Ropa Sensual para Noche de Pasion
Me miré en el espejo del baño, ajustando el encaje negro que se ceñía a mis curvas como una segunda piel. Esa ropa sensual para noche de pasion que compré en esa tiendita chula de la Condesa me hacía sentir como una diosa mexicana lista para conquistar. El top de transparencias dejaba ver justo lo suficiente, el shorty de hilo dental subía por mis nalgas firmes, y las ligas con portaligas completaban el conjunto. Olía a vainilla y jazmín, mi perfume favorito que siempre volvía loco a Marco. Neta, esa noche iba a ser épica. Hacía semanas que no nos veíamos por su pinche trabajo en la constructora, y el deseo me ardía en el vientre como chile en nogada.
Escuché la llave en la puerta principal de nuestro depa en Polanco. Mi corazón dio un brinco, latiendo fuerte contra el encaje. Ya viene, wey, pensé, mordiéndome el labio. Salí del baño con pasos lentos, tacones altos resonando en el piso de madera. La luz tenue de las velas que prendí en la sala proyectaba sombras juguetona en las paredes blancas. Él entró, corbata floja, camisa arremangada mostrando esos antebrazos morenos y fuertes de tanto cargar materiales.
—
¡Mamacita! ¿Qué es esto?—dijo Marco con los ojos bien abiertos, dejando caer su mochila al suelo. Su voz grave me erizó la piel.
Me acerqué contoneándome, sintiendo el roce sedoso de la tela contra mis muslos. —
Tu sorpresa, carnal. Ropa sensual para noche de pasion, como te prometí.—Le guiñé el ojo, rozando su pecho con mis uñas pintadas de rojo.
Él me tomó de la cintura, sus manos callosas explorando la curva de mis caderas. Olía a sudor limpio del día, mezclado con su colonia terrosa. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando como en una salsa ardiente. Gemí bajito cuando su boca bajó a mi cuello, mordisqueando suave. Qué chido se siente esto, pinche hombre mío, pensé mientras mis dedos se enredaban en su cabello negro revuelto.
Nos movimos hacia el sofá de cuero suave, sin dejar de tocarnos. La ciudad zumbaba afuera por la ventana, autos pitando lejanos, pero aquí adentro solo existíamos nosotros. Marco me sentó en sus piernas, sus manos subiendo por mis ligas, tirando juguetón del elástico. —
Eres una pinche tentación, Ana. No sabes las ganas que traía de ti todo el día.—Murmuró contra mi oreja, su aliento caliente enviando chispas por mi espina.
Yo reí suave, arqueándome para que sintiera mis pechos contra él. Esto apenas empieza. Desabroché su camisa botón por botón, besando cada centímetro de piel expuesta. Su pecho ancho, velludo justo lo necesario, sabía a sal y hombre. Lamí un pezón, sintiendo cómo se endurecía bajo mi lengua. Él gruñó, manos apretando mis nalgas, separándolas levemente. El shorty se humedecía ya, mi excitación goteando como miel de maguey.
En el acto uno de nuestra noche, nos quedamos ahí, explorando con calma. Le quité la camisa del todo, admirando su torso esculpido por el gym y el trabajo. Yo bailé un poquito sobre él, moviendo caderas al ritmo de una cumbia imaginaria que sonaba en mi cabeza. Sus ojos devoraban cada movimiento, pupilas dilatadas de puro deseo. —
Quítate eso poquito a poquito, mi reina—pidió, voz ronca.
Deslicé el top por mi cabeza, liberando mis senos llenos. El aire fresco los erizó, pezones duros como piedras de obsidiana. Marco jadeó, inclinándose para succionar uno, lengua girando experta. Ay, cabrón, qué rico. Gemí alto, tirando su cabeza más cerca. Mis uñas rasguñaron su espalda, dejando marcas rojas que mañana presumiría.
Pero no quería apresurar. Lo empujé suave al sofá, bajando de rodillas entre sus piernas. Desabroché su cinturón, jeans ajustados revelando la erección que tensaba la tela. Olía a masculinidad pura, ese aroma almizclado que me volvía loca. Bajé el zipper lento, sacando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mano, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre el acero debajo. —
Mira lo que me haces, wey—dijo él, acariciando mi mejilla.
La lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum. Él siseó, caderas alzándose. Chupé profundo, garganta relajada por práctica, sintiendo cómo llenaba mi boca. Sus gemidos llenaban la sala, bajos y guturales como rugidos de jaguar. Me encanta tenerlo así, rendido. Aceleré, mano bombeando la base, bolas pesadas en mi palma.
De repente, me levantó como pluma, cargándome al cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio frescas. Me tiró suave, quitándome el shorty y portaligas de un jalón. Desnuda ante él, piernas abiertas, coño depilado brillando de jugos. Él se desnudó rápido, cuerpo atlético al descubierto. Se arrodilló entre mis muslos, nariz rozando mi clítoris hinchado. —
Ahora te como entera, mi amor.
Su lengua atacó, lamiendo labios mayores, chupando el botón sensible. Grité, manos en su pelo, caderas moliendo contra su cara. Sabía a mi propia excitación dulce, mezclada con su saliva. Dedos entraron, dos gruesos curvándose en mi punto G, bombeando rítmico. ¡Sí, así, no pares! El orgasmo crecía como ola en Acapulco, tensión en vientre, muslos temblando. Explosé, chorros mojando su barbilla, cuerpo convulsionando.
En el acto dos, la intensidad subió. Marco trepó, verga lista en mi entrada. —
¿Lista para mí, nena?—preguntó, ojos en los míos, pidiendo permiso.
—
Sí, métemela ya, pendejo—supliqué, riendo juguetona.
Empujó lento, estirándome delicioso. Lleno total, paredes apretándolo. Gemimos juntos, sincronizados. Empezó a bombear, profundo y constante, cama crujiendo. Sudor perló su frente, goteando en mis senos. Lo lamí, salado y caliente. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgando como en rodeo charro. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones. Rebotaba duro, clítoris rozando su pubis, placer doble.
Esto es puro fuego, neta. Hablamos sucio, mexicano puro: —
¡Qué rico te sientes, culona!—gruñía él. —
Cógeme más fuerte, cabrón—respondía yo. El olor a sexo impregnaba el aire, almizcle, sudor, vainilla. Sonidos húmedos de carne chocando, jadeos entrecortados. Otro orgasmo me sacudió, paredes ordeñándolo. Él se tensó, —
Me vengo...—advirtió. Lo apreté, sintiendo chorros calientes llenándome, su éxtasis prolongando el mío.
Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas calmándose. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. Su mano acariciaba mi espalda, trazando espinas. Qué chingón es esto, estar así con él. La ciudad seguía viva afuera, pero nuestro mundo era esta cama tibia.
En el acto tres, el afterglow nos envolvió. Nos duchamos juntos, agua caliente lavando fluidos, manos jabonosas explorando de nuevo, pero tierno. Secos, nos metimos bajo las sábanas desnudos. —
Te amo, Ana. Esa ropa sensual para noche de pasion fue lo máximo—murmuró, besando mi frente.
—
Y yo a ti, mi rey. Hagamos esto cada fin—respondí, acurrucándome en su pecho.
Durmiéndonos, sentí paz profunda, cuerpo saciado, alma plena. Mañana, vida normal: tacos de suadero, tráfico loco, pero esta noche fue nuestra pasión eterna, como tequila añejo que sabe mejor con tiempo.