La Pasión y Muerte de Jesucristo en la Piel
En las calles empedradas de Taxco, durante la Semana Santa, el aire olía a incienso quemado y a flores de bugambilia marchitas. Elena caminaba entre la multitud, con el corazón latiéndole fuerte bajo su huipil blanco bordado. Las procesiones eran su ritual anual, pero este año algo era diferente. El hombre que cargaba la cruz, interpretando a Jesús en la pasión y muerte de Jesucristo, no era un actor cualquiera. Tenía ojos oscuros que perforaban el alma, cabello largo hasta los hombros y una barba que le enmarcaba la mandíbula fuerte. Sudor perlaba su piel morena, y cada paso que daba hacía que sus músculos se tensaran bajo la túnica raída.
Órale, qué chido se ve el carnal, pensó Elena, sintiendo un calor traicionero subirle por el vientre. Tenía treinta años, soltera por elección, y conocía bien el fuego que ardía en su cuerpo. Pero esto era como si la Virgen misma le hubiera mandado una tentación viva. La campana de la iglesia repicaba, el tambor retumbaba en su pecho, y ella no podía apartar la vista de él.
Al final de la procesión, cuando la gente se dispersaba hacia las posadas iluminadas con velas, Elena lo vio de cerca. Estaba quitándose la corona de espinas falsa, riendo con otros actores. "¡Ey, güey, qué nochecita!" gritó uno. Él, Jesús para el pueblo, se giró y sus ojos se clavaron en los de ella. Elena sintió que el suelo se movía.
No seas pendeja, acércate, se dijo, ajustándose el escote que dejaba ver el nacimiento de sus pechos bronceados. "Buenas noches, mi rey. Estuviste impresionante allá arriba. Como si de verdad cargaras el mundo."
Él sonrió, dientes blancos reluciendo. "Gracias, morra. Me llamo Daniel, pero hoy todos me dicen Jesús. ¿Y tú?"
"Elena. Y neta, me llegaste al alma con esa pasión." La palabra salió ronca, cargada de doble sentido. Daniel arqueó una ceja, oliendo el juego. El aroma a su sudor mezclado con aceite de oliva de la procesión la mareaba.
Se invitaron mutuamente a una chela en la plaza. Sentados en una banca de madera, bajo las luces tenues de los faroles, hablaron de todo y nada. Daniel era de la Ciudad de México, actor de teatro que viajaba por los pueblos sagrados. Elena, maestra de baile folclórico, confesó que las procesiones la ponían calenturienta. "¿En serio? ¿Y qué parte te prende más? ¿La flagelación o la crucifixión?" bromeó él, su voz grave rozándole la piel como una caricia.
Quiero que me flageles con tus manos, que me claves en tu cruz de placer, pensó ella, mordiéndose el labio.
La tensión crecía con cada trago de cerveza fría. Sus rodillas se rozaban, enviando chispas. Daniel le tomó la mano, áspera por cargar la cruz, y la llevó a su palma suave. "Ven conmigo a mi cuarto en la posada. Quiero mostrarte mi pasión de verdad."
Elena asintió, el pulso acelerado como el redoble de tambores. Caminaron en silencio, el aire nocturno fresco contrastando con el bochorno entre sus piernas.
La habitación era sencilla: cama de madera con sábanas blancas, vela parpadeante en la mesita, olor a lavanda del jabón. Daniel cerró la puerta y la besó sin preámbulos. Sus labios eran salados, urgentes, saboreando a cerveza y a hombre. Elena gimió, enredando los dedos en su cabello largo. "Eres mi Jesús, carnal. Llévame a tu calvario."
Él la desvistió despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. El huipil cayó al suelo con un susurro, revelando sus senos plenos, pezones endurecidos por el deseo. Daniel inhaló su aroma: jazmín de su loción mezclado con el almizcle de su excitación. Su piel sabe a miel caliente, pensó él, lamiendo el valle entre sus pechos.
Elena jadeaba, las manos explorando su pecho velludo, bajando hasta la túnica que aún llevaba. La arrancó, exponiendo su torso esculpido, músculos duros por el esfuerzo de la procesión. "Qué verga tan chingona tienes, mi rey." Sus dedos rozaron la erección bajo el pantalón, gruesa y pulsante.
Se tumbaron en la cama, el colchón crujiendo bajo su peso. Daniel la besó por todo el cuerpo: cuello, donde latía su yugular; vientre, donde su ombligo era un pozo de tentación; muslos, internos y temblorosos. Elena arqueó la espalda, el roce de su barba raspándole deliciosamente la piel sensible. Esto es el paraíso prohibido, monologaba en su mente, mientras él separaba sus piernas.
La lengua de Daniel encontró su centro húmedo, saboreando su néctar salado-dulce. "Estás chorreando, morra. Tan rica." Lamía despacio, círculos en el clítoris hinchado, succionando hasta que ella gritó, uñas clavadas en sus hombros. El sonido de su boca chupando era obsceno, mezclado con sus gemidos ahogados. El calor subía, oleadas de placer tensando cada músculo.
No pares, fóllame ya, pendejo, suplicaba internamente. Pero él jugaba, prolongando la agonía dulce. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos contra su punto G, mientras su pulgar masajeaba el botón de fuego. Elena se retorcía, sudor perlando su frente, el cuarto lleno del aroma almizclado de sus sexos.
Finalmente, Daniel se posicionó sobre ella, su verga dura como hierro rozando su entrada. "¿Quieres mi pasión y muerte, Elena? ¿Quieres que te dé todo?" Susurró, ojos fijos en los suyos.
"Sí, Jesús mío. Dame la pasión y muerte de Jesucristo en mi carne." La frase salió como rezo pecaminoso, y él empujó, llenándola de un solo golpe. Elena gritó de placer-pain, su coño apretándolo como guante caliente. Él se movía lento al principio, cada embestida profunda rozando su alma. El slap-slap de piel contra piel resonaba, sus pelotas golpeando su culo.
Aceleraron, instintivos. Elena clavó las piernas en su cintura, urgiéndolo más hondo. "¡Más fuerte, carnal! ¡Mátame de gusto!" Daniel gruñía, sudor goteando de su pecho al de ella, mezclándose. Sus pezones rozaban, chispas eléctricas. Ella mordió su hombro, saboreando sal y músculo.
La tensión crecía como tormenta: pulsos acelerados, alientos entrecortados, el colchón gimiendo en protesta. Elena sentía el orgasmo aproximándose, un nudo apretado en el bajo vientre. Esto es la muerte, la pasión final. Daniel la follaba con furia santa, mano en su garganta suave, no apretando, solo poseyendo.
Explotaron juntos. Elena convulsionó, chorros de placer mojando las sábanas, gritando su nombre como blasfemia. Daniel se derramó dentro, caliente y espeso, rugiendo como león. El mundo se disolvió en blanco, olores a semen y sudor impregnando el aire.
Se quedaron unidos, respiraciones calmándose. Daniel la besó tierno, saliendo despacio. Elena lo abrazó, piel pegajosa contra piel. "Neta, eso fue la gloria, mi Jesús."
La pasión y muerte de Jesucristo nunca se sintió tan viva, reflexionó ella, trazando cruces en su espalda con el dedo. Afuera, la campana tañía la media noche, pero en esa cama, habían resucitado en éxtasis compartido. Daniel sonrió, jalándola para otra ronda lenta. La noche era joven, y su fuego, eterno.