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Marco Antonio y Pasion Vega en Fuego Nocturno

7287 palabras

Marco Antonio y Pasion Vega en Fuego Nocturno

La noche en el corazón de la Ciudad de México vibraba con el eco de las rancheras que aún resonaban en el Palacio de Bellas Artes. Marco Antonio, con su voz de terciopelo que había enamorado a generaciones, acababa de cerrar un concierto inolvidable. Sudoroso, con la camisa entreabierta dejando ver el brillo de su pecho moreno, se recargó en la barra de un bar exclusivo en Polanco. El aire olía a tequila añejo y jazmines frescos, y el bullicio de la gente elegante lo envolvía como un manto cálido.

¿Qué pedo con esta noche?, pensó Marco, mientras pedía un caballito de José Cuervo. Sus ojos, negros como la obsidiana, escanearon la sala. Ahí estaba ella, Pasion Vega, la española de curvas flamencas y voz que quema el alma. Vestida con un traje negro ajustado que acentuaba sus caderas anchas y sus senos plenos, charlaba con unos productores. Su risa era como un taconeo en el escenario, fuerte y seductora. Marco sintió un cosquilleo en la verga, esa chispa inicial que no se explica.

Se acercó, con esa seguridad de ranchero citadino. —Qué onda, reina. ¿Vienes a robarme el show o qué? dijo con su acento norteño, guiñando un ojo. Pasion lo miró de arriba abajo, sus labios rojos curvándose en una sonrisa pícara.

—Ay, Marco Antonio, con esa voz tuya ya me tienes derretida. ¿Y tú, cabrón, qué haces aquí conquistando México? respondió ella, con ese deje andaluz que hacía que cada palabra sonara a caricia.

Charlaron de música, de rancheras y flamenco, de cómo Marco Antonio y Pasion Vega podrían hacer un dueto que incendiara los escenarios. El tequila fluía, las miradas se enredaban, y el deseo crecía como la humedad entre sus muslos. Marco olía su perfume, una mezcla de vainilla y almizcle que lo mareaba. Ella notaba el calor de su cuerpo, el roce accidental de su mano en su brazo desnudo.

La tensión era palpable.

Neta, esta mujer me va a volver loco. Quiero probar esa boca que canta como diosa,
se dijo Marco, mientras su pulso se aceleraba.

Salieron del bar tomados de la mano, el viento nocturno fresco contra su piel ardiente. Subieron a la limusina de él, rumbo al hotel en Reforma. En el asiento de cuero, sus rodillas se tocaron, y el silencio se llenó de electricidad.

En la suite presidencial, las luces tenues pintaban sombras en las paredes de mármol. Pasion se quitó los tacones, dejando ver sus pies perfectos, y se acercó a Marco con pasos felinos. Él la tomó por la cintura, sintiendo la suavidad de su piel bajo la tela fina.

—Ven pa'cá, mi pasión, murmuró él, besándola por fin. Sus labios eran fuego líquido, su lengua danzando con la de ella en un tango húmedo y salvaje. Saboreó el tequila en su boca, mezclado con el dulzor de su saliva. Ella gimió bajito, un sonido que vibró en su pecho.

Las manos de Marco exploraron su espalda, bajando hasta apretar sus nalgas firmes. ¡Qué ricas tetas y culazo tiene esta pinche diosa! pensó, mientras ella le desabotonaba la camisa, lamiendo su cuello salado. El olor a sudor masculino la enloquecía, ese aroma terroso y viril que gritaba México.

Se tumbaron en la cama king size, las sábanas de hilo egipcio crujiendo bajo sus cuerpos. Pasion se montó sobre él, frotando su entrepierna contra la erección dura que tensaba los pantalones de Marco. —Te sientes cabrón, ¿eh? Quiero sentirte todo, jadeó ella, mordisqueando su oreja.

Él le arrancó el vestido con urgencia consentida, revelando lencería roja que enmarcaba sus pechos turgentes. Los chupó con hambre, succionando los pezones oscuros que se endurecían en su boca. Ella arqueó la espalda, gimiendo —¡Sí, así, mi rey! Sus uñas rasguñaban su espalda, dejando surcos rojos de placer.

El aire se cargó de suspiros y el sonido húmedo de besos. Marco bajó la mano entre sus piernas, encontrando la concha empapada, resbaladiza como miel caliente.

Está chorreando por mí, neta que esto es un sueño,
reflexionó, mientras introducía dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía temblar.

Pasion se retorció, sus caderas moviéndose al ritmo de sus embestidas digitales. —Más, pendejo, no pares, suplicó con voz ronca. Él obedeció, chupando su clítoris hinchado, saboreando su jugo salado y dulce, ese néctar que olía a sexo puro.

La tensión subía como una ola. Ella lo volteó, quitándole los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con venas marcadas. —Mira qué vergota, Marco, dijo admirada, lamiéndola desde la base hasta la punta, tragándosela hasta la garganta. El sonido de succión era obsceno, glug glug resonando en la habitación.

Marco gruñó, agarrando su cabello negro como azabache. Se siente de la verga, esta mamada es épica, pensó, mientras sus bolas se contraían de placer. Pero no quería acabar aún; quería follarla hasta el alma.

La puso a cuatro patas, admirando su culo redondo y la concha abierta invitándolo. Se colocó atrás, frotando la cabeza de su pija contra sus labios vaginales, untándola de sus jugos. —Dime que la quieres, pasión mía, pidió él.

—¡Métemela toda, cabrón! ¡Fóllame como en tus rancheras! gritó ella, empujando hacia atrás.

Entró de un solo golpe, llenándola por completo. El calor de su interior lo envolvió como un guante de terciopelo ardiente. Empezó a bombear, lento al principio, sintiendo cada pliegue, cada contracción. El slap slap de piel contra piel llenaba el cuarto, mezclado con sus gemidos.

¡Qué chingón se siente! Su coño me aprieta como si no quisiera soltarme, se dijo Marco, acelerando el ritmo. Sudor goteaba de su frente al hueco de su espalda, oliendo a sexo y pasión. Ella se tocaba el clítoris, masturbándose mientras él la taladraba.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como una amazona. Sus tetas rebotaban hipnóticas, y él las amasaba, pellizcando pezones. Pasion giraba las caderas, moliendo su pubis contra el de él, buscando el orgasmo. —Me vengo, Marco, ¡no pares! chilló, convulsionando, su concha ordeñando su verga en espasmos.

Eso lo llevó al límite. Ya valió, me corro, pensó, embistiéndola desde abajo con furia. Gritó su nombre mientras eyaculaba chorros calientes dentro de ella, llenándola de semen espeso y pegajoso.

Colapsaron exhaustos, cuerpos entrelazados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El cuarto olía a orgasmo compartido, a sábanas revueltas y promesas rotas solo por el amanecer. Marco la besó en la frente, sintiendo su corazón latiendo contra el suyo.

Esta noche con Pasion Vega fue más que un polvo; fue como cantar juntos en el escenario de la vida,
reflexionó él, mientras ella se acurrucaba en su pecho.

¿Otro round, mi Marco Antonio? murmuró pícara.

Él rio bajito. —Siempre, mi pasión. Esto apenas empieza.

La luna testigo, sus cuerpos se unieron de nuevo en un ritmo lento, saboreando el afterglow, con el eco de Marco Antonio y Pasion Vega resonando en sus almas entrelazadas.

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