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Oscar Reyes Desata la Pasion de Gavilanes

7346 palabras

Oscar Reyes Desata la Pasion de Gavilanes

La noche en la hacienda ardía con el calor del verano norteño. El aire olía a tierra húmeda después de la lluvia vespertina, mezclado con el humo de las barbacoas y el dulce aroma de las bugambilias que trepaban por las paredes de adobe. Yo, Valeria, acababa de llegar de la ciudad, huyendo del ajetreo citadino por un fin de semana en casa de mi tía. La música de banda retumbaba, con trompetas que vibraban en el pecho y acordeones que invitaban a mover las caderas. Ahí, entre la multitud de primos lejanos y amigos de la familia, lo vi por primera vez. Óscar Reyes, como si se hubiera escapado de Pasión de Gavilanes, con esa mirada intensa y el cuerpo forjado por el trabajo en el rancho. Alto, moreno, con una camisa blanca ajustada que marcaba sus hombros anchos y un sombrero que le daba ese aire de galán ranchero.

Me quedé clavada, sintiendo un cosquilleo en la piel que no era solo del viento fresco. Él platicaba con unos carnales, riendo con esa voz grave que cortaba el bullicio. Neta, parecía sacado de la novela que mi mamá veía a escondidas cuando papá no estaba. Me serví un tequilita en un vasito de cristal, el líquido ámbar quemándome la garganta al bajar, y me acerqué al grupo como quien no quiere la cosa.

Órale, güerita, ¿vienes a robarte el show? —me dijo él, girándose con una sonrisa pícara que me hizo sonrojar.

Nomás a bailar un rato, compadre. ¿Tú quién eres, el rey de la fiesta? —le contesté, coqueta, sintiendo el pulso acelerarse.

Se presentó como Óscar Reyes, y platicamos de todo: de los caballos en el corral, del sabor del cabrito asado que chorreaba jugos en la mesa, del olor a mezcal que flotaba en el aire. Sus ojos café me recorrían despacio, como si ya me estuviera desnudando con la mirada. Cada roce accidental —su mano en mi espalda al pasarme por la pista de baile— enviaba chispas por mi espina dorsal. El sudor perlaba su cuello, y yo no podía dejar de imaginar cómo sabría su piel salada.

¿Qué chingados me pasa? Este vato me tiene toda mojadita con solo una plática. Neta, parece Óscar Reyes de Pasión de Gavilanes, pero en carne y hueso, listo para devorarme.

La tensión crecía con cada canción. Bailamos pegaditos, su cadera contra la mía, el calor de su cuerpo traspasando la tela ligera de mi vestido floreado. Olía a jabón fresco y a hombre de campo, un aroma que me embriagaba más que el tequila. Sus manos grandes se posaron en mi cintura, bajando un poquito más con cada giro, y yo no las aparté. Al contrario, me arqueé contra él, sintiendo la dureza creciente en sus jeans contra mi vientre.

Valeria, me estás volviendo loco, neta —murmuró en mi oído, su aliento caliente rozándome la oreja, enviando escalofríos hasta mis muslos.

Entonces haz algo al respecto, Óscar —le susurré, mordiéndome el labio.

Acto seguido, me tomó de la mano y me sacó de la fiesta, caminando por el sendero iluminado por faroles hacia las caballerizas. El crujido de la grava bajo nuestros pies, el relincho lejano de un caballo, el zumbido de los grillos... todo se volvía secundario ante el latido furioso de mi corazón. Entramos a un cuarto aparte, una especie de almacén con heno fresco apilado y una manta vieja en el suelo. Cerró la puerta con un pie, y en segundos sus labios estaban sobre los míos.

¡Qué beso! Fiero, hambriento, con lengua que exploraba mi boca como si fuera el último rincón del mundo. Sabía a tequila y a deseo puro, sus manos enredándose en mi cabello mientras me empujaba contra la pared de madera áspera. Gemí bajito, sintiendo mis pezones endurecerse contra el encaje de mi brasier. Le arranqué la camisa, mis uñas rasguñando su pecho velludo, oliendo el sudor fresco que brotaba de su piel morena. Era fuerte, musculoso, como el Óscar Reyes de Pasión de Gavilanes, pero real, palpitante bajo mis palmas.

Te quiero toda, nena. Dime que sí —gruñó, sus dedos desabrochando mi vestido con urgencia.

Sí, cabrón, fóllame ya —le respondí, jadeante, empoderada en mi deseo.

Nos dejamos caer sobre la manta, el heno crujiendo bajo nosotros. Sus besos bajaron por mi cuello, lamiendo el hueco de mi clavícula, mordisqueando hasta llegar a mis tetas. Chupó un pezón con avidez, el placer como un rayo directo a mi clítoris, que ya palpitaba empapado. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su aroma masculino. Le bajé el zipper, liberando su verga dura, gruesa, venosa, que saltó ansiosa. La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre el acero. La masturbe despacio, viéndolo gemir, sus caderas embistiéndome la palma.

La tensión era insoportable. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, sus manos abriendo mis nalgas. Su lengua se hundió en mi coño desde atrás, lamiendo mis labios hinchados, chupando mi jugo como si fuera el néctar más exquisito. ¡Ay, Dios! Cada lamida era fuego, mi clítoris hinchándose más, mis muslos temblando. Gruñí como animal, empujando contra su boca, el sabor de mi placer en sus labios cuando me volteó de nuevo.

Entra en mí, Óscar. Lléname —supliqué, abriendo las piernas.

Se colocó entre ellas, la punta de su verga rozando mi entrada húmeda. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Gemí alto, sintiendo cada vena, el grosor llenándome hasta el fondo. Sus pelotas chocaban contra mi culo con cada estocada lenta al principio, building el ritmo. El sonido de piel contra piel, chapoteante por mis jugos, llenaba el cuarto. Sudábamos juntos, cuerpos resbalosos, sus músculos flexionándose sobre mí mientras me follaba más duro.

Es perfecto, neta. Como si Oscar Reyes de Pasión de Gavilanes hubiera cobrado vida para darme el mejor polvo de mi vida. Su verga me parte en dos, pero qué chido duele.

Aceleró, sus embestidas brutales pero consentidas, mis uñas clavadas en su espalda. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje, mis tetas rebotando, su boca chupándolas. El olor a sexo impregnaba todo, el heno pegándose a nuestra piel húmeda. Sentí el orgasmo venir, una ola creciendo desde mi vientre, mis paredes contrayéndose alrededor de él.

¡Me vengo, Óscar! —grité, explotando en espasmos, mi coño ordeñándolo.

Él rugió, embistiendo una última vez, su leche caliente inundándome, pulso tras pulso. Colapsamos juntos, jadeantes, su peso sobre mí reconfortante. Besos suaves ahora, lenguas perezosas, el afterglow envolviéndonos como niebla tibia.

Nos quedamos así un rato, cuerpos entrelazados, el corazón latiendo al unísono. Afuera, la banda seguía sonando, pero para nosotros el mundo se había detenido. Óscar me acarició el cabello, murmurando qué mujerazo, y yo sonreí, sintiéndome reina.

Al amanecer, nos vestimos entre risas y besos robados. Caminamos de vuelta a la hacienda, mano en mano, el sol tiñendo el cielo de rosa. No sé si sería algo más, pero esa noche, Óscar Reyes había desatado en mí la pasión de Gavilanes, un fuego que ardería por siempre. Neta, valió cada segundo.

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