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Las Bajas Pasiones Segun la Biblia en Carne Propia

6826 palabras

Las Bajas Pasiones Segun la Biblia en Carne Propia

Me llamo Ana, tengo treinta años y vivo en el corazón de Guadalajara, donde las campanas de la catedral repican como un recordatorio constante de que Dios nos vigila. Pero últimamente, en las noches calurosas, cuando el aire huele a jazmín y tacos de la esquina, mi mente divaga hacia pensamientos que el padre Luis calificaría de pecado. Todo empezó en el grupo de estudio bíblico de la parroquia, un rincón chido en la casa de doña Rosa, con velitas parpadeando y Biblias abiertas sobre la mesa de madera.

Allí conocí a Javier, un wey alto, moreno, con ojos que brillaban como el tequila bajo la luna. Llegaba siempre con su camisa ajustada que marcaba sus pectorales y un olor a colonia fresca mezclado con sudor varonil que me ponía la piel de gallina. ¿Qué hace este carnal aquí, rodeado de señoras devotas? me preguntaba yo, mientras fingía leer Gálatas. Pero él se sentaba cerca, rozando mi rodilla con la suya "por accidente", y cada roce era como una chispa en mi entrepierna.

Una noche, el tema fue las tentaciones. Doña Rosa, con su voz cascada, leyó de la Epístola a los Gálatas:

"Las obras de la carne son manifiestas: fornicación, impureza, lascivia..."
Javier levantó la mano, con esa sonrisa pícara que me derretía. "¿Y qué son las bajas pasiones según la Biblia, hermanas? ¿No serán esas que nos hacen sentir vivos?" Todas se santiguaron, pero yo sentí un calor subiendo por mi vientre. Sus palabras se clavaron en mí como un beso prohibido.

Después del estudio, me quedé recogiendo las tazas de café de olla. Javier se acercó por detrás, su aliento cálido en mi nuca. Neta, Ana, ¿vas a dejar que este pendejo te tiente? pensé, pero mi cuerpo ya decía sí. "Ven, carnala, te ayudo", murmuró, y su mano grande rozó la mía al tomar una taza. El vapor del café olía dulce, pero su aroma a hombre era más embriagador. Caminamos hacia la cocina, el pasillo oscuro solo iluminado por una bombillita amarilla que zumbaba como mi pulso acelerado.

"¿Sabes qué son las bajas pasiones según la Biblia en realidad?", susurró, acorralándome contra el fregadero. Su pecho presionaba el mío, y sentí sus músculos duros bajo la tela. "Son las que Dios puso para que las gocemos, Ana. Carne con carne, como en el Edén antes de la manzana". Mi respiración se entrecortó, el sonido de mi corazón retumbando en los oídos. Olía a su piel salada, a deseo crudo. ¡Órale, esto está cabrón! Mi mano subió a su nuca, enredándose en su cabello negro y ondulado.

Sus labios capturaron los míos en un beso que sabía a tequila y mentas. Su lengua exploró mi boca con hambre, y yo respondí chupando la suya, gimiendo bajito. Esto es pecado, pero qué rico pecado, pensé mientras sus manos bajaban por mi espalda, apretando mis nalgas con fuerza juguetona. "Eres una chingona, Ana", gruñó contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. El roce de sus dientes envió ondas de placer directo a mi clítoris, que ya palpitaba húmedo dentro de mis panties.

Me levantó como si no pesara nada, sentándome en la mesa de la cocina. El madera fría contra mis muslos calientes contrastaba con el fuego de sus besos bajando por mi escote. Desabotonó mi blusa devorando con los ojos mis tetas llenas, coronadas por pezones duros como piedras. "Míralas, tan perfectas", dijo, lamiendo uno con la lengua plana, succionando hasta que arqueé la espalda gimiendo. El sonido de mi propia voz, ronca y suplicante, me avergonzaba y excitaba a la vez. Su mano se coló bajo mi falda, dedos hábiles encontrando mi humedad. "Estás chorreando, mi reina. ¿Qué son las bajas pasiones según la Biblia? Esto, carnala, puro fuego."

Lo empujé hacia atrás, queriendo tomar control. Yo también mando aquí, wey. Le bajé el zipper, liberando su verga gruesa y venosa, que saltó dura como fierro, oliendo a masculinidad pura. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso latiendo contra mi palma, el calor irradiando. "¡Qué pinga tan chida!", exclamé, y él rio bajito, un sonido gutural que vibró en mi pecho. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras él gemía "¡Ay, cabrona, me vas a matar!". Chupé con ganas, garganta profunda, mis labios estirados alrededor de su grosor, saliva goteando.

Pero quería más. Lo jalé de la camisa hacia el sillón del comedor, donde caímos enredados. Sus manos arrancaron mis panties con un tirón seco, el aire fresco besando mi panocha expuesta y empapada. "Métemela ya, Javier, no aguanto", supliqué, mis uñas clavándose en su espalda. Él se posicionó, la cabeza de su verga rozando mis labios vaginales, untándose en mis jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sí, así, lléname. El sonido húmedo de la penetración, chapoteante, llenaba la habitación junto con nuestros jadeos.

Empezó a bombear, primero lento, profundo, cada embestida rozando mi punto G y haciendo que viera estrellas. Olía a sexo, a sudor mezclado con el perfume de doña Rosa que aún flotaba. Sus bolas chocaban contra mi culo con palmadas rítmicas, y yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, clavándole los talones. "¡Más duro, pendejo, chíngame como hombre!", grité, y él obedeció, acelerando, su pelvis golpeando la mía con fuerza animal. Mis tetas rebotaban, pezones rozando su pecho velludo, chispas de placer everywhere.

En mi mente, las palabras de la Biblia giraban: ¿Qué son las bajas pasiones según la Biblia? Este éxtasis, este unirnos en carne viva, sintiendo cada vena de su verga palpitar dentro de mí. La tensión crecía, mis músculos internos apretándolo como un puño, ordeñándolo. Él gruñía en mi oído, mordiendo el lóbulo: "Me vengo, Ana, ¡joder!". Yo exploté primero, un orgasmo que me sacudió como terremoto, jugos chorreados empapando sus bolas, mi grito ahogado en su hombro. Él se hundió una última vez, llenándome con chorros calientes que sentí pintando mis paredes internas, su cuerpo temblando sobre el mío.

Nos quedamos así, pegados, sudorosos, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Su verga se ablandaba dentro de mí, un charco cálido goteando entre mis muslos. Besó mi frente, suave ahora, tierno. "No fue pecado, mi amor. Fue celebración". Yo sonreí, acariciando su mejilla áspera. Las bajas pasiones según la Biblia son vida, wey. Vida chingona.

Salimos de la casa de doña Rosa de la mano, la noche tapatía envolviéndonos con su brisa fresca. Las luces de la catedral parpadeaban a lo lejos, pero ya no me juzgaban. Caminamos hacia mi depa, planeando la próxima "sesión de estudio". El deseo latía aún, una promesa de más fuegos bíblicos. Y en mi corazón, paz. Pura, pecaminosa paz.

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