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Como Se Escribe Pasion

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Como Se Escribe Pasion

Estaba sentada en la terraza de un café en la Condesa, con mi laptop abierta y una taza de café de olla humeando a mi lado. El aroma dulce del piloncillo y la canela se mezclaba con el bullicio de la calle: cláxones lejanos, risas de parejas paseando, el roce de las hojas de los jacarandas contra la brisa tibia de la tarde mexicana. Yo, Ana, bloguera de historias eróticas, llevaba horas atascada. ¿Cómo se escribe pasión? me preguntaba una y otra vez, mientras mis dedos tamborileaban sobre las teclas. Quería capturar esa chispa que hace que el lector sienta el calor en la piel, el pulso acelerado, pero mis palabras salían planas, como un beso sin lengua.

Entonces lo vi. Diego entró al café como si el mundo se detuviera para él: alto, moreno, con una camisa ajustada que marcaba los músculos de su pecho y jeans que abrazaban sus caderas. Sus ojos cafés, profundos como pozos de chocolate amargo, barrieron el lugar hasta clavarse en mí. Sonrió, esa sonrisa pícara de vato que sabe lo que provoca, y se acercó a mi mesa.

—Órale, morra, ¿estás escribiendo la novela del siglo o qué? dijo con voz grave, ronca, como el eco de un mariachi en la noche.

Levanté la vista, sintiendo un cosquilleo en la nuca. Neta, el carnal era guapo a rabiar. Olía a colonia fresca con un toque de sudor limpio, ese olor varonil que te hace cerrar los ojos.

—Algo así —respondí, cerrando la laptop—. Pero ando varada. No sé como se escribe pasion de verdad.

Se rio, sentándose sin pedir permiso, sus rodillas rozando las mías bajo la mesa. Ese toque eléctrico me erizó la piel.

—Pos yo te enseño, si quieres. La pasión no se escribe con teclas, se escribe con el cuerpo.

Mi corazón dio un brinco. ¿Era un ligue casual o algo más? No importaba. Sentí el calor subir por mi pecho, mis pezones endureciéndose contra el encaje de mi brasier. Hablamos un rato: él era diseñador gráfico, fan de la Condesa por sus noches locas, y yo le conté de mi blog, de cómo mis lectoras pedían más fuego, más carne. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental de sus dedos al pasar el azúcar.

Al atardecer, con el sol pintando el cielo de naranjas y rosas, me invitó a su depa a unas cuadras. Chingao, pensé, esto es lo que necesitaba. Caminamos calle abajo, su mano en mi cintura, guiándome como si ya fuéramos amantes. El aire olía a tacos de la esquina, a jazmín de los balcones, y mi piel ardía anticipando lo que vendría.

Entramos a su loft minimalista, con ventanales que daban a las luces de la ciudad. Puso música suave, cumbia rebajada que vibraba en el piso. Me sirvió un mezcal ahumado, el cristal frío contra mis labios, el líquido quemándome la garganta con sabor a humo y tierra oaxaqueña.

¿Y si esto es el inicio? ¿Cómo se escribe pasión cuando la sientes latiendo en las venas?

Se acercó despacio, su aliento cálido en mi oreja. —Déjame mostrarte —murmuró. Sus labios rozaron mi cuello, suaves al principio, luego con hambre. Gemí bajito, el sonido ahogado en mi garganta. Sus manos grandes subieron por mi espalda, desabrochando mi vestido con maestría. La tela cayó al suelo como una cascada, dejando mi piel expuesta al aire fresco. Él jadeó, admirándome: mis curvas generosas, el tatuaje de una flor de cempasúchil en mi cadera.

Lo besé con furia contenida, probando el mezcal en su boca, salado con su esencia. Nuestras lenguas danzaron, húmedas y urgentes. Le quité la camisa, mis uñas arañando ligeramente su pecho velludo, sintiendo los latidos desbocados bajo mi palma. Olía a jabón y deseo puro, ese aroma almizclado que te moja entre las piernas.

Me cargó hasta la cama king size, las sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda desnuda. Se arrodilló entre mis muslos, besando mi vientre, bajando lento. —Qué rica estás, Ana —gruñó, su voz vibrando en mi piel. Su lengua encontró mi clítoris, lamiendo con precisión, círculos lentos que me hicieron arquear la espalda. El placer era un relámpago: chispas en mi vientre, humedad brotando como miel caliente. Gemí fuerte, ¡Ay, cabrón!, agarrando sus cabellos negros y revueltos. El sonido de mi propia voz, ronca y suplicante, se mezclaba con sus lamidas húmedas, el slap suave contra mi carne hinchada.

Pero no quería correrme aún. Lo jalé arriba, desabrochando sus jeans. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con venas marcadas. La tomé en mi mano, sintiendo su calor satinado, el pulso acelerado como un tambor azteca. —Te la chupo hasta que ruegues —le dije, juguetona. Me la metí a la boca, saboreando el precum salado, mi lengua girando alrededor del glande. Él gimió, ¡Puta madre, qué chido!, sus caderas empujando suave. El olor de su excitación me volvía loca, terroso y adictivo.

La tensión crecía como una tormenta. Me volteó boca abajo, besando mi espinazo, mordisqueando mis nalgas firmes. Entró en mí de una embestida lenta, llenándome por completo. ¡Sí, así! grité, el estiramiento delicioso, su verga rozando ese punto dentro que me hacía ver estrellas. Empezó a moverse, ritmado, profundo: el slap de piel contra piel, el chirrido de la cama, nuestros jadeos sincronizados. Sudábamos juntos, el olor salado mezclándose con el perfume de nuestras pieles. Mis tetas rebotaban con cada thrust, sus manos amasándolas, pellizcando pezones duros como piedras.

Esto es pasión, neta. Se escribe con gemidos, con fluidos, con el alma expuesta.

Me volteó de nuevo, cara a cara, para mirarnos. Sus ojos clavados en los míos mientras me penetraba más fuerte, más rápido. Sentía cada vena, cada pulso, mi panocha contrayéndose alrededor de él. —Córrete conmigo, Diego —supliqué, mis uñas en su espalda. El clímax llegó como un volcán: olas de placer me sacudieron, mi cuerpo convulsionando, chillidos ahogados escapando de mi boca. Él gruñó profundo, llenándome con chorros calientes, su semen derramándose dentro mientras colapsaba sobre mí.

Jadeábamos, pegados, piel resbaladiza de sudor. El cuarto olía a sexo crudo, a nosotros. Me besó la frente, suave ahora, sus dedos trazando patrones en mi brazo.

—Y eso, morra, es como se escribe pasion —dijo, riendo bajito.

Me acurruqué contra su pecho, escuchando su corazón calmarse. Afuera, la ciudad pulsaba: luces neón, risas lejanas, el zumbido eterno de México. Abrí mi laptop al día siguiente, y las palabras fluyeron como nunca. La pasión no se inventa; se vive, se huele, se saborea. Y ahora, mis lectoras lo sentirían en cada letra.

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