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Descarga del Diario de una Pasión

6867 palabras

Descarga del Diario de una Pasión

Esa noche en mi depa de la Roma, con el calor pegajoso del verano colándose por la ventana, me dio por curiosear en la red. Neta, estaba hasta la madre de la rutina del jale en la agencia, queriendo algo que me prendiera el ánimo. Busqué un rato y di con él: descargar Diario de una Pasión. Un archivo PDF que prometía ser el desahogo erótico de una morra anónima. Lo bajé en un santiamén, el corazón ya latiéndome un poco más rápido. Me serví un mezcal con sal y limón, me tiré en la cama con las sábanas frescas oliendo a lavanda, y abrí el archivo.

Hoy lo vi de nuevo, ese wey del gym con los brazos tatuados y esa sonrisa pícara. Su sudor brillaba bajo las luces, y yo solo podía imaginar cómo sabría su piel salada. Mi cuerpo se encendió solo de pensarlo, la concha palpitando como si ya me estuviera tocando.

Leí esas líneas y ¡chingo!, un escalofrío me recorrió la espalda. La autora describía su deseo con tal crudeza que sentí el aire cargado de feromonas imaginarias. Ximena, me dije, esto es lo que necesitas. Hacía meses que no me soltaba con nadie, desde que terminé con el pendejo de mi ex. Recordé a Diego, el carnal que rentaba el depa de al lado. Alto, moreno, con esa voz grave que me ponía la piel de gallina cada vez que nos topábamos en el elevador. Siempre con su je ne sais quoi regio, oliendo a colonia cara y tabaco.

Al día siguiente, en el pasillo, lo pillé saliendo con su chamarra de cuero. Órale, Ximena, ¿qué onda? me dijo, con esa mirada que me deshacía. Pues aquí, con ganas de platicar. ¿Vienes a un cafecito? le propuse, el pulso acelerado como si ya estuviera en la jugada. Aceptó, y terminamos en la terraza del edificio, con el bullicio de la ciudad de fondo: cláxones, risas de transeúntes, el olor a elotes asados flotando en el aire.

Acto primero: la chispa. Hablamos de todo y nada, pero mis ojos se clavaban en su boca, imaginando cómo se sentiría besándolo. Le conté del archivo que descargué, sin entrar en detalles sucios aún. Es como un diario de una pasión desbordada, wey. Te prende el alma. Él se rio, pero vi el brillo en sus ojos. ¿Me lo prestas? O mejor, cuéntame un pedacito. El mezcal de la noche anterior aún me daba valor, así que le recité una parte en voz baja, mi aliento rozando su oreja.

Sus dedos rozaron mi muslo bajo la mesa, y juro que el mundo se detuvo. Sentí el calor de su palma subiendo lento, como una promesa de lo que vendría. Mi clítoris se hinchó ansioso, rogando por más.

Diego tragó saliva, su rodilla tocando la mía. Netísima pasión, Ximena. Me dan ganas de... no sé. La tensión creció como el vapor de un comal caliente. Lo invité a mi depa con pretexto de mostrarle el archivo. Entramos, el aire espeso con el aroma de mi perfume y su colonia mezclándose. Puse música suave, algo de Natalia Lafourcade para ambientar, y saqué el laptop.

Acto segundo: la escalada. Nos sentamos en el sofá, hombro con hombro, yo sintiendo el calor de su cuerpo irradiando hacia mí. Leí en voz alta otra entrada, mi voz temblando un poco. Él puso su mano en mi rodilla, subiendo despacio por el muslo interno de mis jeans. ¿Esto te pasa de verdad? murmuró, su aliento cálido en mi cuello. Asentí, el corazón retumbando como tambores en una fiesta. Piensa, Ximena, esto es consensual, es lo que quieres, me dije, mientras mis pezones se endurecían contra el brasier.

Lo volteé a ver, y nos besamos. Sus labios eran suaves pero firmes, sabían a café y a deseo puro. Su lengua exploró mi boca con hambre, y yo gemí bajito, el sonido ahogado por el beso. Sus manos me quitaron la blusa, rozando mi piel con las yemas callosas que olían a limón de su jabón. Eres chingona, Ximena, susurró, mientras lamía mi cuello, enviando ondas de placer directo a mi entrepierna. Yo le bajé la chamarra, sintiendo los músculos duros de su pecho bajo la playera, el vello rizado pincheándome las palmas.

Caímos al piso sobre la alfombra mullida, riéndonos como pendejos felices. Le desabroché el cinto, liberando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. Qué rica, Diego, le dije, acariciándola lento, sintiendo el calor y la humedad de la punta. Él jadeó, Chúpamela, morra, y yo obedecí con gusto. Su sabor salado me inundó la boca, el olor almizclado de su excitación me mareaba. Lo chupé profundo, mi lengua girando alrededor del glande, mientras él me agarraba el pelo suave, guiándome sin forzar.

Me levantó, me quitó los jeans y las tangas de un jalón. Mírate, toda mojada por mí, dijo, pasando los dedos por mis labios hinchados. Gemí cuando metió dos adentro, curvándolos justo en mi punto G, el sonido chapoteante llenando la habitación. El olor de mi propia excitación se mezcló con el suyo, embriagador. Me lamió el clítoris con maestría, su barba raspándome delicioso las ingles, mientras yo arqueaba la espalda, las uñas clavadas en su nuca. Esto es la descarga que necesitaba, pensé, las caderas moviéndose solas contra su boca.

La intensidad subió. Me puso a cuatro patas, el piso fresco contra mis rodillas. Entró en mí de una embestida lenta, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, wey, qué rico! grité, sintiendo cada centímetro estirándome. Empezó a bombear, el slap-slap de piel contra piel sincronizado con nuestros jadeos. Sudábamos, el olor salobre pegándose a todo. Sus manos en mis caderas, pellizcando justo lo necesario, mientras yo me tocaba el clítoris, acelerando el fuego.

Acto tercero: la liberación. Cambiamos a misionero, sus ojos clavados en los míos, conexión total. Vente conmigo, Ximena, gruñó, acelerando. Sentí la ola crecer, mis músculos contrayéndose alrededor de su verga. El orgasmo me golpeó como un rayo, la descarga del Diario de una Pasión hecha carne, gritando su nombre mientras temblaba. Él se vino segundos después, caliente dentro de mí, un gemido ronco escapando de su garganta.

Nos quedamos ahí, enredados, el sudor enfriándose en nuestra piel, el corazón latiendo al unísono. Besos suaves, risas cansadas. Esto fue épico, carnal, dijo, acariciándome el pelo. Yo sonreí, oliendo nuestro sexo en el aire, sintiendo la paz post-coital. Más tarde, abrí mi propio cuaderno, el que ahora sería mi diario.

Hoy descargué el Diario de una Pasión, pero lo que desaté fue mucho más grande. Diego y yo, piel con piel, deseo puro. Mi cuerpo aún tiembla recordándolo. Mañana, más.

El amanecer entró por la ventana, tiñendo todo de rosa. Diego se fue con un beso, prometiendo volver. Yo, satisfecha, guardé el archivo y el recuerdo, lista para la próxima página de esta vida ardiente.

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