Evangelios de la Pasión Carnal de Cristo
En el corazón de Guadalajara, donde las campanas de la catedral repican como un latido eterno, encontré ese libro viejo en el ático de mi abuela. Evangelios de la Pasión de Cristo, decía la portada ajada, con letras doradas que se desprendían como piel seca. Yo, María, una chamaca de veintiocho años que todavía iba a misa los domingos, lo abrí con curiosidad. El aire olía a madera húmeda y a jazmín del patio, y mis dedos rozaron las páginas amarillentas, ásperas como la barba de un amante descuidado.
¿Qué carajos? pensé, mientras leía las primeras líneas. No eran los evangelios comunes y corrientes que recitábamos en la iglesia. Habían sido reescritos, o al menos eso parecía, con un fuego que quemaba por dentro. La traición de Judas no era solo un beso frío; era un roce hambriento en la penumbra. La flagelación, un latigazo que despertaba nervios dormidos. La cruz, un lecho de éxtasis doloroso. Mi piel se erizó, y entre mis piernas sentí un calor traicionero. Neta, esto está cañón, me dije, cerrando el libro de golpe. Pero ya era tarde; la semilla estaba plantada.
Alejandro llegó esa noche, mi carnalito desde la uni, el wey que me hacía temblar con solo mirarme con esos ojos cafés intensos. Era alto, moreno, con manos callosas de trabajar en la construcción, pero tierno como pan de muerto recién horneado. Lo invité a cenar pozole en mi depa chiquito en el centro, con velas y todo el rollo romántico. Mientras comíamos, el vapor subía picante, mezclándose con su colonia de sándalo que me volvía loca.
—Órale, Mari, ¿qué traes ahí? —preguntó, señalando el libro sobre la mesa.
Le conté, roja como tomate, y se rio con esa carcajada grave que vibra en el pecho.
—Suena a que alguien le dio un twist picoso a la Biblia, ¿no? Léemelo, a ver qué sale.Su voz era ronca, juguetona, y sus dedos rozaron mi muslo bajo la mesa, enviando chispas por mi espina.
Empecé a leer en voz alta, mi voz temblorosa al principio. Las palabras fluían: Cristo en el huerto, sudando sangre no de miedo, sino de un deseo reprimido que lo hacía gemir bajito. Alejandro se acercó, su aliento caliente en mi cuello, oliendo a cerveza y a hombre. Sus manos subieron por mis piernas, lentas, explorando la tela de mi falda. Yo seguí leyendo, pero mi mente ya volaba. Esto no es pecado, ¿verdad? Es pasión pura, como en los evangelios.
La cena se enfrió mientras la tensión crecía. Él me quitó el libro de las manos y me jaló a su regazo. Nuestros labios se encontraron, saboreando el picor del pozole y la dulzura de su lengua. Sus besos eran como los latigazos descritos: ardientes, dejando marcas invisibles. Gemí contra su boca, sintiendo su verga endurecerse contra mí, dura y palpitante a través del pantalón.
Nos movimos al sillón, tropezando como pendejos enamorados. El aire se llenó del olor a nuestra excitación, almizclado y dulce, como incienso quemado en Semana Santa. Le arranqué la camisa, mis uñas clavándose en su pecho velludo, sintiendo los músculos tensos bajo la piel salada. Él me desvistió despacio, besando cada centímetro: el hueco de mi clavícula, el valle entre mis chichis, hasta llegar a mi panocha ya empapada.
Qué rico, wey, pensé, arqueándome cuando su lengua me lamió ahí, saboreando mi néctar con hambre devoradora. El sonido era obsceno: chupeteos húmedos, mis jadeos roncos mezclados con sus gruñidos. Leí en mi mente fragmentos del libro: la corona de espinas como un collar de placer, los clavos como penetraciones profundas. Alejandro levantó la vista, ojos brillantes.
—Sigue leyendo, mi santa pecadora, murmuró, metiendo dos dedos dentro de mí, curvándolos justo donde dolía tan bien.
Agarré el libro, voz entrecortada, mientras él me follaba con los dedos, el pulgar frotando mi clítoris hinchado. La habitación giraba: el tic-tac del reloj como un corazón acelerado, el roce de su barba en mis muslos internos, el sabor metálico de mi propia saliva al morderme el labio. La tensión subía como la procesión del Viernes Santo, lenta, inexorable. Quería más, lo necesitaba como Cristo necesitaba la redención.
Lo empujé al piso, el tapete áspero contra mis rodillas. Le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, goteando precum que lamí como miel sagrada. ¡Ay, cabrón! Su sabor era salado, terroso, puro macho mexicano. La chupé profunda, garganta relajada, oyendo sus gemidos guturales: Aaah, Mari, qué mamada tan chingona. Mis manos masajeaban sus huevos pesados, sintiendo el pulso rápido, el calor irradiando.
Pero no era suficiente. Lo monté, guiando su pija a mi entrada resbalosa. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría, me llenaba hasta el fondo. Como la cruz lo penetraba a él, pensé, recordando los evangelios. Cabalgaba fuerte, mis caderas girando, chichis rebotando. Él agarraba mi culo, pellizcando, azotando suave. El sudor nos unía, piel contra piel resbalosa, olores mezclados en una nube espesa.
La intensidad creció. Cambiamos posiciones: él encima, misionero profundo, mirándome a los ojos mientras embestía. Cada thrust era un versículo de placer: el choque de pelvis húmedo, slap-slap-slap; mis uñas en su espalda dejando surcos rojos; su aliento jadeante en mi oreja,
Te amo, mi Virgen María hecha mujer. Sentí el orgasmo venir, como la resurrección: un temblor en el vientre, oleadas calientes subiendo. Grité, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo.
Alejandro se corrió segundos después, gruñendo mi nombre, llenándome con chorros calientes que desbordaban. Colapsamos, jadeantes, cuerpos entrelazados en el piso fresco. El silencio solo roto por nuestras respiraciones, el olor a sexo impregnando todo, dulce y pecaminoso.
Después, envueltos en una cobija, hojeamos el libro de nuevo. No era blasfemia; era celebración. Los evangelios de la pasión de Cristo nos habían mostrado que el cuerpo es templo, el deseo es divino. Alejandro me besó la frente, su mano acariciando mi vientre. Esto es nuestro evangelio, susurré. Y en esa noche tapatía, bajo las estrellas indiferentes, supimos que la pasión carnal era la verdadera salvación.