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La Fruta de la Pasión en Flor (1)

6921 palabras

La Fruta de la Pasión en Flor

El sol de mediodía caía a plomo sobre la finca en las afueras de Veracruz, tiñendo de oro las hojas verdes de las parras que trepaban por las pérgolas. Ana caminaba entre los surcos, el aire cargado con el dulce aroma de la fruta de la pasión flor, esas flores moradas y exóticas que se abrían como promesas de placer prohibido. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a su piel sudada, y cada paso hacía que sus caderas se mecieran con un ritmo natural, casi instintivo.

Hacía meses que no sentía esa cosquilleo en el vientre, desde que su último novio la dejó por una pendejada, como él mismo lo llamó. Pero aquí, en esta tierra fértil, algo en el ambiente la hacía sentir viva, deseosa. Se detuvo frente a un racimo de frutos maduros colgando pesados, su piel arrugada invitando a ser mordida.

¿Y si hoy me dejo llevar? Neta, ¿por qué no?
pensó, mientras un viento cálido le erizaba los vellos de los brazos.

Diego apareció de la nada, como si la tierra misma lo hubiera parido. Alto, moreno, con una camisa a cuadros desabotonada que dejaba ver el brillo de su pecho sudoroso. Llevaba una canasta en la mano, llena de frutas recién cortadas. Órale, qué tipo, se dijo Ana, sintiendo un calor que no era solo del sol subirle por las piernas.

Qué onda, morra —dijo él con esa voz grave, como un ronroneo de jaguar—. ¿Vienes a probar la fruta o nomás a admirar las flores?

Ana sonrió, coqueta, mordiéndose el labio inferior. El olor de su colonia mezclada con tierra húmeda la mareó un poco.

—Las dos cosas, güey. Enséñame qué tanto sabe esa fruta de la pasión flor.

Él rio, una carcajada profunda que vibró en el aire, y le ofreció una fruta partida en dos. El jugo chorreaba por sus dedos morenos, viscoso y tentador. Ana la tomó, sintiendo la pulpa fresca contra su lengua al primer bocado. Dulce, ácido, explosivo. Como un beso que no esperas.

Se sentaron bajo la sombra de un mango, compartiendo más frutas, hablando de tonterías: la feria del pueblo, el sabor del pozole de doña Rosa, cómo las lluvias ponían todo más jugoso. Pero sus miradas se cruzaban con fuego, y cada roce accidental —su rodilla contra la de ella, sus dedos limpiando jugo de su barbilla— enviaba chispas por su espina dorsal.

El sol bajó un poco, tiñendo el cielo de rosas y naranjas. Diego la miró fijo, sus ojos oscuros como pozos de miel.

Sabes qué, Ana? Esas flores de la pasión no son las únicas que están en flor por aquí.

Ella sintió su pulso acelerarse, el corazón latiéndole en los oídos como un tambor huichol.

Ya valió, esto es lo que quiero
, pensó, y sin decir nada, se inclinó hacia él. Sus labios se encontraron suaves al principio, probando el sabor compartido de la fruta, dulce y pegajoso. Luego, el beso se profundizó, lenguas danzando con urgencia, el aliento caliente mezclándose con gemidos bajos.

Diego la levantó en brazos como si no pesara nada, llevándola a una cabaña cercana, de paredes de palma y piso de tierra apisonada. La recostó sobre un catre cubierto de sábanas frescas, el aire lleno del aroma a madera y jazmín silvestre. Sus manos expertas desabrocharon el vestido de Ana, deslizándolo por sus hombros, exponiendo su piel bronceada al aire tibio. Ella jadeó al sentir sus labios en el cuello, chupando suave, dejando rastros húmedos que se secaban al instante con el calor.

Qué chingona estás —murmuró él contra su piel, mientras sus dedos trazaban círculos en sus pechos, endureciendo los pezones con toques precisos, como si conociera cada secreto de su cuerpo.

Ana arqueó la espalda, el roce de su barba incipiente raspando deliciosamente sus senos. Bajó las manos a su pantalón, desabrochándolo con dedos temblorosos de anticipación. Su miembro saltó libre, duro y palpitante, la piel suave como terciopelo sobre hierro. Lo tomó en la mano, sintiendo el calor irradiar, el pulso acelerado bajo su palma. Pinche rico, pensó, mientras lo acariciaba de arriba abajo, provocándole un gruñido gutural.

Se voltearon, explorándose mutuamente. Diego besó su vientre, bajando lento, torturándola con la lengua en el ombligo, luego más abajo, hasta llegar al monte de Venus. El olor de su excitación lo envolvió, almizclado y dulce como la fruta misma. Separó sus muslos con gentileza, lamiendo despacio los pliegues húmedos, saboreando su néctar salado. Ana se retorcía, las uñas clavadas en las sábanas, el sonido de su propia respiración entrecortada llenando la cabaña.

¡Ay, Diego, no pares! —suplicó, las caderas elevándose para encontrarse con su boca.

Él succionó su clítoris con maestría, introduciendo un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. El placer subía en oleadas, tensándose como un resorte a punto de romperse. Pero él se detuvo justo antes, subiendo para besarla de nuevo, dejándola al borde, jadeante.

Quiero sentirte dentro —dijo ella, guiándolo con la mano.

Diego se posicionó, frotando la cabeza de su verga contra su entrada resbaladiza, untándose de sus jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola con un ardor placentero que la hizo gemir alto. Estaban unidos, piel contra piel, sudor mezclándose, el catre crujiendo rítmicamente bajo sus embestidas.

Él se movía profundo, saliendo casi por completo para volver a hundirse, golpeando ese lugar que la volvía loca. Ana clavó las uñas en su espalda, dejando surcos rojos, mientras sus pechos rebotaban con cada thrust. El sonido de carne contra carne, húmedo y obsceno, se unía a sus jadeos y ¡sí, más, cabrón! que escapaban de sus labios.

La tensión crecía, sus cuerpos sincronizados en un baile ancestral. Diego aceleró, sus testículos golpeando contra ella, el sudor goteando de su frente a sus senos. Ana sintió el orgasmo acercarse como una marea, contrayendo los músculos internos alrededor de él, ordeñándolo.

Vente conmigo —gruñó él, y eso la lanzó al abismo.

Explotó en un clímax cegador, olas de placer sacudiéndola, el mundo reduciéndose a ese punto de unión ardiente. Diego la siguió segundos después, derramándose dentro con un rugido animal, pulsos calientes llenándola hasta el borde.

Se quedaron así, enlazados, respiraciones calmándose poco a poco. El aire olía a sexo y pasión, a fruta de la pasión flor madura. Diego la besó en la frente, suave, protector.

Qué chido fue eso, morra.

Ana sonrió, trazando patrones en su pecho con el dedo.

Esto es lo que necesitaba, neta. Vida, sabor, flor en el alma
. Afuera, el sol se ponía, pintando el cielo de fuego, prometiendo más días jugosos en esa finca bendita.

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