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La Pasion Segun San Juan Bach Desnuda

7350 palabras

La Pasion Segun San Juan Bach Desnuda

Estás sola en tu departamento de la Roma, con las luces tenues y el aire cargado de ese calor pegajoso de mayo en la Ciudad de México. Afuera se oyen los cláxones lejanos y el murmullo de la colonia, pero adentro solo reina el silencio hasta que presionas play en el viejo equipo de sonido. La Pasión según San Juan Bach comienza a fluir, las cuerdas graves te envuelven como un abrazo prohibido, el coro entra con esa intensidad que te eriza la piel de los brazos. Cierras los ojos y sientes cómo la música se cuela por tus poros, despertando un hormigueo en el bajo vientre. Hace tres días que no ves a Juan, tu amante, ese wey que te vuelve loca con solo una mirada. Piensas en su cuerpo firme, en cómo huele a jabón y sudor fresco después de jugar fut en el parque.

¿Por qué carajos tiene que viajar tanto por su pinche trabajo? Neta, me tiene al borde.
Te recuestas en el sofá de terciopelo rojo, con un vestido suelto de algodón que se pega a tus muslos por el calor, y dejas que tus manos vaguen un poco, rozando la curva de tus senos, imaginando que son las suyas.

La puerta suena con tres golpes secos, y tu pulso se acelera al ritmo del recitativo de la pasión. Abres y ahí está él, Juan, alto y moreno, con la camisa entreabierta dejando ver el vello oscuro de su pecho. Sus ojos cafés te recorren de arriba abajo como si ya te estuviera desnudando. "¿Qué onda, mi reina? Te ves cañón con esa música de fondo." Su voz ronca compite con los violines que suben de tono. Lo jalas adentro, cierras la puerta y lo besas con hambre, saboreando el leve dulzor de su chicle de menta mezclado con el salado de su piel. Sus manos grandes te aprietan la cintura, bajan a tus nalgas y te levantan contra la pared. El beso se profundiza, lenguas danzando como el contrapunto de Bach, y sientes su verga endureciéndose contra tu monte de Venus. Olor a su loción de sándalo, mezclado con el aroma almizclado de tu propia excitación que ya moja tus bragas.

Se separan jadeando, y Juan sonríe pícaro. "¿La Pasión según San Juan Bach, eh? Qué apropiado, porque hoy te voy a dar la mía, versión sin censura." Ríen bajito, pero el deseo es serio. Te lleva al sofá, te sienta en su regazo mientras la música entra en el aria de María Magdalena, esa voz soprano que suena como un lamento erótico. Sus dedos desabrochan tu vestido lento, botón por botón, exponiendo tu piel bronceada al aire fresco del ventilador. Besos en el cuello, mordiscos suaves que te hacen arquear la espalda.

Neta, este carnal sabe exactamente dónde tocar para volverme loca.
Tus uñas rasgan su camisa, la arrancas y lames su pecho, saboreando el sudor salado que perla ahí. Él gime, un sonido gutural que se mezcla con el bajo continuo de la orquesta.

La tensión sube con la música, el coro grita "Herr, Herr, lass dich bitten" y Juan te voltea boca abajo en el sofá, quitándote las bragas con dientes. Sientes su aliento caliente en tus nalgas, separándolas, y luego su lengua experta lamiendo tu concha desde el clítoris hasta el ano, chupando con avidez. "Estás empapada, mi amor, sabe a miel y a ti." Gimes fuerte, tus caderas se mueven solas, empujando contra su boca. El placer es eléctrico, como las cuerdas frotándose furiosamente en el disco. Tus manos aprietan los cojines, el tacto áspero contra tus palmas, mientras el olor a sexo inunda la habitación, almizcle y fluidos mezclados con el incienso que dejaste encendido.

Pero no quieres venirte todavía. Lo empujas, lo volteas y te arrodillas entre sus piernas. Su verga sale libre de los jeans, gruesa y venosa, palpitando con la cabeza rosada brillando de precum. La tomas en la mano, sientes su calor pulsante, la piel suave sobre el acero debajo. La lames desde la base, saboreando el gusto salado y ligeramente amargo, hasta meterla entera en tu boca, chupando con succiones rítmicas que siguen el tempo de la pasacaglia. Juan gruñe, sus manos enredadas en tu pelo. "¡Chingada madre, qué chido la haces, mi reina! No pares." Miras hacia arriba, ves su rostro contorsionado de placer, venas hinchadas en su cuello, y eso te enciende más. La música llega al clímax del primer coro, trompetas fanfárrricas, y tú aceleras, garganta profunda hasta que él tiembla.

Te sube a horcajadas, su verga alineada con tu entrada húmeda. Bajas despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te estira, llena cada rincón de tu interior. Qué rico, como si me partiera en dos de puro gozo. Empiezas a moverte, cabalga lenta al principio, sintiendo el roce de su pubis contra tu clítoris, sus bolas golpeando tu culo. La música arremete con la turba gritando traición, y tus movimientos se vuelven frenéticos, saltando, girando caderas. Juan te agarra las tetas, pellizca los pezones duros como piedras, chupándolos uno a uno mientras embistes desde abajo. Sudor gotea de su frente a tu pecho, lubricando todo.

Esto es la pasión pura, según San Juan Bach y nosotros, sin coros ni cruces, solo carne y fuego.

El aire huele a sexo crudo, gemidos ahogados por el crescendo orquestal. Cambian posición: él te pone a cuatro patas en la alfombra persa, entra de nuevo de un solo empujón profundo que te arranca un grito. "¡Sí, así, pendejito, dame duro!" Ríe y obedece, follándote con ritmo bestial, sus caderas chocando contra tus nalgas con palmadas sonoras. Sientes cada vena de su verga frotando tus paredes, el glande golpeando tu cervix, placer rayando en dolor exquisito. Tus jugos corren por tus muslos, el piso fresco bajo tus rodillas. Juan se inclina, mordiendo tu hombro, una mano en tu clítoris frotando círculos rápidos. La música entra en el aria final, voz tenor suplicante, y tú sientes el orgasmo construyéndose como una ola imparable.

"Me vengo, Juan, ¡no pares!" Explota todo: tu concha se contrae en espasmos violentos, ordeñando su verga, chorros de placer mojando sus bolas. Él ruge, se hunde hasta el fondo y se corre dentro, chorros calientes pintando tus entrañas, pulso tras pulso. Colapsan juntos, cuerpos temblando, piel pegajosa de sudor y semen. La Pasión según San Juan Bach llega a su cierre majestuoso, coros gloriosos desvaneciéndose en silencio.

Se quedan así, enredados en la alfombra, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Juan te besa la nuca, suave ahora. "Eres lo máximo, mi vida. Esta música nunca sonó tan cabrona." Ríes bajito, sientes su semen goteando lento de tu coño, cálido y pegajoso. El cuarto huele a aftermath de pasión: sudor seco, fluidos secos, incienso apagado. Te volteas, lo miras a los ojos, ves el cariño detrás del fuego reciente.

Neta, con él todo es perfecto, como si Bach lo hubiera compuesto para nosotros.
Se levantan despacio, van a la ducha donde el agua caliente lava los restos, pero no el recuerdo. Bajo la regadera, se besan lento, saboreando la paz después de la tormenta. Sales envueltos en toallas, se acurrucan en la cama con la ciudad durmiendo afuera. La pasión según San Juan Bach ha terminado, pero la de ustedes apenas comienza, eterna como las notas que aún resuenan en tu piel.

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