La Letra Ardiente de La Pasion Sarah Brightman y Fernando Lima
Estaba sola en mi depa en la Roma, con las luces bajas y el aire cargado de ese calor pegajoso de la noche mexicana. Afuera, el bullicio de la colonia se colaba por la ventana entreabierta: risas de borrachos en la esquina, un claxon lejano y el rumor de un metro pasando. Pero adentro, solo existía La Pasión, esa rola de Sarah Brightman y Fernando Lima que me ponía la piel chinita cada vez que la escuchaba. Esa noche, no pude resistirme. Saqué mi cel y tecleé letra la pasion sarah brightman y fernando lima, porque quería cantar cada palabra, sentirla en el cuerpo.
La letra apareció en la pantalla, palabras como fuego: "Tu pasión me quema, me consume entera". Mi voz salió ronca, temblorosa, mientras me recargaba en el sofá de terciopelo rojo. Llevaba un vestidito negro ajustado, sin bra, solo unas tanguitas de encaje que rozaban justo donde dolía la necesidad. El sudor me perlaba el escote, y entre mis piernas, un calor húmedo empezaba a crecer. ¿Por qué esta canción siempre me prende así? Como si Fernando y Sarah me susurraran al oído promesas sucias, pensé, mordiéndome el labio.
El timbre sonó de golpe, sacándome del trance. Era Marco, mi carnal del gym, ese morro alto, moreno, con ojos negros que te desnudan con una mirada. Habíamos coqueteado semanas, pero nunca pasamos de besos robados en la barra de un bar en Condesa. "Pásale, wey", le dije abriendo la puerta, mi voz más aguda de lo normal por la rola que aún retumbaba en mis parlantes.
Él entró oliendo a colonia fresca, mezcal y hombre. Traía una botella en la mano y una sonrisa pícara. "Neta, Ana, ¿ya andas en tus pedas musicales? Oí la canción desde el elevador". Se acercó, su cuerpo grande invadiendo mi espacio, y me plantó un beso en la mejilla que duró un segundo de más. Su barba incipiente raspó mi piel suave, enviando chispas directo a mi entrepierna.
Nos sentamos en el sofá, sirviendo mezcal en vasos bajos. La canción se repetía en loop, y yo, con las mejillas ardiendo, le conté cómo había buscado la letra. "Mírala, carnal. La pasión me invade, no puedo negarla", leí en voz alta, mi dedo trazando las palabras en la pantalla. Él se inclinó, su aliento cálido en mi cuello. "Cántamela, Ana. Quiero oírte". Su mano rozó mi muslo, casual, pero el roce fue eléctrico, como si su piel gritara deseo.
Empecé a cantar bajito, mi voz uniéndose a Sarah y Fernando. Marco me miraba fijo, sus pupilas dilatadas. "Tu pasión me quema", susurré, y él repitió: "Me consume". Su mano subió un poco más, apretando suave mi carne. El aire se espesó con olor a mezcal, sudor y algo más primitivo, el aroma almizclado de la excitación. Mi corazón latía como tamborazo zacatecano, y sentí mis pezones endurecerse contra la tela del vestido.
¿Y si lo jalo ahorita? Neta, este wey me trae loca. Su mirada dice que me quiere partir en dos, y yo... yo lo necesito dentro.
Acto seguido, él me tomó la cara con ambas manos, ásperas de tanto gym, y me besó. Fue un beso hambriento, lenguas enredándose como en un tango prohibido. Sabía a mezcal ahumado y a promesas. Sus dientes mordieron mi labio inferior, tirando suave, y un gemido se me escapó, ahogado en su boca. "Ana, chula, no mames, qué rico sabes", murmuró contra mi piel, bajando besos por mi cuello. Sus manos exploraban, una en mi cintura, la otra colándose bajo el vestido, hallando el encaje húmedo.
Me recargué en el sofá, abriendo las piernas instintivo. Él se arrodilló entre ellas, ojos clavados en los míos mientras subía el vestido. "Déjame verte, mamacita", dijo con voz grave, esa que vibra en el pecho. El aire fresco rozó mi panocha expuesta, y él inhaló profundo, como saboreando mi olor. "Hueles a pecado, Ana". Su lengua salió, lamiendo lento desde el clítoris hasta mi entrada, un trazo caliente y húmedo que me arqueó la espalda. Gemí fuerte, agarrando su pelo negro revuelto. El sonido de la canción seguía: "En tus brazos me rindo", y era verdad, me rendía a él.
Su boca era magia, chupando, succionando, metiendo la lengua adentro mientras sus dedos me abrían. Sentía cada roce como fuego líquido, mis jugos corriendo por sus labios. "¡Ay, Marco, no pares, cabrón!", jadeé, mis caderas moviéndose solas contra su cara. Él gruñía de placer, vibrando contra mi carne sensible. Olía a sexo ahora, a mi excitación mezclada con su saliva, y el cuarto se llenó de slap-slap húmedos y mis quejidos.
Pero quería más. Lo jalé arriba, desesperada. "Quítate la ropa, wey". Se paró, quitándose la playera en un movimiento fluido, revelando pectorales duros, abdomen marcado y ese V que bajaba a su pantalón. Yo me desvestí rápido, quedando en pelotas, mi piel morena brillando de sudor. Él se bajó el pantalón, y su verga saltó libre, gruesa, venosa, apuntándome como arma. "Ven, corazón", le dije, jalándolo al sofá.
Se sentó, y yo me subí a horcajadas, frotando mi panocha mojada contra su tronco. La punta rozaba mi clítoris, enviando descargas. "Métemela ya", supliqué, y él obedeció, guiándola con la mano. Entró de un empujón lento, estirándome delicioso. "¡Pinche verga chingona!", grité, sintiéndolo llenarme hasta el fondo. Empecé a cabalgar, arriba-abajo, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando pezones.
La canción llegaba al clímax, sus voces apasionadas mezclándose con nuestros jadeos. "Tu pasión me quema", canturreé entre gemidos, y él respondió follándome más duro: "Me consume entera". Sudábamos pegajosos, piel contra piel resbalosa, el sofá crujiendo bajo nosotros. Olía a sexo puro, a corrida reprimida, y el slap de nuestros cuerpos era sinfonía obscena. Sus bolas chocaban mi culo, y yo apretaba adentro, ordeñándolo.
No mames, nunca sentí algo así. Es como si la letra cobrara vida en mi coño, cada embestida un verso de fuego.
La tensión crecía, mis muslos temblando, su respiración entrecortada. "Me vengo, Ana, chula", gruñó, clavándome los dedos en las nalgas. "¡Yo también, fóllame fuerte!". Aceleré, girando caderas, y exploté primero: un orgasmo que me cegó, paredes convulsionando alrededor de su verga, jugos chorreando. Él rugió, hinchándose dentro, llenándome de leche caliente que salpicó cuando salí.
Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas calmándose. La canción terminó, pero el eco de La Pasión quedó en nosotros. Él me besó la frente, suave ahora. "Neta, Ana, eso fue... épico". Yo sonreí, trazando su pecho con el dedo, sintiendo el semen escurrir entre mis piernas. El cuarto olía a nosotros, a satisfacción profunda.
Nos quedamos así, platicando bajito sobre la rola, riendo de tonterías. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero adentro, algo había cambiado. La letra de Sarah Brightman y Fernando Lima ya no era solo palabras en una pantalla; era nuestra piel, nuestro sudor, nuestra pasión desatada. Y supe que esto era solo el principio.