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Escena del Diario de una Pasión

6875 palabras

Escena del Diario de una Pasión

Querido diario, hoy te confieso esta escena del diario de una pasión que me quema por dentro como tequila puro en la garganta. Me llamo Ana, tengo veintiocho años y vivo en ese caos chido de la Condesa, donde las luces de neón besan las banquetas y el aire huele a tacos al pastor y jazmines salvajes. Mi carnal, mi Marco, el wey que me hace perder la cabeza con solo una mirada de esas que prometen pecados deliciosos. Todo empezó esta tarde, cuando el sol de México se colaba por las cortinas de mi depa, tiñendo todo de dorado y caliente.

Estábamos en la cocina, yo preparando unos chilaquiles con esa salsa verde que pica como el deseo que me recorre. Él entró sin avisar, con su camisa blanca pegada al pecho por el sudor de la calle, oliendo a colonia barata mezclada con ese aroma macho que me moja las bragas al instante.

"Órale, mi reina, ¿qué traes de bueno?",
me dijo con esa voz ronca que vibra en mis huesos. Lo miré de reojo, sintiendo cómo mi piel se erizaba, los pezones endureciéndose bajo la blusa ligera. Nuestras manos se rozaron al pasar el plato, un toque eléctrico que me hizo jadear bajito. Ahí empezó la tensión, diario, esa danza lenta de miradas que dicen te quiero follar ya sin palabras.

Nos sentamos a la mesa de madera que cruje como preludio de lo que vendrá. Él devoraba los chilaquiles, lamiendo salsa de sus labios gruesos, y yo solo podía imaginar esa lengua en mi clítoris. El vapor subía caliente, mezclándose con el olor de su piel salada. ¿Por qué carajos me pones así, pendejo? pensé, cruzando las piernas para apretar el calor que crecía entre mis muslos. Hablamos de pendejadas, de la neta del tráfico en Insurgentes, pero sus ojos bajaban a mis tetas, y yo sentía el pulso acelerado en el cuello, el corazón latiendo como tambores de mariachi en fiesta.

De pronto, su pie bajo la mesa rozó mi pantorrilla, subiendo despacio, áspero por el calcetín. Un escalofrío me recorrió la espalda, y el sabor picante en mi boca se volvió dulce anticipación.

"Ana, mi amor, estás más rica que estos chilaquiles",
murmuró, y su mano grande cubrió la mía, dedos entrelazados con fuerza posesiva. Me levanté, fingiendo enojo juguetón.
"Ven, te voy a mostrar lo que es rico de verdad",
le dije, jalándolo al sillón del living donde los cojines suaves nos esperaban como nido.

Aquí viene el medio, diario, donde la pasión se enciende como fogata en la playa de Acapulco. Lo empujé suave contra el sillón, su cuerpo grande hundiéndose en el cuero que olía a sexo viejo. Me subí a horcajadas, sintiendo su verga dura presionando contra mi panocha a través de la tela delgada de mis leggings. El roce era fuego, mi humedad empapando todo. Sus manos subieron por mis muslos, apretando carne con hambre, uñas clavándose lo justo para doler rico. Olía a él, a sudor limpio y deseo crudo, y yo me arqueé, restregándome despacio, gimiendo bajito mientras su aliento caliente me lamía el cuello.

Qué chingón eres, Marco, me haces sentir viva, poderosa, como diosa azteca reclamando su guerrero, pensé mientras le quitaba la camisa, besando su pecho velludo, saboreando sal y músculo. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi vientre, y sus dedos se colaron bajo mi blusa, pellizcando pezones duros como piedras de obsidiana. El dolor se fundía con placer, oleadas de calor bajando directo a mi centro. Le bajé el pantalón con urgencia, liberando esa verga gruesa, venosa, que palpita como corazón salvaje. La tomé en mi mano, piel suave sobre hierro, y él jadeó

"¡Neta, Ana, me vas a matar!"

La tensión subía, diario, como tormenta en el Popo. Lo chupé lento al principio, lengua rodeando la cabeza hinchada, saboreando pre-semen salado y amargo. Él enredó dedos en mi pelo, guiándome sin forzar, gemidos roncos llenando la habitación junto al slap de mi boca húmeda. Mi concha ardía, vacía, rogando. Me incorporé, quitándome la ropa con movimientos felinos, exponiendo mi cuerpo desnudo bajo la luz que jugaba en curvas y sombras. Él me miró como si fuera ofrenda,

"Eres mi pinche obsesión, mi reina"
, y me jaló sobre él.

Me hundí en su verga despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estira, llena, el roce interno enviando chispas por mi espina. ¡Ay, cabrón! grité en mi mente, el placer tan intenso que lágrimas picaron mis ojos. Cabalgaba ahora, caderas girando en ritmo ancestral, tetas rebotando al choque de piel contra piel, sudor perlando nuestros cuerpos. El sillón crujía, el aire cargado de olor a sexo, a panocha mojada y verga palpitante. Sus manos en mi culo, abriéndome, dedos rozando mi ano en promesa futura. Gemía su nombre,

"Marco, más duro, fóllame como hombre"
, y él obedecía, embistiendo desde abajo con fuerza que me hacía ver estrellas.

El clímax se acercaba, tensión en espiral. Mi clítoris rozaba su pubis peludo, fricción eléctrica. Sentía mis paredes contrayéndose, ordeñándolo, mientras él gruñía

"Me vengo, mi amor, contigo"
. El mundo se deshizo en explosión: yo primero, grito ahogado, jugos chorreando por sus bolas, cuerpo temblando en olas de éxtasis puro. Él siguió, caliente chorros llenándome, su rostro contorsionado en gozo brutal. Colapsamos juntos, pegados por sudor y semen, respiraciones jadeantes sincronizadas.

Ahora el final, diario, el afterglow que sabe a paz después de la guerra. Yacíamos enredados, su cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón calmarse. El sol se ponía, tiñendo la habitación de rojo pasión, y el olor a nosotros flotaba como perfume íntimo. Le acaricié el pelo revuelto, sintiendo ternura profunda. Esto es más que cogida, es conexión, es mi pasión hecha carne, reflexioné. Él levantó la vista, ojos brillando.

"Te amo, Ana, neta que eres lo mejor que me ha pasado"
. Sonreí, besándolo suave, saboreando labios hinchados.

Nos levantamos lento, cuerpos doloridos dulcemente, y nos metimos a la regadera. Agua caliente cascabeando sobre piel sensible, jabón espumoso en caricias perezosas. Reímos de tonterías, de cómo el sillón quedó marcado con nuestras huellas húmedas. Salimos envueltos en toallas, pedimos unos tacos por app, y comimos en la cama, desnudos, hablando de sueños locos: un viaje a la Riviera Maya, noches de playa y más pasión.

Esta escena del diario de una pasión me deja con el alma llena, cuerpo saciado pero ya anhelando la próxima. Marco duerme a mi lado, ronquidos suaves como arrullo. Yo te escribo a ti, diario, para guardar este fuego eterno. Mañana será otro día, otra chispa. Pero esta, esta fue perfecta. Buenas noches, mi confidente.

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