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Mark Tacher Abismo de Pasión

6374 palabras

Mark Tacher Abismo de Pasión

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel brille bajo las luces neón de los antros. Tú caminabas por la avenida Presidente Masaryk, con ese vestido negro ceñido que te hacía sentir como una diosa mexicana, el aire oliendo a jazmín y a tacos al pastor de la taquería de la esquina. Habías venido a la fiesta de una producción de Televisa, porque Mark Tacher, el wey que te había hecho suspirar en Abismo de Pasión, estaba ahí promocionando su nuevo proyecto. Su imagen en la tele, con esos ojos verdes intensos y esa sonrisa pícara, te había revuelto las tripas más de una vez.

Entraste al salón privado del hotel, donde el champán fluía como agua y la música ranchera fusionada con reggaetón ponía a todos a mover el esqueleto. El olor a perfume caro y sudor fresco te envolvió. Ahí estaba él, Mark Tacher, platicando con unas chavas, su camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro en su pecho. Tu corazón latió como tamborazo zacatecano.

¿Y si me acerco? No seas pendeja, Ana, dile algo chido.
Respiraste hondo, el aroma de tu crema de vainilla mezclándose con el humo de los cigarros electrónicos.

Te aproximaste con una chela en la mano, fingiendo casualidad. "Órale, Mark, ¿neta eres tú el galán de Abismo de Pasión? Me tenías bien clavada con esa novela, wey." Él se giró, sus ojos te recorrieron de arriba abajo como si ya te estuviera desnudando. "¡Claro que soy yo! ¿Y tú eres...?" Su voz grave, con ese acento chilango suave, te erizó la piel. "Ana, de aquí de la CDMX. Fan número uno." Reíste, nerviosa, sintiendo el pulso acelerado en las sienes.

La plática fluyó como tequila reposado: de la novela, de sus escenas calientes que te habían hecho fantasear noches enteras, de cómo México lo había conquistado. Sus manos grandes rozaron tu brazo al gesticular, un toque eléctrico que te hizo apretar los muslos.

Este carnal huele a peligro delicioso, a madera y a deseo puro.
Bailaron un rato, su cuerpo pegado al tuyo, el calor de su piel traspasando la tela. Sentías su verga semi-dura contra tu cadera, y eso te mojó al instante, el aroma de tu excitación subiendo como niebla.

La fiesta avanzaba, pero la tensión entre ustedes era un abismo que los jalaba. "Vamos a otro lado, Ana. Quiero conocerte de verdad", murmuró él en tu oído, su aliento cálido oliendo a menta y ron. Asentiste, el corazón retumbando. Salieron del antro, el valet les trajo su camioneta negra. En el camino a su penthouse en Lomas, sus dedos jugaban con tu muslo, subiendo despacio, rozando el encaje de tus calzones. "Eres una chula, ¿sabes? Me encanta esa vibra tuya, tan mexicana y fogosa."

En el elevador, no aguantaron más. Sus labios se estrellaron contra los tuyos, un beso hambriento, lengua explorando tu boca con sabor a pasión desbordada. Gemiste bajito, tus uñas clavándose en su espalda musculosa bajo la camisa. El ding del elevador los separó, riendo como pendejos enamorados. Su depa era puro lujo: ventanales con vista a la ciudad iluminada, olor a sándalo en el aire, cama king size esperándolos.

El abismo de pasión se abrió ahí, en su habitación. Te quitó el vestido con manos expertas, besando cada centímetro de piel expuesta. "Qué rica estás, Ana. Tu piel sabe a miel y sal." Sus labios bajaron por tu cuello, lamiendo el sudor salado, mordisqueando tus pezones duros como piedras. Tú jadeabas, el sonido de tu respiración entrecortada mezclándose con la ciudad lejana.

Esto es mejor que cualquier fantasía con Mark Tacher en la tele. Su lengua en mis tetas me va a volver loca.

Lo empujaste a la cama, desabrochando su pantalón con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con el pulso de un corazón salvaje. "¡Qué chingona verga tienes, Mark!" Reíste, tomándola en la mano, sintiendo el calor aterciopelado, el olor almizclado de su excitación invadiendo tus fosas nasales. La lamiste desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras él gruñía como toro en celo. "Así, mamacita, chúpamela rico." Tus labios la envolvieron, succionando con ritmo, la saliva goteando, sus caderas embistiéndote la boca suavemente.

Pero querías más. Te quitaste los calzones, empapados, y te montaste en él. Su mirada ardiente te devoraba mientras te acomodabas, la punta de su verga rozando tu entrada húmeda. "Métetela ya, Ana. Quiero sentirte apretándome." Bajaste despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso quemándote por dentro. ¡Ay, wey, me llena cabrón! Gemiste alto, el sonido rebotando en las paredes. Empezaste a cabalgar, tetas botando, pieles chocando con palmadas húmedas. Él te agarraba las nalgas, amasándolas, un dedo rozando tu ano para más placer.

La intensidad creció como tormenta en el desierto. Cambiaron posiciones: él encima, embistiéndote profundo, el sudor goteando de su frente a tus labios. "¡Eres mi abismo, Ana! Me pierdo en ti." Sus palabras te encendieron más, tus piernas envolviéndolo, uñas arañando su espalda. Sentías cada vena de su verga frotando tus paredes, el clítoris hinchado rozando su pubis. El olor a sexo crudo, a fluidos mezclados, te mareaba. Tus gemidos se volvieron gritos: "¡Más duro, Mark! ¡Cógeme como en Abismo de Pasión, pero real!"

El clímax se acercaba, un volcán rugiendo. Tus músculos se contrajeron, el orgasmo explotando en olas de fuego líquido, chorros de placer mojando las sábanas. Él se tensó, gruñendo tu nombre, su verga hinchándose antes de llenarte con chorros calientes, pulsando dentro. Colapsaron juntos, respiraciones agitadas, corazones galopando al unísono. Su peso sobre ti era perfecto, protector.

Después, en la afterglow, yacían enredados, el aire fresco del AC secando el sudor. Él te besó la frente, suave. "Qué chido fue eso, Ana. Como caer en un abismo de pasión contigo." Reíste bajito, oliendo su cabello húmedo.

Esto no es solo un polvo; hay algo más, un fuego que no se apaga fácil.
La ciudad brillaba afuera, testigo muda. Se quedaron así, platicando de sueños, de México, hasta que el sueño los venció, cuerpos satisfechos en paz.

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