Pasion Prohibida Capitulo 38 El Susurro en la Piel
La noche en la hacienda familiar olía a jazmín y a tierra mojada por la lluvia reciente. Yo, Ana, estaba parada en el balcón de la casa principal, con un vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una diosa prohibida. Abajo, la fiesta familiar bullía con risas, mariachis tocando La Malagueña y el aroma del mole poblano flotando en el aire. Pero mi mente no estaba en la celebración. No, mis ojos buscaban a él. Javier, el esposo de mi hermana mayor, el hombre que había encendido un fuego en mí que no podía apagar.
Esta es mi pasion prohibida capitulo 38, pensé, mientras el corazón me latía como tambor en el pecho. Treinta y ocho encuentros robados, treinta y ocho noches donde el pecado sabe a miel.
Lo vi entonces, saliendo del jardín con una cerveza en la mano, su camisa blanca abierta un poco en el cuello, revelando el vello oscuro de su pecho. Javier era alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba chíngame sin decirlo. Nuestras miradas se cruzaron y el mundo se detuvo. Sentí un cosquilleo en la nuca, como si su aliento ya me rozara la piel. Él inclinó la cabeza hacia la esquina oscura del balcón, una invitación muda. Mi cuerpo respondió antes que mi cabeza. Caminé hacia él, el roce de la tela contra mis muslos enviando chispas de anticipación.
—Órale, Ana, murmuró cuando estuve cerca, su voz ronca como el tequila reposado. —Neta que hoy estás para comerte viva.
Su mano rozó la mía, un toque fugaz que me erizó la piel. Olía a hombre, a sudor limpio mezclado con colonia barata y algo salvaje, como el monte después de la tormenta. Me acerqué más, sintiendo el calor de su cuerpo irradiando hacia mí.
—Javier, mi hermana está allá adentro. Esto es una locura —susurré, pero mis ojos decían lo contrario. Lo deseaba tanto que dolía.
Él rio bajito, ese sonido que me deshacía por dentro. —Pues que sea una locura chingona. Ven conmigo.
Me tomó de la mano y me llevó por las escaleras traseras, hacia el cuarto de huéspedes en el segundo piso. El aire era más fresco ahí, cargado del olor a madera vieja y sábanas limpias. Cerró la puerta con llave, y el clic fue como el primer latido de un corazón acelerado.
Acto uno completo: la tensión inicial ardía. Nos miramos en la penumbra, solo iluminados por la luna que se colaba por la ventana. Javier se acercó lento, como un depredador saboreando la caza. Sus dedos trazaron mi brazo, dejando un rastro de fuego líquido.
—Te he extrañado, morra —dijo, su aliento cálido contra mi oreja. —Tu piel, tu sabor...
Me estremecí. Recordé las veces pasadas: el hotel en Polanco, el auto en la carretera a Puebla, cada pasion prohibida grabada en mi alma. Lo empujé contra la pared, besándolo con hambre. Sus labios eran firmes, sabían a cerveza y a deseo puro. Nuestras lenguas danzaron, un tango húmedo y salvaje. Gemí bajito cuando sus manos bajaron a mi cintura, apretándome contra su dureza. Sentí su verga presionando contra mi vientre, gruesa y lista, y un río de calor se derramó entre mis piernas.
Nos desvestimos con urgencia, pero sin prisa. Él desabrochó mi vestido, dejando que cayera al piso como una promesa rota. Mis tetas quedaron al aire, pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta.
—Qué chulas estás, Ana. Neta, eres un pinche sueño —gruñó, tomando una en su boca.
El placer fue un rayo: su lengua girando, succionando, el sonido húmedo de su saliva mezclándose con mis jadeos. Arqueé la espalda, clavando uñas en su cabello. Olía a mi propia excitación, ese almizcle dulce que lo volvía loco. Bajé la mano a su pantalón, liberando su miembro palpitante. Era grande, venoso, la cabeza brillando con pre-semen. Lo acaricié lento, sintiendo el pulso bajo mi palma, mientras él gemía contra mi piel.
Esto es lo que necesito, pensé. Su toque me hace sentir viva, poderosa. Que se joda el mundo y sus reglas.
La escalada era imparable. Javier me levantó en brazos, como si no pesara nada, y me llevó a la cama. El colchón crujió bajo nuestro peso. Me abrió las piernas, besando el interior de mis muslos, lamiendo hasta llegar a mi centro húmedo. Su lengua en mi clítoris fue éxtasis puro: círculos lentos, chupadas firmes, el sabor salado de mi flujo en su boca. Grité su nombre, mordiéndome el labio para no alertar a la familia abajo. Mis caderas se movían solas, follándole la cara con desesperación.
—Dame más, cabrón —jadeé, tirando de su pelo.
Él obedeció, metiendo dos dedos dentro de mí, curvándolos contra ese punto que me volvía loca. El sonido era obsceno: chapoteos de mi panocha empapada, mis gemidos ahogados, su respiración entrecortada. El orgasmo me golpeó como un tren, olas de placer convulsionándome, el mundo explotando en colores detrás de mis ojos cerrados. Él no paró, lamiendo hasta que temblé incontrolable.
Ahora era mi turno. Lo volteé, empujándolo boca arriba. Su verga se erguía orgullosa, invitándome. La tomé en mi boca, saboreando su sal, su grosor llenándome la garganta. Lo chupé profundo, lengua plana contra la vena, bolas en mi mano masajeadas suaves. Javier gruñía como animal, caderas subiendo para follarme la boca.
—Así, morra, trágatela toda. Eres la mejor pinche mamada.
El poder me embriagaba: yo controlando su placer, sus gemidos música para mis oídos. Pero quería más. Me subí encima, guiando su verga a mi entrada resbaladiza. Bajé lento, centímetro a centímetro, sintiéndolo estirarme, llenarme hasta el fondo. Ay, Dios, qué rico. Empecé a moverme, tetas rebotando, sus manos en mis caderas guiándome.
El ritmo creció: rápido, duro, piel contra piel chapoteando. Sudor nos unía, olor a sexo puro impregnando el cuarto. Él se sentó, mamando mis pezones mientras yo cabalgaba, clítoris rozando su pubis en cada bajada. Sus dedos en mi culo, presionando, prometiendo más.
—Voy a venirme, Ana. Dónde quieres —jadeó.
—Adentro, lléname —rogué, perdida en el fuego.
El clímax nos tomó juntos: él explotando dentro, chorros calientes bañando mis paredes, yo convulsionando alrededor, ordeñándolo. Gritos mudos, cuerpos temblando, el mundo reducido a ese unión perfecta.
Caímos exhaustos, enredados en sábanas revueltas. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. El aire olía a nosotros, a semen y sudor dulce. Javier besó mi piel, suave ahora.
—Esto no puede parar, ¿verdad? —murmuró.
Sonreí en la oscuridad, trazando su espalda con uñas. —Nunca, mi amor. Esta pasion prohibida es nuestra para siempre.
Abajo, los mariachis seguían tocando, ajenos a nuestro secreto. Me quedé ahí, en afterglow, sintiendo su calor, sabiendo que el capitulo 38 era solo el comienzo de más noches robadas. El deseo prohibido nos unía, más fuerte que cualquier lazo familiar.