Cañaveral de Pasiones Capítulo 75 Fuego Oculto en la Caña
El sol se ponía sobre el cañaveral como una promesa ardiente, tiñendo las altas cañas de un naranja intenso que hacía que todo pareciera vibrar de calor. Ana caminaba entre las filas verdes, el aire espeso cargado con el dulce aroma de la caña madura y la tierra húmeda después de la lluvia de la tarde. Sus botas chapoteaban en el lodo suave, y cada paso le recordaba lo viva que se sentía en ese lugar. Hacía años que administraba esas tierras en Veracruz, pero esa noche, algo en el viento le susurraba que el cañaveral de pasiones capítulo 75 de su vida estaba a punto de escribirse con fuego.
Desde la muerte de su esposo, Ana había enterrado sus deseos bajo capas de trabajo y rutina. Pero Miguel, ese machín de ojos negros y manos callosas que lideraba a los cortadores, había despertado algo feroz en ella. Lo había visto esa mañana, cortando caña con golpes precisos, el sudor pegándole la camisa al pecho ancho, delineando cada músculo. Órale, qué hombre, pensó entonces, mordiéndose el labio. Ahora, mientras el crepúsculo caía, lo buscaba. No era casualidad; le había mandado un mensaje con el capataz: "Ven al fondo del campo al atardecer. Hay algo que platicar". Su corazón latía fuerte, como tambores de una fiesta en la plaza.
El sonido de las cañas rozándose unas contra otras era como un susurro erótico, un shhh constante que ahogaba sus propios jadeos nerviosos. Olía a tierra fértil, a savia dulce y a ese toque salado que traía el mar cercano. Ana se detuvo en un claro natural, donde las cañas formaban un muro vivo, alto y protector. Se quitó el sombrero de ala ancha, dejando que su cabello negro cayera en cascada sobre sus hombros bronceados. Llevaba una blusa ligera, sin sostén, y una falda larga que el viento jugaba a levantar, rozando sus muslos con promesas.
¿Y si no viene? ¿Y si soy una pendeja por hacer esto? Pero neta, lo quiero. Lo necesito. Hace tanto que no siento un hombre de verdad.
De repente, crujió una caña a su espalda. Se giró y ahí estaba Miguel, emergiendo como un dios pagano del follaje. Su piel brillaba con sudor fresco, la camisa desabotonada hasta el ombligo, revelando el vello oscuro que bajaba hacia su pantalón ajustado. "Jefa", dijo con voz ronca, esa voz que le erizaba la piel. "Me mandaste llamar. ¿Qué se te ofrece?" Sus ojos la devoraban, bajando por su cuello hasta los pechos que se marcaban bajo la tela fina.
Ana tragó saliva, el pulso acelerado en su garganta. "Miguel, no soy tu jefa esta noche. Quiero... quiero que me hagas tuya aquí, en el cañaveral". Las palabras salieron solas, crudas, mexicanas hasta el hueso. Él sonrió, esa sonrisa lobuna que prometía placeres prohibidos. Se acercó despacio, el aire entre ellos cargado de electricidad. Extendió una mano y rozó su mejilla, el pulgar áspero trazando su labio inferior. Olía a hombre: sudor limpio, tabaco y algo salvaje, como la caña misma.
Acto primero completo, pensó ella irónicamente, mientras sus bocas se encontraban en un beso hambriento. Sus labios eran firmes, con sabor a sal y a la fruta que había comido al mediodía. Lenguas danzaban, explorando, mientras sus manos se volvían audaces. Miguel la apretó contra su cuerpo duro, y Ana sintió su erección presionando contra su vientre, gruesa y lista. ¡Qué chingón! gimió en su mente, mientras sus dedos se enredaban en su cabello.
Se separaron jadeando, el sonido de sus respiraciones entrecortadas mezclándose con el viento en las cañas. "Eres una diosa, Ana", murmuró él, bajando la boca a su cuello, mordisqueando la piel sensible. Ella arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta. Sus manos bajaron por su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa húmeda. La desabotonó con dedos temblorosos, revelando su torso esculpido por el trabajo duro. Lo tocó, lamió el sudor salado de su pecho, saboreando el sabor terroso y masculino que la volvía loca.
Miguel no se quedó atrás. Levantó su blusa, exponiendo sus pechos llenos al aire fresco de la noche. Sus pezones se endurecieron al instante, rosados y ansiosos. "Mira estos chiches", gruñó él, tomándolos en sus palmas callosas. Los masajeó, pellizcando suavemente, mientras su boca bajaba a succionar uno, luego el otro. Ana sintió chispas de placer recorriéndole la espina, sus caderas moviéndose solas contra él. El roce de la falda contra sus piernas era insufrible; la levantó él mismo, deslizando una mano entre sus muslos. Estaba empapada, el calor de su sexo palpitando bajo las bragas de encaje.
No pares, cabrón. Tócala ya. Hazme gritar en este pinche cañaveral.
Sus dedos encontraron su clítoris hinchado, frotándolo en círculos lentos al principio, luego más rápido. Ana clavó las uñas en su espalda, el dolor placentero sacando un rugido de él. "Estás chorreando, mi reina", susurró contra su oreja, metiendo dos dedos dentro de ella. El sonido húmedo de su excitación era obsceno, mezclándose con sus gemidos. Ella montó su mano, cabalgando el placer que subía en oleadas, el olor de su arousal dulce y almizclado impregnando el aire.
Pero querían más. Miguel se arrodilló, bajando sus bragas con dientes, exponiéndola al viento juguetón. Su lengua la invadió, lamiendo desde la entrada hasta el clítoris, chupando con avidez. Ana gritó, agarrando las cañas para no caer. El sabor de ella era néctar para él: salado, dulce, adictivo. Sus caderas temblaban, el orgasmo construyéndose como una tormenta en el horizonte. "¡Miguel, ya! ¡Ven!" Él aceleró, dedos y lengua en sinfonía, hasta que explotó, su cuerpo convulsionando, jugos corriendo por sus muslos.
Se levantó, besándola con su propia esencia en la boca, compartiendo el sabor pecaminoso. Ana, aún temblando, lo empujó contra una caña gruesa. Desabrochó su pantalón, liberando su verga dura, venosa, palpitante. ¡Madre mía, qué pedazo de verga! La tomó en mano, acariciándola de arriba abajo, sintiendo el calor y la dureza de hierro. Él gruñó, ojos entrecerrados de placer. Ella se arrodilló, lamiendo la punta, saboreando el precum salado. Lo engulló centímetro a centímetro, garganta relajada por el deseo, hasta que sus bolas peludas tocaron su barbilla. Chupó con hambre, manos masajeando, mientras él gemía "¡Qué chida chupas, Ana! ¡No pares!".
La levantó de un tirón, girándola contra el tronco de caña. Levantó su falda, posicionando la cabeza gruesa en su entrada resbaladiza. "Dime que la quieres", exigió ronco. "¡Sí, métemela toda, wey! ¡Fóllame duro!", rogó ella. Empujó de una, llenándola por completo. El estiramiento era exquisito, dolor-placer que la hizo gritar. Embestía fuerte, piel contra piel, el slap-slap resonando en el claro. Sus manos en sus caderas, marcándola, mientras ella empujaba hacia atrás, cabalgando cada embestida.
El sudor los unía, resbaloso y caliente. Olía a sexo crudo, a caña machacada bajo sus pies. Cambiaron: ella encima ahora, montándolo en el suelo blando. Sus pechos rebotaban con cada salto, él chupándolos, mordiendo. "¡Más rápido, pinche semental!", jadeaba ella. El clímax se acercaba, sus paredes apretándolo como un puño. Él la volteó de nuevo, piernas sobre sus hombros, penetrando profundo, golpeando ese punto que la volvía loca.
"¡Me vengo, Ana! ¡Dame todo!", rugió. Ella explotó primero, un grito primal rasgando la noche, leche ordeñándolo. Él se derramó dentro, chorros calientes llenándola, gimiendo su nombre. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, el cañaveral sus testigo silencioso.
En el afterglow, yacían bajo las estrellas que asomaban entre las cañas. Su piel se enfriaba, pegajosa de sudor y fluidos. Miguel la besó suave, trazando círculos en su vientre. "Eres mi pasión, Ana. Esto no termina aquí". Ella sonrió, el corazón pleno por primera vez en años. El capítulo 75 del cañaveral de pasiones había sido perfecto, pensó, mientras el viento mecía las cañas en una nana erótica. Mañana seguiría el trabajo, pero las noches... las noches serían suyas.