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Leyendas de Pasión en Netflix que Inflaman la Piel

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Leyendas de Pasión en Netflix que Inflaman la Piel

Era una noche de esas en la Ciudad de México, con el ruido de los coches allá abajo en la colonia Roma, pero adentro de mi depa todo era calma y promesas. Yo, Ana, recostada en el sillón de piel sintética que crujía un poquito con cada movimiento, tenía las piernas sobre las de Marco, mi carnal del alma desde hace dos años. Habíamos cenado tacos de suadero de la taquería de la esquina, con ese olor a cebolla asada y cilantro que todavía flotaba en el aire, mezclado con el perfume de vainilla de mis velas. Qué chido estar así, nomás nosotros dos, pensé mientras prendía el tele.

Netflix estaba abierto en la tele grande que compramos en oferta. "Oye, carnal, ¿vemos algo romántico pa' entrarle al mood?", le dije a Marco, guiñándole el ojo. Él, con esa sonrisa pícara que me derrite, asintió y buscó. "Mira, Leyendas de Pasión en Netflix, esa de Brad Pitt todo galán en las montañas. Dicen que es pura pasión salvaje". Reí bajito, sintiendo un cosquilleo en el estómago. La peli empezó, con esas escenas de paisajes nevados y hermanos peleando por amores imposibles. El viento aullaba en la pantalla, y yo me acurruqué más contra su pecho, oliendo su colonia fresca, como a limón y madera.

Al principio, todo era inocente. Sus dedos jugaban con mi pelo, enredándose en las ondas que me caían hasta la espalda. Yo llevaba un shortcito de algodón que se subía un poco, dejando ver mis muslos morenos, y una blusita suelta sin bra. Sentía su calor a través de la tela, y cada vez que Brad besaba a esa morra en la peli, mi pulso se aceleraba.

¿Por qué carajos esta película me pone tan caliente?
me pregunté en mi cabeza, mientras mi mano bajaba despacito por su panza, tocando los abdominales duros que tanto me gustaban.

Marco giró la cara hacia mí, sus ojos cafés brillando con la luz de la tele. "Estás muy calladita, nena. ¿En qué piensas?". Su voz ronca me erizó la piel. "En ti, pendejo", le contesté juguetona, mordiéndome el labio. Nuestras miradas se engancharon, y el mundo se achicó a ese sillón. La peli seguía, con escenas de guerra y amores prohibidos, pero ya no la veíamos de verdad. Su mano grande se posó en mi muslo, apretando suave, subiendo centímetro a centímetro. El roce de sus yemas ásperas por mi piel suave era eléctrico, como chispas que me bajaban directo al centro.

Me incorporé un poco, besándolo con hambre contenida. Sus labios sabían a tequila de la chela que tomamos antes, salados y calientes. Nuestras lenguas se enredaron lento al principio, explorando, saboreando. Pinche Marco, siempre sabe cómo hacerme suya, pensé mientras gemía bajito en su boca. Él me jaló más cerca, y sentí su verga endureciéndose contra mi cadera, gruesa y lista bajo el pantalón de mezclilla. El sonido de la peli se volvió fondo, balazos y música épica que contrastaba con nuestros jadeos suaves.

La tensión crecía como una tormenta. Lo empujé suave para pararme, y él me siguió con la mirada hambrienta. "Ven, vamos a la cama, aquí nomás nos vamos a madrear el sillón", le dije riendo, tirando de su mano. Caminamos por el pasillo oscuro, mis pies descalzos pisando el piso fresco de loseta, su cuerpo pegado al mío por detrás. En la recámara, la luz de la luna se colaba por la ventana, pintando sombras en las sábanas blancas. Olía a lavanda de mi crema, y al sudor leve que ya nos cubría.

Nos desvestimos despacio, sin prisa, saboreando cada revelación. Primero mi blusa, que cayó al suelo con un susurro. Mis chichis saltaron libres, pezones duros como piedritas por el aire fresco. Marco gruñó de aprobación, sus manos cubriéndolos, masajeando con pulgares que giraban despacio. "Estás de hija, Ana", murmuró, bajando la boca a uno, chupando suave, lamiendo con lengua caliente. El placer me recorrió como un rayo, haciendo que mis rodillas temblaran. Gemí fuerte, arqueando la espalda, el sonido rebotando en las paredes.

Le quité la playera, oliendo su piel salada, besando su cuello donde latía su pulso rápido. Sus manos bajaron mi short, dedos rozando mi calzón ya mojado. "Estás chorreando, mi amor", dijo con voz grave, metiendo un dedo por el borde, tocando mi clítoris hinchado. Jadeé, agarrándome de sus hombros anchos.

¡No pares, cabrón!
grité en mi mente, mientras él me recostaba en la cama. Las sábanas frescas contra mi espalda ardiente eran un contraste delicioso.

La cosa escaló. Me abrió las piernas con gentileza, besando el interior de mis muslos, mordisqueando suave hasta llegar a mi centro. Su aliento caliente me volvía loca antes de tocarme. Luego, su lengua: plana y húmeda, lamiendo despacio desde abajo hasta arriba, saboreando mi miel dulce y salada. "Sabes a gloria, nena", ronroneó, metiendo dos dedos gruesos, curvándolos justo donde me gusta. Movía la boca en mi clítoris, succionando, mientras sus dedos follaban adentro y afuera, el sonido chapoteante llenando la habitación. Mis caderas se movían solas, persiguiendo el ritmo, el olor a sexo puro invadiendo todo.

Yo no me quedaba atrás. Lo volteé, poniéndome encima, gateando sobre su cuerpo. Su verga saltó libre cuando le bajé el pantalón, venosa y palpitante, la cabeza brillando de pre-semen. La tomé en mi mano, sintiendo el calor y la dureza como terciopelo sobre acero. La lamí desde la base, saboreando su gusto almizclado, metiéndomela hasta la garganta mientras él gemía "¡Ay, wey, sí!". Chupé, succioné, girando la lengua en la punta, mientras mis manos masajeaban sus huevos pesados.

La intensidad subía como la marea. Leyendas de Pasión en Netflix había despertado algo primitivo en nosotros, como si fuéramos esos amantes salvajes de la peli. "Te quiero adentro, ya", le supliqué, montándome a horcajadas. Él me guió, frotando la cabeza en mi entrada húmeda antes de empujar. Entró de un tirón suave, llenándome hasta el fondo, estirándome perfecto. Gritamos juntos, el placer explotando. Me moví despacio al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes, su pubis chocando contra mi clítoris.

El ritmo se volvió frenético. Yo rebotaba, chichis saltando, sudor resbalando entre nosotros. Él me agarraba las nalgas, clavando dedos, guiándome más hondo. "¡Más fuerte, pendeja caliente!", me animaba, y yo obedecía, el slap-slap de piel contra piel como tambores. Sus manos subieron a mis pechos, pellizcando pezones, mandándome al borde. El olor a sudor, sexo y lavanda era embriagador; el sabor de su piel en mi boca cuando lo besaba; el sonido de nuestros gemidos mezclados con la tele lejana.

El clímax llegó como avalancha. Sentí la ola crecer en mi vientre, tensándose todo mi cuerpo. "¡Me vengo, Marco!", grité, convulsionando alrededor de él, ordeñándolo con contracciones. Él rugió, embistiendo tres veces más antes de explotar, chorros calientes llenándome, su cara contorsionada en éxtasis. Colapsamos juntos, jadeando, cuerpos pegajosos y temblorosos.

En el afterglow, nos quedamos enredados, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. La peli seguramente ya había acabado, pero Leyendas de Pasión en Netflix nos había regalado nuestra propia leyenda. "Te amo, mi vida", murmuró él, besando mi piel húmeda. Yo sonreí, acariciando su pelo revuelto.

Esto es lo que quiero pa' siempre, noches así de puras chingaderas hermosas
.

La luna nos vio dormir, envueltos en sábanas revueltas y promesas susurradas, con el eco de pasiones legendarias latiendo en nuestras venas.

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