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Novela Abismo de Pasion Completa

7900 palabras

Novela Abismo de Pasion Completa

El sol de La Bonita caía como una caricia ardiente sobre mi piel morena, mientras yo, Angélica, me recostaba en la hamaca de mi terraza con vista al mar Caribe. El aire salado se mezclaba con el aroma dulce de las buganvillas que trepaban por las paredes de mi casita playera. Hacía meses que había llegado a este paraíso mexicano huyendo del ruido de la ciudad, buscando un respiro para mi alma inquieta. Pero esa tarde, el calor no era solo del trópico; era algo más profundo, un abismo de pasión que me bullía por dentro.

En la tele del fondo, sonaba la sintonía de mi novela favorita: Abismo de Pasión. Esa historia de amores imposibles, traiciones y deseos reprimidos me tenía enganchada. "Qué chingón sería vivir algo así", pensé, mientras el sudor perlaba mi escote bajo el vestido ligero de algodón. La protagonista, con su mirada de fuego, me recordaba a mí misma en mis días más salvajes. Apagué la tele con un suspiro. Necesitaba algo real, no solo una novela abismo de pasion completa en la pantalla.

Entonces lo vi. Del otro lado de la cerca de madera, mi vecino Ramón podaba las palmeras con su torso desnudo brillando bajo el sol. Ese güey era puro músculo forjado por el mar y el trabajo en su lancha de pesca. Sus brazos tatuados, con ese águila mexicana que parecía volar cuando se movía, me aceleraban el pulso. Nos habíamos cruzado un par de veces en la playa, intercambiando sonrisas y pláticas casuales sobre el clima y las olas. "Órale, carnala, ¿qué onda con ese bronceado?", me había dicho una vez, guiñándome el ojo. Yo solo reí, pero por dentro ardía.

¡Ey, Angélica! ¿Todo bien por allá? —gritó él, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.

Me incorporé, dejando que mi vestido se subiera un poco por los muslos. —Sí, Ramón, aquí sudando la gota gorda. ¿Y tú, pescador, no te cansas de tanto sol?

Él saltó la cerca con agilidad felina y se acercó, oliendo a sal, arena y hombre. Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis pechos que subían y bajaban con la respiración agitada. —Para verte a ti, nunca me canso, nena.

Su voz ronca era como un ronroneo que me erizaba la piel. Pinche Ramón, siempre tan directo. Me encanta cuando me mira así, como si ya me estuviera desnudando.

Nos quedamos ahí, charlando de tonterías, pero la tensión crecía como la marea. El sol se ponía, tiñendo el cielo de rosas y naranjas, y el sonido de las olas rompiendo en la playa era el único testigo. De pronto, una brisa juguetona levantó mi falda, revelando mis piernas suaves y depiladas. Él tragó saliva, y yo sentí un cosquilleo húmedo entre las piernas.

Ven, pasa a mi casa. Tengo chelas frías y un poco de ceviche fresco que preparé —le invité, sabiendo que era el detonante.

Adentro, la penumbra fresca del lugar contrastaba con el calor exterior. Le serví una cerveza helada, y al rozar su mano con la mía, una chispa eléctrica nos recorrió a ambos. Nos sentamos en el sofá de mimbre, tan cerca que podía oler su loción de coco mezclada con su sudor masculino. Hablamos de la novela que tanto me gustaba.

¿Has visto Abismo de Pasión? Esa novela abismo de pasion completa es una locura de celos y fuego —le dije, mordiéndome el labio.

Sí, mi jefa la ve a diario. Pero yo prefiero pasiones reales, como esta —murmuró, acercando su rostro al mío.

Sus labios capturaron los míos en un beso suave al principio, exploratorio. Saboreé la sal de su boca, la frescura de la cerveza en su lengua que danzaba con la mía. Mis manos subieron por su pecho duro, sintiendo los latidos acelerados de su corazón bajo la piel caliente. Él gimió bajito, un sonido gutural que me mojó más.

Acto dos: la escalada. Lo empujé contra el sofá y me subí a horcajadas sobre él, frotando mi centro contra la dureza que crecía en sus shorts. —Te deseo desde que te vi llegar a este pueblo, Angélica. Eres un abismo del que no quiero salir —confesó, mientras sus manos grandes amasaban mis nalgas, apretándome contra él.

¡Ay, Dios! Su verga está tan dura, presionando justo donde lo necesito. Quiero sentirla toda, despacio, hasta el fondo.

Le quité la camisa con urgencia, lamiendo sus pezones oscuros que se endurecieron bajo mi lengua. Él jadeaba, oliendo a mar y excitación, ese aroma almizclado que me volvía loca. Deslicé mi mano dentro de sus pantalones, envolviendo su miembro grueso y venoso. Era caliente, palpitante, como un volcán listo para erupción. Lo masturbé lento, sintiendo cómo se hinchaba en mi palma, mientras él metía la mano bajo mi vestido y encontraba mis bragas empapadas.

Estás chorreando, mi amor. ¿Tanto te prendo? —susurró, frotando mi clítoris hinchado con el pulgar.

Sí, pendejo, me traes al borde —gemí, arqueándome contra sus dedos que ahora se hundían en mi calor húmedo.

Nos desnudamos mutuamente con besos hambrientos. Su cuerpo era una obra de arte: abdomen marcado, verga erguida orgullosa, con una gota perlada en la punta que lamí con deleite. Sabía a sal y deseo puro. Él me tumbó en la alfombra tejida, besando cada centímetro de mi piel: el cuello perfumado de vainilla, los senos pesados con pezones duros como piedras, el ombligo, hasta llegar a mi monte de Venus depilado.

Su lengua experta se hundió en mi panocha, lamiendo mis labios hinchados, chupando mi botón con succiones que me hacían gritar. El sonido de mis jugos siendo devorados, mezclado con sus gruñidos de placer, llenaba la habitación. Mis caderas se movían solas, follándole la cara, mientras el orgasmo se acercaba como una ola gigante.

No pares, Ramón, ¡me vengo! —chillÉ, explotando en temblores, mi esencia inundando su boca.

Él se incorporó, posicionando su punta en mi entrada resbaladiza. —Dime que la quieres completa, como esa novela tuya.

Sí, dame tu abismo de pasión completa —supliqué.

Se hundió en mí de un solo empujón, llenándome hasta el útero. Era grueso, perfecto, estirándome deliciosamente. Empezó a bombear lento, profundo, cada embestida rozando mi punto G. Sentía cada vena, cada pulso, el roce húmedo de nuestras pieles chocando. El sudor nos unía, resbaloso y caliente. Aceleró, follándome con fuerza, mis uñas clavadas en su espalda musculosa.

¡Qué rico! Su verga me parte en dos, pero lo amo. Somos uno en este abismo.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Rebotaba sobre él, mis tetas saltando, mientras él las chupaba. El placer subía en espiral, mis paredes contrayéndose alrededor de su polla. Él gruñía: —¡Te aprietas como virgen, nena! Me voy a correr.

Adentro, lléname —ordené, y explotamos juntos. Su leche caliente me inundó, prolongando mi clímax en oleadas interminables.

Acto tres: el afterglow. Colapsamos enredados, respiraciones entrecortadas, pieles pegajosas de sudor y fluidos. El aroma de sexo impregnaba el aire, mezclado con el salitre del mar que entraba por la ventana abierta. Besos suaves, caricias perezosas. Ramón me acunó, susurrando: —Eres mi novela abismo de pasion completa, Angélica. No hay final para esto.

En sus brazos, sentí paz. No más soledad, solo este fuego eterno. La Bonita ya no es solo un pueblo; es nuestro paraíso privado.

Nos duchamos juntos bajo el agua tibia, enjabonándonos con risas y promesas. Salimos a la terraza, envueltos en toallas, viendo las estrellas nacer sobre el océano. Mi cuerpo zumbaba de satisfacción, el corazón lleno. Esa noche, el abismo de pasión se había completado en mí, y supe que vendrían muchas más entregas.

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