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Imagenes Ardientes de la Pelicula de la Pasion de Cristo

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Imagenes Ardientes de la Pelicula de la Pasion de Cristo

Estaba sola en mi depa de la Roma, con el calor de marzo pegándome en la cara como un beso pesado. Era Semana Santa, y aunque no soy de las que van a misa, el ambiente se sentía cargado, como si el aire oliera a incienso y sudor. Me tiré en el sillón con mi laptop, aburrida, y por puro desmadre busqué imagenes de la pelicula de la pasion de cristo. No sé por qué, tal vez porque recordaba lo impactante que era esa película, con Jim Caviezel todo sudado y marcado, sufriendo pero con una fuerza que te erizaba la piel.

Las imágenes empezaron a cargar: el látigo rompiendo carne, gotas de sangre resbalando como lágrimas rojas, el cuerpo tenso arqueándose en agonía. Pero había algo más, un eco de éxtasis en esa mirada, en los músculos contraídos, en el jadeo silencioso. Mi pulso se aceleró. ¿Qué chingados me pasa? pensé, mientras un calor traicionero subía por mi entrepierna. La pantalla brillaba con esos tonos oscuros, rojos intensos, y yo sentía mi piel picar, como si el látigo me rozara a mí. Olía a mi propia excitación, ese aroma almizclado que se mezcla con el perfume de vainilla de mi crema.

Y si el dolor lleva al placer supremo? ¿Y si esa pasión no es solo sufrimiento, sino entrega total?

Me mordí el labio, la boca seca, y sin pensarlo saqué el teléfono. Marqué a Marco, mi carnal de la universidad, el que siempre me hace volar con solo una mirada. "Güey, ven pa'cá ya. Tengo algo que te va a poner como toro", le dije con voz ronca. Él rio, ese sonido grave que me vibra en el estómago. "Ya voy, nena. ¿Qué traes?". Colgué y me levanté, el corazón latiéndome en las sienes, para ponerme un vestido suelto, negro, que se pegaba a mis curvas como una promesa.

Acto uno: la llegada. La puerta sonó veinte minutos después, y ahí estaba él, alto, moreno, con esa camiseta ajustada que marcaba sus pectorales. Olía a colonia fresca y a calle caliente de la Condesa. Lo jalé adentro, cerré la puerta con el pie y lo besé como si el mundo se acabara. Sus labios sabían a menta y cerveza, ásperos contra los míos. "Mira esto", le dije, arrastrándolo al sillón. Abrí la laptop, y las imágenes seguían ahí, hipnóticas. Él se sentó a mi lado, su muslo rozando el mío, cálido y firme.

"Imágenes de la película de la pasión de cristo", leyó en voz alta, mientras sus ojos se clavaban en la pantalla. Vi cómo su pecho subía y bajaba más rápido. Una escena de la corona de espinas, sangre goteando por la frente. "Puta madre, qué intenso", murmuró, y su mano se posó en mi rodilla, subiendo despacio, enviando chispas por mi espina. Yo asentí, la garganta apretada. "Me prende ver esa entrega, ¿sabes? Ese dolor que duele rico". Él giró la cabeza, ojos oscuros brillando. "¿Quieres jugar a eso, mi reina?". Asentí, el deseo ya un nudo en mi vientre.

Sus dedos trazaron mi muslo interno, suaves al principio, luego apretando como si midiera mi resistencia. El aire se llenó del zumbido de la laptop y nuestros respiraciones entrecortadas. Me incliné, besé su cuello, saboreando la sal de su piel. "Tócame más fuerte", susurré, y él obedeció, su palma abarcando mi nalga, amasándola. Olía a él, a macho listo para devorar.

Acto dos: la escalada. Nos paramos, y yo lo empujé contra la pared, imitando esa pasión cruda de las imágenes. "Tú eres mi Cristo, pero yo te libero", le dije juguetona, usando pendejo con cariño mientras le quitaba la camisa. Sus abdominales se contrajeron bajo mis uñas, rojos surcos leves que lo hicieron gemir. "¡Ay, cabrona, qué rico!". El sonido de su voz, ronca, me mojó más, sentía mi humedad empapando las bragas.

Lo llevé a la cama, la sábana fresca contra mi espalda ardiente. Él se arrodilló entre mis piernas, besando mi vientre, bajando lento. "Déjame adorarte", murmuró, y su lengua encontró mi clítoris a través de la tela. Jadeé, arqueándome, el placer como un latigazo dulce. Quité las bragas, y él lamió directo, saboreándome con hambre: chupadas largas, círculos que me hacían retorcer. "¡Marco, no pares, chingado!", grité, mis manos en su pelo negro, tirando suave. Olía a sexo, a mi jugo dulce y su saliva mezclados.

Esto es la verdadera pasión, no el sufrimiento, sino esta unión que quema y sana.

Lo volteé, queriendo mi turno. Su verga saltó libre, dura como hierro, venosa, goteando precum que lamí como miel salada. "Qué chingona estás", gruñó mientras yo la chupaba profunda, garganta relajada, sintiendo su pulso contra mi lengua. Él jadeaba, caderas moviéndose, pero yo controlaba el ritmo, lenta para torturarlo rico. Sus bolas pesadas en mi mano, suaves y calientes. El cuarto olía a sudor limpio, a deseo puro.

La tensión crecía, interna como una tormenta. Yo luchaba con el pudor –¿es esto blasfemo?–, pero él me miró: "¿Estás bien, amor?". "Sí, güey, más que nunca. Esto es nuestro". Me penetró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Grité de placer, uñas en su espalda dejando marcas rojas como en las imágenes. Nos movimos en sincronía, piel contra piel chapoteando, sus embestidas profundas golpeando mi punto G. Sudor resbalaba, salado en mis labios cuando lo besé. "Te amo así, salvaje", jadeó él, acelerando.

Mi orgasmo subió como ola, músculos apretando su verga, visión nublada de rojo pasión. Él se corrió segundos después, caliente dentro, gruñendo mi nombre. Colapsamos, entrelazados, pulsos latiendo al unísono.

Acto tres: el resplandor. Yacíamos ahí, el ventilador zumbando suave, aire fresco secando nuestro sudor. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. "Esas imagenes de la pelicula de la pasion de cristo nos prendieron cañón, ¿eh?", rio él bajito. Yo acaricié su pelo, sonriendo. "Sí, carnal. Nos mostraron que la pasión es entrega total, pero con placer, no dolor".

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando rastros, jabón espumoso en curvas y músculos. Sus manos gentiles ahora, masajeando, besos tiernos bajo el chorro. Salimos envueltos en toallas, pedimos unos tacos de suadero por app –el olor a cebolla asada llenó el depa–. Comimos en la cama, riendo de tonterías, cuerpos aún sensibles rozándose.

Al despedirse en la puerta, me abrazó fuerte. "Vuelve pronto, mi pasión". Asentí, sabiendo que esto había cambiado algo: la línea entre sagrado y profano se borró en éxtasis consensual. Cerré la puerta, el eco de su beso en mis labios, y miré la laptop apagada. Mañana, Semana Santa seguiría, pero nuestra pasión era eterna, ardiente, mexicana hasta los huesos.

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