Duelo de Pasiones Capítulos Completos
Ana sentía el pulso acelerado mientras entraba al salón de fiestas en la hacienda de tequila en Tequila Jalisco. El aire estaba cargado con el aroma dulce del agave fermentado y el humo ligero de las fogatas afuera. Luces de colores bailaban sobre las mesas llenas de botanas picantes y vasos de reposado cristalino. Órale, qué chido está esto, pensó, ajustándose el vestido rojo ceñido que marcaba sus curvas como un guante. Había venido por negocios, pero su carnal le había dicho que el pendejo de Diego también estaría ahí, el rival de siempre en el negocio familiar de exportaciones.
Diego la vio de inmediato desde el otro lado del salón. Alto, moreno, con esa sonrisa de cabrón que la sacaba de quicio. Sus ojos oscuros la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en el escote que dejaba ver justo lo suficiente. Pinche Diego, siempre queriendo joder, se dijo Ana, pero su cuerpo traicionaba con un cosquilleo en la piel. Él se acercó con un vaso en la mano, el olor a colonia masculina mezclándose con el tequila en su aliento.
—Mira nada más quién llegó, la reina del agave —dijo él con voz grave, esa que vibraba en el pecho de ella como un tambor.
—Y tú el rey de los pendejadas, ¿qué, vienes a robarme clientes otra vez? —replicó Ana, alzando la barbilla, pero cerca, tan cerca que sentía el calor de su cuerpo.
La música de mariachi retumbaba, invitando a bailar. Diego extendió la mano. Ni madres, pensó ella, pero sus pies se movieron solos. Sus cuerpos se pegaron en la pista, caderas rozando, sudor empezando a perlar sus nucas bajo las luces calientes. Cada giro era un roce eléctrico, sus muslos chocando, el vestido subiendo un poco, revelando piel suave. Ana inhaló su olor, mezcla de tierra, tequila y hombre, y un fuego se encendió en su vientre.
Esto es un duelo de pasiones, como esos capítulos completos de novelas que mi abuelita veía en la tele, pero en vivo y con calor de verdad—se dijo Ana mientras sus pechos rozaban el torso duro de él.
La discusión empezó en la pista. Voces alzadas sobre la música, acusaciones de traiciones en los contratos, pero sus ojos decían otra cosa. Hambre. Diego la jaló hacia un rincón oscuro del jardín, donde las buganvillas trepaban las paredes y el aroma de jazmín nocturno embriagaba. La pared fría contra su espalda, el cuerpo de él presionando, duro por todos lados.
—Admítelo, Ana, me deseas tanto como yo a ti —murmuró él contra su cuello, labios calientes rozando la piel sensible.
—Cállate, pendejo —susurró ella, pero sus manos ya estaban en su nuca, jalándolo para un beso feroz. Lenguas batallando como en su duelo de negocios, saliva dulce de tequila mezclándose, dientes mordiendo labios hinchados. El mundo se redujo a eso: el sabor salado de su piel, el gemido ronco que escapó de su garganta cuando las manos de Diego ahuecaron sus nalgas, apretando con fuerza posesiva.
Ana lo empujó hacia la suite que había reservado en la hacienda, el pasillo desierto amplificando sus pasos apresurados y respiraciones jadeantes. La puerta se cerró con un clic, y ya estaban arrancándose la ropa. El vestido rojo cayó al piso con un susurro sedoso, revelando lencería negra que él devoró con los ojos. Qué mamacita, pensó Diego, pero Ana solo sentía el rush de poder al ver su verga tiesa saltar libre de los pantalones, gruesa y venosa, palpitando con necesidad.
Se tumbaron en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra piel ardiente. Diego besó su camino desde los labios a los pechos, chupando pezones duros como piedras de obsidiana, haciendo que Ana arqueara la espalda con un ¡ay wey! ahogado. Sus uñas arañaron la espalda musculosa de él, dejando surcos rojos que olían a sudor fresco. Bajó la mano, envolviendo su verga caliente, masturbándolo lento, sintiendo el precum resbaloso lubricar su palma. Neta, qué chingona se siente, pensó ella, mientras él gemía contra su vientre.
La tensión crecía como una tormenta en el Pacífico. Diego separó sus muslos, inhalando el aroma almizclado de su excitación, panocha mojada brillando bajo la luz tenue. Lengua experta lamió su clítoris hinchado, círculos lentos que la hicieron retorcerse, jugos dulces inundando su boca. Ana tiró de su cabello, caderas empujando contra su cara, más, cabrón, no pares, jadeaba. El sonido húmedo de succión llenaba la habitación, mezclado con sus ¡órale! ¡sí! y los latidos atronadores en sus oídos.
Pero ella quería más, control. Lo volteó, montándolo como una amazona jalisciense. Su verga la penetró de un jalón, estirándola deliciosamente, llenándola hasta el fondo. ¡Puta madre, qué rico! gritó Ana, sintiendo cada vena pulsar dentro. Cabalgó con furia, pechos rebotando, sudor goteando entre ellos, chapoteo rítmico de carne contra carne. Diego agarró sus caderas, embistiendo arriba, gruñendo como toro en celo. El olor a sexo crudo impregnaba el aire, almizcle y sal.
La intensidad subió. Cambiaron posiciones, él atrás, doggy style contra el cabecero, nalgadas suaves que resonaban con plaf plaf, haciendo enrojecer su piel. Ana empujaba hacia atrás, panocha apretando su verga como vicio. Te voy a romper, Diego, pensó ella en éxtasis. Sus bolas chocaban contra su clítoris, enviando chispas de placer. Gemidos se volvieron gritos, la cama crujiendo bajo ellos.
El clímax se acercaba como avalancha. Diego la volteó de nuevo, misionero profundo, ojos clavados en los de ella. Ven conmigo, Ana, en este duelo de pasiones capítulos completos, jadeó él, y ella rio entre moans, sí, wey, completo hasta el final. Empujones feroces, su verga hinchándose, ella contrayéndose en espasmos. Explosión: Ana gritó primero, orgasmos múltiples rompiéndola en olas, jugos chorreando, uñas clavadas en su culo. Él se corrió segundos después, chorros calientes llenándola, gruñendo su nombre mientras temblaba.
Colapsaron, cuerpos entrelazados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El aire olía a ellos, a pasión consumada. Diego besó su frente, suave ahora. ¿Ves? No todo es pelea, murmuró.
Ana sonrió, trazando círculos en su pecho. Pero qué chido duelo, carnal. Capítulos completos de puro fuego. Afuera, el mariachi lejano cantaba de amores imposibles, pero ellos sabían que este era posible, ardiente, eterno. En el afterglow, con pulsos calmándose y alientos sincronizados, Ana sintió paz. El rival era ahora amante, y el negocio? Ya veríamos mañana. Por ahora, solo piel contra piel, el sabor residual de tequila en sus labios, y la promesa de más duelos así de placenteros.