Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad La Pasión del Señor La Pasión del Señor

La Pasión del Señor

8101 palabras

La Pasión del Señor

El sol del mediodía caía a plomo sobre la hacienda en las afueras de Guadalajara, tiñendo de oro los campos de agave que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Ana respiraba hondo, el aroma terroso de la tierra húmeda mezclándose con el dulzor de las flores de pitaya que trepaban por las paredes de adobe. Había llegado esa mañana, con su maleta raída y un nudo en el estómago, contratada como cocinera personal del señor Mateo, el dueño de todo aquello. Dicen que era un hombre de mundo, viudo, con ojos que perforaban el alma y una presencia que hacía temblar las rodillas a las mujeres del pueblo.

¡Ana! Ven pa'cá, mija —gritó desde la veranda un viejo jornalero, su voz ronca como el relincho de un caballo.

Ana se ajustó el rebozo sobre los hombros, sintiendo el roce áspero de la lana contra su piel morena. Caminó con paso firme, ignorando el calor que le subía por las piernas. Al entrar en la cocina principal, el vapor de los chiles tostándose la envolvió, picante y vivo, como un beso inesperado. Preparó el mole con manos expertas, moliendo el chocolate y las especias hasta que el aire se llenó de un perfume que hacía agua la boca.

Entonces lo vio por primera vez. El señor Mateo apareció en el umbral, alto, con camisa de lino blanco arremangada, revelando antebrazos fuertes y bronceados. Su mirada oscura la recorrió de arriba abajo, deteniéndose en la curva de sus caderas bajo el vestido floreado. Ana sintió un cosquilleo en el vientre, como si él ya la estuviera tocando con los ojos.

Qué rico huele esto, chula. ¿Eres tú la que lo hace? —preguntó con voz grave, un acento tapatío que arrastraba las erres como caricias.

—Sí, señor. Todo fresco, como manda la casa —respondió ella, bajando la vista, pero robándole una mirada a sus labios carnosos.

Él se acercó, oliendo a cuero fresco y tabaco puro. Tomó una cucharada del mole, saboreándola despacio, sus ojos fijos en los de ella. —Neta, está de muerte. Igual que tú.

Ana se sonrojó, el calor de la estufa nada comparado con el que le ardía entre las piernas. Esa noche, mientras servía la cena en el comedor iluminado por velas, la tensión creció. Sus dedos se rozaron al pasarle el plato, un chispazo eléctrico que la hizo jadear bajito. ¿Qué me pasa con este wey? Es mi patrón, no un galán de telenovela, pensó, pero su cuerpo la traicionaba, los pezones endureciéndose bajo la blusa.

La cena se extendió con tequila reposado, el líquido ámbar quemando la garganta y soltando las lenguas. Mateo contó historias de sus viajes, de playas en Cancún y fiestas en la capital, pero sus ojos nunca la soltaron. Ana reía, coqueteando con la mirada, sintiendo cómo su deseo se hinchaba como la luna llena sobre los cerros.

—Ven, baila conmigo —dijo él de pronto, poniéndose de pie y extendiendo la mano.

La música ranchera sonaba suave desde el viejo tocadiscos, el acordeón llorando notas que vibraban en el pecho de Ana. Él la tomó por la cintura, su palma grande y cálida presionando la curva de su espalda baja. Bailaron pegados, los cuerpos rozándose al ritmo, el olor de su sudor mezclado con su colonia invadiendo sus sentidos. Ella sentía su dureza contra el vientre, dura y prometedora, y un gemido se le escapó.

Esto es la pasión del señor, pura y ardiente, y yo quiero quemarme en ella, pensó Ana, mientras sus caderas se mecían al unísono.

La llevaron hasta su habitación, un torbellino de besos hambrientos. La puerta se cerró con un clic que sonó como el disparo de una pistola en la noche. Mateo la empujó contra la pared, sus labios devorando los de ella, lengua invadiendo su boca con sabor a tequila y hombre. Ana le clavó las uñas en la espalda, tirando de su camisa hasta rasgarla, exponiendo el pecho velludo y musculoso.

Te quiero, cabrón, desde que te vi —susurró ella, mordiendo su oreja.

Él rio bajito, una risa que retumbó en su pecho. —Y yo a ti, mamacita. Vas a sentir la pasión del señor toda la noche.

La desvistió despacio, saboreando cada centímetro de piel revelada. Sus manos expertas desabrocharon el vestido, dejando caer la tela al suelo como una cascada. Ana quedó en lencería sencilla, blanca como la leche, pero él la miró como si fuera la diosa de la fertilidad. Besó su cuello, bajando por el valle de sus senos, el aliento caliente haciendo que sus pezones se erizaran. Chupó uno, suave al principio, luego fuerte, tirando con los dientes hasta que ella arqueó la espalda, gimiendo alto.

¡Ay, sí! Así, mi amor —jadeó Ana, el placer punzando como chiles habaneros.

Sus dedos bajaron, deslizándose por su vientre plano hasta la humedad entre sus muslos. Ella estaba empapada, la panocha palpitando de necesidad. Él frotó el clítoris en círculos lentos, oliendo su aroma almizclado, ese olor a mujer excitada que lo volvía loco. Ana se abrió de piernas, invitándolo, sus jugos resbalando por sus piernas.

Estás chorreando, putita mía. ¿Quieres mi verga? —gruñó él, desabrochándose el pantalón.

La polla saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillante de precúm. Ana la tomó en la mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada, tan caliente como un comal. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su piel, metiéndosela hasta la garganta mientras él gemía y le enredaba los dedos en el pelo.

¡Qué chingona chupas, reina!

Pero la tensión pedía más. Mateo la levantó en brazos, fuerte como un toro, y la llevó a la cama king size cubierta de sábanas de algodón egipcio. La tumbó boca arriba, abriéndole las piernas con las rodillas. Se hundió en ella de un solo empujón, llenándola por completo, estirándola hasta el límite. Ana gritó de placer, las paredes de su chochita apretándolo como un puño.

Empezaron a moverse, un ritmo feroz y primal. El slap-slap de carne contra carne llenaba la habitación, mezclado con sus jadeos y el crujir de la cama. Él la embestía profundo, tocando ese punto dentro que la hacía ver estrellas, mientras ella clavaba las uñas en sus nalgas, urgiéndolo más rápido.

¡Chíngame más duro, pendejo! ¡Dame todo! —exigía ella, empoderada en su lujuria.

Él obedecía, sudando sobre ella, gotas saladas cayendo en su piel. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como una amazona, los senos rebotando con cada salto. Sus manos en sus caderas la guiaban, pero era ella quien mandaba el ritmo, moliendo la pelvis contra la suya, el clítoris frotándose en su pubis hasta que el orgasmo la alcanzó como un rayo.

¡Me vengo, cabrón! ¡Ayyyy! —chilló Ana, el cuerpo convulsionando, chorros de placer empapando sus unidos sexos.

Mateo la volteó a cuatro patas, penetrándola por detrás, una mano en su clítoris y la otra tirando de su pelo. El espejo al frente les devolvía la imagen obscena y hermosa: ella con la boca abierta en éxtasis, él con los músculos tensos. Se corrió con un rugido, llenándola de semen caliente, pulsación tras pulsación.

Colapsaron juntos, exhaustos y satisfechos, el aire cargado del olor a sexo y sudor. Él la abrazó por detrás, besando su nuca, mientras sus respiraciones se calmaban. Ana sintió su corazón latiendo contra su espalda, un tambor suave ahora.

Eres increíble, mi vida. La pasión del señor es tuya para siempre, murmuró él.

Ella sonrió en la oscuridad, el cuerpo lánguido y pleno. Esto no es solo un polvo, es algo más grande, como el amor que nace en las haciendas tapatías, reflexionó. Afuera, los grillos cantaban, y la luna testigo de su unión. Mañana seguiría cocinando, pero ahora sabía que cada mirada suya sería promesa de más noches así, de pasión desatada y mutua.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.