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Pasión de Cristo Reparto Ardiente

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Pasión de Cristo Reparto Ardiente

En el corazón de un pueblo michoacano, donde las calles se llenan de incienso y murmullos devotos durante la Semana Santa, se montaba cada año la Pasión de Cristo. Este año, el reparto era el más guapo que se recordaba. Ana, con sus curvas morenas y ojos que prometían pecados, había sido elegida como María Magdalena. Tenía veintiocho años, soltera y con un fuego interno que las oraciones nocturnas no apagaban. Marco, el wey que interpretaba a Juan, el discípulo amado, era un moreno alto de treinta, con músculos forjados en el campo y una sonrisa que derretía voluntades.

Los ensayos empezaban al atardecer en la plaza principal. El sol caía como una bendición ardiente, tiñendo de oro las cruces de madera. Ana sentía el roce áspero de su túnica contra la piel, el sudor perlándole el escote mientras recitaba sus líneas.

¿Por qué carajos mi cuerpo reacciona así nomás de verlo?
se preguntaba, mientras Marco, a su lado en la escena del sepulcro, le tomaba la mano con fingida devoción. Sus dedos eran cálidos, callosos, y un escalofrío le subía por la espina.

—Órale, Ana, ponle más pasión —le decía el director, un viejo cascarrabias que no notaba las chispas volando entre el reparto de la Pasión de Cristo. Ella asentía, mordiéndose el labio, imaginando esa pasión en otros sentidos. Marco la miraba de reojo, sus ojos oscuros cargados de promesas. Después de cada ensayo, el grupo se juntaba en la fonda de Doña Lupe, con chelas frías y tacos al pastor que humeaban con olor a achiote y piña. Ahí, entre risas y cuentos de borrachos, sus rodillas se rozaban bajo la mesa. Neta, este wey me trae loca, pensaba ella, sintiendo el calor subirle por las piernas.

La tensión crecía con los días. Una noche de ensayo bajo la luna llena, la escena del lavado de pies. Marco estaba arrodillado, simulando verter agua sobre los pies de Jesús, pero sus ojos se clavaban en las sandalias de Ana. Ella, sentada en una banca de piedra, sentía el aire fresco de la noche lamiéndole las pantorrillas desnudas. Cuando él se acercó para "secar" sus pies con una toalla raída, su aliento caliente rozó su piel.

Si no para esto ya, voy a explotar como volcán
. El olor a tierra mojada y su loción barata de pino la mareaban. Terminaron el ensayo temblando, y en el camino a casa, él la alcanzó.

—Ey, Magdalena, ¿te late si te llevo? Mi troca está chida para estos caminos empedrados —dijo con esa voz ronca que le erizaba la piel.

—Va, carnal, pero no vayas a pensar que soy fácil —rió ella, subiéndose al asiento gastado que aún guardaba el calor de su cuerpo.

En el trayecto, la radio sonaba corridos rancheros, pero el silencio entre ellos era espeso, cargado de electricidad. Sus manos se rozaron al cambiar la velocidad, y ninguno la retiró. El pueblo dormía, solo grillos y perros lejanos rompían la quietud. Frente a la casa de Ana, una casita pintada de rosa con buganvilias trepando, él apagó el motor.

—Gracias, Marco. Neta, eres el mejor Juan que he visto —susurró ella, su aliento dulce a menta del chicle.

Él se acercó, su rostro a centímetros. —Y tú la Magdalena más pecadora. ¿Sabes qué? En el reparto de la Pasión de Cristo, todos fingimos, pero contigo siento que es real.

Sus labios se encontraron en un beso suave al principio, como probar un fruto prohibido. El sabor salado de su sudor mezclado con el suyo, las lenguas danzando lentas. Ana sintió su pulso acelerado contra el pecho de él, duro como roble. Las manos de Marco subieron por su espalda, desatando el lazo de la blusa ligera que aún llevaba del ensayo. El aire nocturno besó su piel expuesta, pezones endureciéndose al instante.

—Pásate adentro, wey. No aquí como perros —jadeó ella, arrastrándolo por la puerta.

Adentro, la luz tenue de una vela parpadeaba sobre la cama deshecha. Olía a lavanda de su sábila y al pan dulce del desayuno. Se desnudaron con urgencia, risas nerviosas rompiendo la tensión. El cuerpo de Marco era un mapa de tentaciones: abdominales marcados, vello oscuro bajando hacia su verga erecta, gruesa y palpitante. Ana lo recorrió con las yemas, sintiendo el calor irradiar, el pulso bajo la piel. Él la tumbó suave, besando su cuello, lamiendo el hueco de la clavícula donde latía su deseo.

Chingao, Ana, hueles a mujer de verdad —gruñó, inhalando profundo entre sus pechos. Sus labios capturaron un pezón, succionando con hambre, dientes rozando lo justo para arrancarle gemidos. Ella arqueó la espalda, uñas clavándose en sus hombros anchos. El roce de sus muslos contra los de él era fuego líquido, humedad creciente entre sus piernas.

Marco bajó lento, torturándola con besos por el vientre suave, lengua trazando círculos en el ombligo. Llegó a su monte de Venus, depilado con esmero, oliendo a excitación almizclada. Separó sus labios con dedos temblorosos, probándola.

Sabe a miel caliente, a pecado puro
, pensó él. Ana gritó bajito, caderas moviéndose solas contra su boca. La lengua de él danzaba experta, chupando el clítoris hinchado, metiéndose adentro para saborear sus jugos. El sonido húmedo, chapoteante, llenaba la habitación junto a sus jadeos.

—No pares, cabrón, ¡así! —suplicó ella, tirando de su pelo.

Pero él se incorporó, verga goteando pre-semen. —Quiero sentirte completa, mi Magdalena.

Se posicionó, frotando la punta contra su entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, ambos gimiendo al unísono. El estiramiento era delicioso, llenura total. Ana envolvió sus piernas alrededor de su cintura, talones presionando para más profundo. Empezaron un ritmo lento, piel contra piel chapoteando, sudores mezclándose. El olor a sexo crudo impregnaba el aire, velas chisporroteando como testigos.

La intensidad subió. Marco la embestía fuerte, bolas golpeando su culo, manos amasando sus nalgas. Ella rayaba su espalda, dejando marcas rojas.

Esto es la verdadera pasión, no la del escenario
. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgando como amazona, pechos rebotando, pelo azotando su rostro. Él pellizcaba sus pezones, chupándolos mientras ella giraba las caderas, moliendo contra él. Gemidos se volvieron gritos ahogados, vecinos dormidos ajenos al festín.

—Me vengo, Ana, ¡no aguanto! —rugió él, dedos en su clítoris frotando furioso.

El orgasmo la partió primero: olas de placer convulsionándola, paredes apretando su verga como vicio. Él explotó dentro, chorros calientes llenándola, cuerpos temblando en éxtasis compartido. Colapsaron jadeantes, risas burbujeando entre besos suaves.

Después, enredados en sábanas húmedas, el silencio era cómplice. Marco trazaba círculos en su vientre, oliendo su cabello a jazmín. —Neta, esto fue mejor que cualquier Pasión de Cristo reparto. ¿Seguimos?

Ana sonrió, besándolo perezosa.

El Viernes Santo se acerca, pero nuestra pasión apenas empieza
. Afuera, el gallo cantaba lejano, prometiendo más noches de fuego en el pueblo devoto.

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