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El Director de La Pasion de Cristo en Mi Piel

7922 palabras

El Director de La Pasion de Cristo en Mi Piel

Estaba en el set de filmación en un estudio chido de la Roma, en la Ciudad de México, rodeada de luces calientes que me hacían sudar bajo el maquillaje perfecto. Yo era Sofía, la protagonista de La Pasion de Cristo, una versión erótica y moderna dirigida por Alejandro, el wey que todos llamaban el director de La Pasion de Cristo. No era la típica película religiosa, neta; era una reinterpretación carnal, donde la pasión de Cristo se convertía en un torbellino de deseo prohibido entre un mesías seductor y su discípula devota. Yo hacía de María Magdalena, con un vestido vaporoso que apenas cubría mis curvas, y él dirigía cada escena con una intensidad que me ponía la piel chinita.

Alejandro era alto, moreno, con ojos verdes que perforaban como cuchillos calientes. Llevaba una camisa negra desabotonada, dejando ver el vello oscuro en su pecho, y unos jeans ajustados que marcaban todo lo que un carnal necesita saber. Desde el primer día de ensayos, sentía su mirada sobre mí, no como un director cualquiera, sino como un hombre que olía a colonia cara mezclada con sudor fresco. Órale, Sofía, no te hagas, me decía yo misma mientras repetía mis líneas,

Mi señor, tu pasión me consume, dame tu cuerpo como ofrenda
, y él asentía, mordiéndose el labio inferior.

El aire del set estaba cargado de olor a madera barnizada, café recién molido de la máquina y un leve aroma a incienso que habían puesto para ambientar. Las cámaras zumbaban suavemente, y el equipo murmuraba chismes en voz baja. Pero entre toma y toma, Alejandro se acercaba, ajustaba mi postura con manos firmes que rozaban mi cintura, mi cuello. Siente la pasión, Sofía, hazla tuya, me susurraba al oído, su aliento cálido oliendo a menta y tabaco. Mi corazón latía como tambor en Semana Santa, y entre mis piernas empezaba un cosquilleo traicionero. Es solo el personaje, me mentía, pero neta, quería que sus dedos bajaran más.

La primera semana fue pura tensión. Ensayábamos la escena del jardín de Getsemaní, donde mi Magdalena lo unge con aceites perfumados. Él se recostaba en una cama de sábanas blancas, yo vertía el aceite tibio sobre su torso desnudo, mis manos temblando al deslizarse por su piel suave y musculosa. El aceite olía a jazmín y almizcle, y al untarlo, sentía el calor de su cuerpo subir como vapor. Así, carnal, más lento, deja que el deseo crezca, ordenaba él con voz ronca, y yo obedecía, mis uñas rozando sus pezones duros. El equipo aplaudía al corte, pero yo me quedaba jadeando, con las bragas húmedas pegadas a la piel.

Una noche, después de una toma perfecta, todos se fueron al pinche after en Polanco. Yo me quedé recogiendo props, sola con el eco de mis tacones en el piso de concreto pulido. De repente, su sombra. ¿Qué pasa, Sofía? ¿No vienes? Alejandro, con una cerveza en la mano, sonrisa pícara. No, wey, estoy re cansada, mentí, pero él se acercó, su cuerpo invadiendo mi espacio. Olía a cerveza fría y a hombre excitado. Tu actuación hoy... fue fuego puro. Como si de verdad sintieras la pasión. Sus ojos bajaron a mis labios, y yo tragué saliva, sintiendo mi pecho subir y bajar rápido.

Ahí empezó lo bueno. Su mano tocó mi brazo, un roce eléctrico que me erizó hasta el alma. Alejandro, eres el director de La Pasion de Cristo, no puedes..., balbuceé, pero él rio bajito. Justo por eso, Sofía. Esta película es sobre desatar pasiones reales. ¿Y si la vivimos? Su boca se acercó, y yo no pude más. Lo besé con hambre, mis labios chocando contra los suyos suaves y firmes, lengua explorando su sabor salado. Sus manos bajaron a mi culo, apretando con fuerza juguetona. Pendejo, me tienes loca desde el día uno, gemí contra su boca, y él me levantó como si nada, sentándome en la mesa de maquillaje.

Nos besábamos como poseídos, el sonido de lenguas chupando y jadeos llenando el set vacío. Le arranqué la camisa, mis uñas clavándose en su espalda ancha, oliendo su sudor fresco mezclado con el jazmín del aceite de ensayo. Él bajó mi vestido, exponiendo mis tetas al aire fresco, pezones duros como piedras. Qué chingonas, mamacita, murmuró, chupando uno con lengua experta, tirando suave con dientes. Yo arqueé la espalda, un gemido gutural saliendo de mi garganta, mis manos enredadas en su pelo negro revuelto.

La tensión subía como fiebre. Lo empujé al suelo, sobre las esteras de espuma que usábamos para escenas de lucha. Me quité las bragas de encaje negro, mojadas hasta la mierda, y me subí a horcajadas sobre él. Su verga ya dura presionaba contra sus jeans, un bulto enorme que me hacía salivar. Quítatelos, carnal, quiero sentirte, le ordené, y él obedeció rápido, liberando su polla gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. Olía a macho puro, a deseo crudo. La agarré, piel caliente y sedosa pulsando en mi palma, y me la restregué contra mi concha empapada, lubricándola con mis jugos.

Entra en mí, director de La Pasion de Cristo, fóllame como en tus escenas, le rogué, y él embistió de un jalón, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, wey! El estirón delicioso, su grosor rozando cada pared sensible, me hizo gritar. Empecé a cabalgarlo lento al principio, sintiendo cada centímetro deslizarse dentro y fuera, mis caderas girando como en un baile de salsa prohibida. El sonido de carne chocando, chapoteo húmedo, jadeos roncos, todo se mezclaba con el zumbido lejano de la ciudad nocturna filtrándose por las ventanas.

Él me agarraba las nalgas, guiando mis movimientos, sus dedos hundiéndose en mi carne suave. Más rápido, Sofía, dame todo, gruñía, y yo aceleraba, tetas rebotando, sudor chorreando entre nosotros, goteando salado en su pecho. Mi clítoris rozaba su pubis con cada bajada, chispas de placer subiendo por mi espina.

Estás tan apretada, tan caliente... eres mi Magdalena perfecta
, jadeaba él, y esas palabras me volvían loca, imaginando las cámaras grabando nuestro polvo real.

La intensidad crecía, mis muslos temblando, su verga hinchándose más dentro de mí. Cambiamos de posición; él me puso a cuatro patas sobre la cama del set, ese altar de sábanas blancas. Entró de nuevo, profundo, sus bolas golpeando mi culo con palmadas sonoras. Agarró mi pelo, jalando suave para arquearme, y metió un dedo en mi boca. Yo lo chupé como puta devota, saboreando mi propia excitación en su piel. Voy a venirme, pendejo, no pares, supliqué, y él aceleró, martillando sin piedad, su otra mano bajando a frotar mi clítoris hinchado.

El orgasmo me pegó como rayo. Ondas de placer explotando desde mi centro, contrayendo mi concha alrededor de su verga, jugos chorreando por mis muslos. Grité su nombre, ¡Alejandro!, el mundo volviéndose blanco, pulsos latiendo en mis oídos. Él siguió embistiendo, prolongando mi éxtasis, hasta que rugió como bestia, su leche caliente inundándome, chorro tras chorro, mezclándose con mis fluidos.

Colapsamos juntos, cuerpos pegajosos y temblorosos, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Su brazo alrededor de mi cintura, besos suaves en mi nuca húmeda. Olía a sexo puro, a nosotros, con un toque de jazmín persistente. Eso fue mejor que cualquier toma, murmuró él, riendo bajito. Yo sonreí, girándome para mirarlo a los ojos. Neta, director de La Pasion de Cristo, me has convertido en tu fiel seguidora.

Nos quedamos así un rato, piel contra piel, el set silencioso testigo de nuestra pasión real. Mañana seguiríamos filmando, pero ahora sabíamos que detrás de cámaras ardía algo eterno. Me sentía plena, empoderada, como si hubiera resucitado en sus brazos. Y mientras el sol salía tiñendo el cielo de rosa, supe que esta historia apenas empezaba.

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