Pasión y Poder Capítulo 136
Isabella entró al penthouse de Rodrigo en Polanco con el corazón latiéndole a mil por hora. La ciudad de México brillaba allá abajo, un mar de luces neón que reflejaban el caos de su propia mente. Hacía semanas que ese pendejo la traía de cabeza en las juntas del consejo, robándole tratos con esa sonrisa de tiburón que la ponía loca. Pero esta noche no venía a negociar números, venía a reclamar lo que era suyo: él.
El aire olía a cuero nuevo y a un toque de tequila reposado, el favorito de Rodrigo. Él estaba ahí, recargado en la barra de la cocina abierta, con una camisa blanca desabotonada hasta la mitad, dejando ver el vello oscuro de su pecho. Sus ojos negros la devoraron de arriba abajo, deteniéndose en el escote de su vestido rojo ceñido.
¿Qué chingados haces aquí, Isabella? ¿Vienes a rogarme por el contrato de Guadalajara?
—Neta, Rodrigo, no vengo a rogarte nada —dijo ella, quitándose los tacones con un movimiento fluido, sintiendo el mármol fresco bajo sus pies—. Vengo a recordarte quién manda de verdad.
Él soltó una risa grave, que vibró en el aire como un ronroneo. Se acercó despacio, su colonia invadiendo el espacio entre ellos, un aroma amaderado con notas de sándalo que le erizaba la piel. Isabella sintió el calor de su cuerpo antes de que la tocara, y cuando su mano rozó su cintura, un escalofrío le recorrió la espina dorsal.
—Tú, mandando... Qué chido suena eso —murmuró él, su aliento cálido contra su oreja—. Pero aquí, en mi territorio, soy yo el que da las órdenes.
La tensión era palpable, como el aire cargado antes de una tormenta. Isabella levantó la barbilla, desafiante, y presionó su cuerpo contra el de él. Sintió la dureza de su erección contra su vientre, y una oleada de humedad la invadió entre las piernas. Este cabrón me tiene empapada sin siquiera intentarlo, pensó, mientras sus labios se rozaban en un beso que empezó castigador y se volvió hambriento.
Las manos de Rodrigo se deslizaron por su espalda, bajando la cremallera del vestido con deliberada lentitud. La tela cayó al suelo con un susurro sedoso, dejando a Isabella en lencería negra de encaje. Él retrocedió un paso, admirándola, sus ojos oscuros brillando con deseo puro.
—Estás de poca madre, preciosa —gruñó, llevándola en brazos hacia el sofá de piel italiana.
Ahí empezó todo de verdad. Isabella lo empujó contra los cojines, montándose a horcajadas sobre él. Sus uñas arañaron ligeramente su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la piel morena. Él olía a hombre, a sudor limpio y a esa colonia que la volvía loca. Ella se inclinó, lamiendo el lóbulo de su oreja, saboreando la sal de su piel.
—Muéstrame ese poder tuyo, Rodrigo —susurró, mordisqueando su cuello—. Hazme tuya.
Él no se hizo de rogar. Con un movimiento rápido, la volteó boca abajo, inmovilizándola con su peso. Sus manos expertas desabrocharon el brasier, liberando sus senos pesados. Isabella jadeó cuando su boca capturó un pezón, chupándolo con fuerza, enviando descargas de placer directo a su clítoris. El sonido de sus lenguas y labios húmedos llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos ahogados.
—¡Órale, qué rico! —gimió ella, arqueando la espalda.
Rodrigo bajó más, besando su vientre plano, deteniéndose en el borde de las panties. El aroma de su excitación lo golpeó como una droga, almizclado y dulce. Deslizó la tela a un lado, exponiendo su panocha depilada, reluciente de jugos. Su lengua la lamió de abajo arriba, saboreándola con avidez, mientras dos dedos se hundían en su calor apretado.
No aguanto más, este wey me va a hacer venir ya mismo
Isabella se retorcía, sus caderas moviéndose al ritmo de su boca. Él succionaba su clítoris hinchado, girando la lengua en círculos que la volvían loca. El placer subía en oleadas, tensándose en su vientre como un resorte a punto de romperse. Gritó su nombre cuando el orgasmo la atravesó, sus paredes internas contrayéndose alrededor de sus dedos, inundándolo de su esencia.
Pero Rodrigo no paró. La levantó como si no pesara nada, llevándola al dormitorio principal. La cama king size estaba cubierta de sábanas de satén negro, iluminada por la luz tenue de la luna filtrándose por las ventanas panorámicas. La ciudad rugía abajo, un fondo perfecto para su sinfonía privada.
—Ahora vas a sentir mi poder —dijo él, quitándose la ropa con prisa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntando hacia ella como una promesa.
Isabella se lamió los labios, arrodillándose en la cama. Tomó su miembro en la mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. Lo lamió desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Rodrigo gruñó, enredando los dedos en su cabello oscuro, guiándola mientras ella lo chupaba profundo, relajando la garganta para tomarlo todo.
—¡Qué chingón te sale eso, Isabella! Eres una diosa —jadeó él, sus caderas embistiendo suavemente.
La escena escaló cuando él la puso de rodillas, penetrándola de una estocada profunda. Isabella gritó de placer, sintiendo cómo la llenaba por completo, rozando ese punto sensible dentro de ella. El sonido de piel contra piel era obsceno, húmedo, acompañado por el slap slap de sus cuerpos chocando. Sudor perlaba sus pieles, mezclando sus olores en una fragancia embriagadora de sexo puro.
Él la follaba con ritmo implacable, una mano en su cadera, la otra pellizcando sus pezones. Isabella empujaba hacia atrás, exigiendo más, su clítoris frotándose contra sus dedos que lo masajeaban sin piedad.
Esto es pasión y poder, puro y crudo, capítulo 136 de nuestra historia infinita
El clímax los alcanzó juntos. Rodrigo se hundió hasta el fondo, gruñendo como un animal mientras se vaciaba dentro de ella, chorros calientes que la empujaron al borde. Isabella explotó de nuevo, sus paredes ordeñándolo, lágrimas de placer rodando por sus mejillas. Colapsaron en la cama, jadeantes, cuerpos entrelazados en un enredo sudoroso.
Minutos después, Rodrigo la abrazó por detrás, su verga aún semi-dura presionando su trasero. Besó su hombro, suave ahora, contrastando con la ferocidad anterior.
—Eres increíble, mi reina —murmuró, su voz ronca de satisfacción.
Isabella sonrió en la oscuridad, sintiendo el latido de su corazón contra su espalda. El aroma de sus fluidos mezclados flotaba en el aire, un recordatorio tangible de su unión. Afuera, la ciudad seguía su ritmo frenético, pero aquí, en este nido de lujuria, habían encontrado equilibrio. Poder compartido, pasión desatada.
—La próxima junta, te dejo ganar un poquito —bromeó ella, girándose para besarlo—. Pero solo un poquito, wey.
Él rio bajito, atrayéndola más cerca. En ese momento, supo que Pasión y Poder Capítulo 136 no era solo un título; era su realidad, un ciclo eterno de deseo y dominio mutuo que los unía más que cualquier contrato.