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Pasión Cap 40 La Llama Incontrolable

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Pasión Cap 40 La Llama Incontrolable

El calor de la noche en Puerto Vallarta me envolvía como un abrazo pegajoso, con el olor a sal del mar mezclándose con el humo de las parrilladas y el perfume dulce de las flores tropicales. Yo, Carla, de treinta y ocho años, había llegado a esa fiesta en la playa para desconectar del estrés de mi vida en Guadalajara. Vestida con un vestido ligero de algodón que se pegaba a mi piel sudada, caminaba entre la gente riendo, con copas de tequila en mano. La música de cumbia retumbaba, haciendo vibrar la arena bajo mis pies descalzos.

Entonces lo vi. Diego, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba travesuras. Llevaba una camisa blanca abierta hasta el pecho, mostrando un torso marcado por el sol. Nuestras miradas se cruzaron mientras bailaba con unas morras, pero él se detuvo, como si el mundo se hubiera pausado. Se acercó, oliendo a colonia fresca y sudor varonil, y me tendió una cerveza fría.

Órale, guapa, dijo con voz ronca, ¿bailas o qué?

Mi corazón dio un brinco. Hacía meses que no sentía esa chispa, ese calentón que me subía por el estómago.

¿Qué chingados, Carla? Es solo un wey guapo en una fiesta. Pero neta, esos ojos cafés me derriten.
Le sonreí, tomé su mano y nos metimos al ritmo. Sus caderas contra las mías, el roce de su piel áspera por la barba incipiente en mi cuello cuando se acercó a susurrarme al oído. El sabor salado de su sudor cuando accidentalmente lamí mi labio al rozar el suyo.

La tensión crecía con cada canción. Sus manos en mi cintura, bajando un poquito más, apretando lo justo para que sintiera su dureza contra mí. Yo no era ninguna santa; después del divorcio, había probado un par de aventuras, pero esto era diferente. Era como si el aire entre nosotros estuviera cargado de electricidad, listo para estallar.

Pasión Cap 40, pensé de repente, recordando esa novela erótica que leía a escondidas en mi Kindle, donde la protagonista se entregaba a un amante misterioso en una playa como esta. Neta, mi vida se sentía como esa historia en ese momento.

La fiesta avanzaba, pero nosotros ya estábamos en nuestro propio mundo. Me llevó a un rincón más oscuro de la playa, donde las olas lamían la orilla con un sonido hipnótico. Nos sentamos en la arena tibia, bebiendo tequila directo de la botella. Hablamos de todo: de cómo él era artista, pintando cuerpos desnudos en su taller en la zona romántica; de mis días vendiendo ropa en línea, soñando con largarme a viajar. Sus dedos jugaban con un mechón de mi cabello negro, y yo no podía dejar de mirar sus labios carnosos.

El primer beso fue inevitable. Se inclinó, su aliento cálido con toques de tequila y menta, y me capturó la boca. Su lengua exploró la mía con hambre, saboreando como si yo fuera el mejor postre. Gemí bajito, sintiendo mis pezones endurecerse contra la tela fina del vestido. Sus manos subieron por mis muslos, arrugando la falda, y yo arqueé la espalda, queriendo más.

Ven conmigo, murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. A mi cabaña, aquí cerquita.

No lo pensé dos veces. Caminamos tomados de la mano, el viento nocturno secando el sudor de nuestra piel, el sonido de la fiesta desvaneciéndose. Su cabaña era rústica, con redes de pesca en las paredes y velas parpadeando. Olía a madera y a algo almizclado, como deseo puro.

Acto dos: la escalada. Apenas cerramos la puerta, me empujó contra la pared de adobe fresco. Sus besos se volvieron feroces, chupando mi lengua, mis labios hinchados por la presión. Le arranqué la camisa, sintiendo los músculos duros bajo mis uñas, el vello oscuro en su pecho raspando mis palmas.

¡Qué rico wey! Su verga ya está dura como piedra contra mi panza. Quiero probarla, neta.

Me quitó el vestido de un jalón, quedando en tanga y nada más. Sus ojos se oscurecieron de lujuria al ver mis tetas llenas, pezones marrones erectos. Estás chida, Carla, como una diosa mexica, gruñó, arrodillándose para lamer un pezón. El placer fue un rayo: su lengua caliente, girando, succionando fuerte mientras su mano se colaba en mi tanga. Estaba empapada, mi concha palpitando, y él metió dos dedos, curvándolos justo en el punto que me hace ver estrellas.

Yo no me quedé atrás. Bajé su pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, con la cabeza brillando de precum. La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, el grosor que apenas cabía en mi puño. ¡Mamacita, qué buena mano! jadeó él. La chupé despacio al principio, saboreando el salado salobre, la textura aterciopelada sobre mi lengua. Lo metí hasta la garganta, oyendo sus gemidos roncos, sus caderas empujando. El olor a macho excitado me volvía loca, mezclado con el de mi propia humedad.

Nos movimos a la cama king size con sábanas revueltas. Él me tumbó boca arriba, abriéndome las piernas. Te voy a comer hasta que grites, prometió. Su boca en mi clítoris fue el paraíso: lamidas largas, succiones suaves, dedos follando mi entrada resbalosa. Sentía cada roce como fuego, mis jugos corriendo por sus labios, el sonido chapoteante de su lengua en mi carne hinchada.

¡No aguanto! Este pendejo sabe lo que hace, me va a hacer correrme ya.
El orgasmo me golpeó como ola gigante, convulsionando, gritando su nombre mientras él lamía sin piedad.

Pero no paró. Me volteó a cuatro patas, admirando mi culo redondo. Qué nalgas tan ricas, para darles vergazos, dijo juguetón, dándome una palmada suave que ardía delicioso. Se puso un condón –gracias al cielo, responsable el carnal– y me penetró de una. Llenándome hasta el fondo, su verga estirándome, golpeando mi cervix con cada embestida. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas pesadas chocando mi clítoris, sus manos apretando mis caderas. Yo empujaba hacia atrás, cabalgándolo como yegua salvaje.

Cambiamos posiciones: yo encima, montándolo con furia. Sus manos en mis tetas rebotando, pellizcando pezones. Sudor goteando de su frente a mi pecho, mezclándose con mi esencia. ¡Fóllame más duro, Diego! ¡Dame todo! exigí, sintiendo otro clímax construyéndose en mi vientre. Él se sentó, abrazándome, besándonos mientras yo giraba las caderas, su verga rozando cada pared sensible.

La intensidad psicológica era brutal.

Esto no es solo sexo, wey. Siento algo más, como si nos conociéramos de siempre. Pero no lo pienses ahora, solo siente.
Sus ojos en los míos, vulnerables, diciendo sin palabras cuánto me deseaba. El ritmo aceleró, mis paredes apretándolo, ordeñándolo. Él gruñó profundo, ¡Me vengo, Carla!, y yo exploté con él, olas de placer sacudiéndome, piernas temblando, visión borrosa.

Acto tres: el afterglow. Colapsamos enredados, pieles pegajosas, respiraciones agitadas calmándose. El olor a sexo impregnaba el aire, nuestro sudor y fluidos mezclados. Me acarició el cabello, besando mi frente. Eres increíble, reina, susurró. Yo sonreí, trazando círculos en su pecho.

Hablamos bajito hasta el amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa y el canto de las gaviotas. No fue solo una noche; fue conexión.

Pasión Cap 40 de mi propia historia, la que escribiré en mi mente para siempre.
Nos despedimos con promesas de vernos de nuevo, su beso final saboreando a eternidad. Caminé de regreso a mi hotel, piernas flojas, corazón lleno, sabiendo que había vivido la llama incontrolable.

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