Olía a hombre, a colonia barata mezclada con testosterona pura. Lo empujé al sofá, quitándole la playera para lamer su pecho tatuado con un águila estilizada. Su piel sabe a victoria, a Club América pasión águila, se me cruzó por la mente mientras bajaba la cremallera de sus jeans.
Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con la misma furia del estadio. La tomé en mi mano, sintiendo el calor y la suavidad de la piel estirada.
"Qué chingona, Lupita. Chúpamela, águila mía".Me arrodillé, el piso frío contra mis rodillas, y la metí en mi boca despacio, saboreando el gusto salado de su pre-semen. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo, guiándome sin forzar. Lamí la cabeza, succioné las bolas pesadas, mientras mis bragas se empapaban. Mi concha ardía, pidiendo atención. Me levanté, me quité el short y las bragas de encaje, mostrándole mi coñito depilado, reluciente de jugos.
"Ven, cabrón. Fóllame como el América goleando".Me tendió en el sofá, abriéndome las piernas con gentileza. Su lengua encontró mi clítoris primero, lamiéndolo en círculos lentos que me hicieron arquear la espalda. El sonido de su chupeteo húmedo llenaba la habitación, mezclado con mis jadeos. ¡Qué rico! Este güey sabe comer verga... digo, concha. Metió dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas, mientras succionaba fuerte. Olía a mi excitación, almizclada y dulce, y el calor de su aliento me volvía loca. Corrí en su boca con un grito ahogado, temblando toda, las piernas flojas.
No me dio tregua. Se puso un condón —chido, responsable el carnal— y se hundió en mí de un solo empujón lento, llenándome hasta el fondo. Sentí cada vena rozando mis paredes, estirándome deliciosamente.
"Estás apretada como virgen, Lupita. Me aprietas la verga con tu pasión águila".Empezó a bombear, primero suave, mirándome a los ojos con esa intensidad que me derretía. El sofá crujía bajo nosotros, sudor goteando de su frente a mi pecho. Agarré sus nalgas musculosas, clavándole las uñas, urgiéndolo más rápido. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, el olor a sexo invadiendo todo. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como una amazona, mis tetas brincando, su verga golpeando profundo. Él me chupó los pezones, mordisqueando suave, mientras yo giraba las caderas, frotando mi clítoris contra su pubis.
La tensión creció como el final de un partido empatado. Ya casi, ya mero... Me volteó a perrito, agarrándome las caderas, embistiéndome fuerte. El espejo de enfrente reflejaba mi cara de placer puro, el pelo revuelto, sus bolas golpeando mi clítoris. Grité su nombre, Diego, y exploté otra vez, la concha contrayéndose alrededor de su verga como un puño. Él rugió, clavándose hasta el tope, llenando el condón con chorros calientes que sentí palpitar dentro.
Caímos exhaustos, jadeando, su cuerpo pesado y cálido sobre el mío. El aire olía a nosotros, a sudor y semen y perfume de victoria. Me besó la frente, suave ahora.
"Eres la pasión águila del Club América hecha mujer, Lupita. Esto fue chingón".Reí bajito, acariciando su espalda. Quién iba a decir que un partido me traería esto. El águila nos unió, carnal. Nos quedamos así, envueltos en las sábanas revueltas, escuchando el tráfico lejano de la CDMX. Mañana sería otro día, pero esta noche, la pasión del Club América ardía en nuestras venas, eterna como el grito del estadio.