Pasión Prohibida Capítulo 12 Parte 3
La brisa salada de Puerto Vallarta me acariciaba la piel mientras bajaba del taxi frente a la villa escondida en la playa. El sol se había hundido en el Pacífico, dejando un cielo morado salpicado de estrellas que parpadeaban como testigos mudos de mi secreto. Mi corazón latía con fuerza, un tambor de deseo que retumbaba en mis oídos. Neta, Ana, ¿qué chingados estás haciendo? pensé, pero mis pies ya avanzaban por el sendero de palmeras, iluminado por luces tenues que bailaban sobre las hojas.
Yo, Ana López, de treinta años, arquitecta exitosa en Guadalajara, con una vida perfecta a los ojos de todos: carrera en ascenso, familia unida... excepto por él. Diego Salazar, el carnal del enemigo número uno de mi papá. Nuestras familias se odiaban desde hace generaciones por un pleito de tierras en Jalisco, pero ¿qué importaba eso cuando su mirada me derretía? Habíamos empezado esto hace meses, robándonos momentos en hoteles discretos, besos robados en fiestas familiares donde fingíamos odiarnos. Esta noche era diferente. Capítulo 12, parte 3 de nuestra pasión prohibida, como lo llamaba en mi diario secreto.
La puerta de la villa se abrió antes de que tocara. Ahí estaba Diego, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me hacía mojarme al instante. Vestía una camisa blanca desabotonada, dejando ver el vello oscuro en su pecho bronceado. Olía a sal marina y a su colonia favorita, esa que mezclaba madera y especias, evocando fogatas en la playa.
¡Órale, güey, qué chulo te ves! Me muero por arrancarte esa camisa.
"Ven, nena", murmuró con voz ronca, jalándome adentro. Sus manos grandes y callosas, de tanto trabajar en la construcción familiar, me rodearon la cintura. Sentí el calor de su cuerpo contra el mío, mi blusa de seda fina pegándose a mis pechos por el sudor nervioso. Cerró la puerta con un clic que sonó como una promesa.
La villa era un paraíso: sala abierta con ventanales al mar, el rumor de las olas rompiendo en la arena como un latido constante. Velas aromáticas parpadeaban, esparciendo olor a vainilla y jazmín. Nos sentamos en el sofá de cuero suave, una botella de tequila reposado ya abierta en la mesa baja. Sirvió dos shots, el líquido ámbar brillando bajo la luz.
"Por nosotros, por esta locura que no podemos parar", brindó, chocando su vaso contra el mío. El tequila quemó mi garganta, dulce y ahumado, despertando un fuego en mi vientre. Hablamos poco al principio, de nimiedades: el tráfico en la carretera, la fiesta familiar del fin de semana donde nos ignoramos como extraños. Pero sus ojos, negros y profundos, devoraban mis labios pintados de rojo.
La tensión crecía como una ola. Su mano rozó mi muslo desnudo bajo la falda corta, enviando chispas por mi piel. Touch: sus dedos ásperos contra mi suavidad, subiendo lento, explorando. Mi respiración se aceleró, pechos subiendo y bajando, pezones endureciéndose bajo el encaje del brasier.
"Diego... si nos cachan, se arma el desmadre", susurré, pero mi cuerpo se arqueaba hacia él, traicionándome.
"Que se jodan, Ana. Tú eres mía esta noche". Su boca capturó la mía, beso hambriento, lengua invadiendo con sabor a tequila y hombre. Gemí contra sus labios, manos enredándose en su cabello revuelto. El sonido de nuestras respiraciones jadeantes se mezclaba con las olas lejanas.
Acto dos: la escalada. Me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome a la habitación king size. La cama era un mar de sábanas blancas de algodón egipcio, suaves como caricia de amante. Me tumbó con gentileza, pero sus ojos ardían de hambre. Desabotonó mi blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sight: mis senos altos y firmes, coronados de rosados endurecidos. Touch: su aliento caliente en mi ombligo, lengua trazando círculos que me erizaban.
¡Qué rico se siente su boca! Este pendejo sabe exactamente cómo volverme loca.
Le quité la camisa, lamiendo el sudor salado de su cuello, bajando por su pecho musculoso. Olía a mar y a deseo crudo, ese almizcle masculino que me embriagaba. Mis uñas arañaron su espalda, dejando marcas rojas que lo hicieron gruñir. "¡Neta, Ana, me traes al borde!"
Caímos en la cama, cuerpos entrelazados. Sus manos expertas despojaron mi falda y tanga, exponiéndome al aire fresco. Taste: besó mi interior de muslos, lengua rozando mi humedad creciente, sabor salado y dulce de mi excitación. Gemí alto, caderas elevándose. Él se desvistió rápido, su verga erecta, gruesa y venosa, saltando libre. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero, latiendo en mi palma.
Lo monté primero, guiándolo dentro de mí con un suspiro largo. Sound: el slap húmedo de piel contra piel, mis jadeos mezclados con sus roncos "¡Sí, así, chula!". El ritmo lento al principio, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome. Olía a sexo, a sudor y sábanas revueltas. Aceleramos, mis tetas rebotando, sus manos apretando mis nalgas. Internamente luchaba: Esto es prohibido, pero qué padre se siente ser libre en sus brazos.
Cambié de posición, él encima, misionero profundo. Sus embestidas potentes, golpeando mi clítoris con cada thrust. Sudor goteaba de su frente a mi boca, salado y vivo. "¡Te amo, Ana, aunque sea pecado!", confesó entre dientes. Lágrimas de placer nublaron mis ojos. La tensión psicológica explotaba: familias, escándalos, pero en ese momento, solo existíamos nosotros.
El clímax se acercó como tormenta. Mis paredes se contrajeron alrededor de él, olas de placer desde el centro irradiando a dedos y pies. "¡Me vengo, Diego!" grité, uñas clavadas en su espalda. Él rugió, llenándome con chorros calientes, cuerpos temblando en unisono. Release: el mundo se disolvió en pulsos, estrellas detrás de párpados cerrados, sabor de su beso final.
Acto tres: el afterglow. Quedamos tendidos, piernas enredadas, respiraciones calmándose al ritmo de las olas. Su dedo trazaba patrones perezosos en mi vientre, piel pegajosa de sudor y fluidos. El aroma de sexo impregnaba el aire, mezclado con el jazmín de las velas agonizantes.
"¿Y ahora qué, carnal?", pregunté, voz ronca, apoyada en su pecho que subía y bajaba.
"Seguimos escribiendo nuestra historia. Pasión prohibida, capítulo 12, parte 3... pero hay más por venir". Me besó la frente, tierno. Por primera vez, no había culpa, solo paz. Afuera, la playa susurraba promesas de noches futuras. Me sentía empoderada, dueña de mi deseo, libre en sus brazos pese a todo.
Nos dormimos así, envueltos en sábanas revueltas, el mar cantando nuestra canción secreta.