Pasión Desenfrenada de Misioneros Pasionistas en México
El sol de Veracruz me pegaba como un martillo en la nuca cuando bajé del camión polvoriento. Yo, el padre Miguel, uno de los misioneros pasionistas en México, acababa de llegar a esa misión remota en las faldas de la Sierra Madre. El aire olía a tierra húmeda, jazmín silvestre y un toque salado del Golfo cercano. Llevaba años soñando con esta tierra, con su calor que se mete hasta los huesos, pero nada me preparó para lo que vendría.
En la casita de adobe que servía de base, me esperaban mis compañeros. Entre ellos, el padre Javier, un moreno alto y fornido de ojos negros como el café de olla. Neta, desde el primer ¡qué onda! que me dio, sentí un cosquilleo en el estómago. Su voz grave, con ese acento veracruzano arrastrado, me erizó la piel. Vestía la sotana ligera, ajustada por el sudor que la pegaba al pecho ancho.
"Bienvenido, carnal. Aquí la neta es que el calor te hace sudar el alma", dijo riendo, extendiendo una mano callosa por tanto trabajo en los cafetales.
Los días siguientes fueron un torbellino de misas al amanecer, visitas a las rancherías y charlas con la gente. Javier y yo íbamos juntos a bendecir las cosechas, caminando por senderos donde el sol filtraba entre las palmas y el zumbido de los grillos nos envolvía. Cada roce accidental —su brazo contra el mío al subir una cuesta— me encendía por dentro. En las noches, solo en mi catre, el olor a su jabón de coco se me pegaba a la memoria. ¿Qué chingados me pasa?, pensaba, mientras mi verga se ponía dura recordando su sonrisa pícara. Los votos de castidad pesaban como una losa, pero en México, con su sangre caliente, todo parecía posible.
Una tarde, después de una tormenta que dejó el aire fresco y cargado de ozono, nos quedamos solos en la capilla. La lluvia había regado los geranios rojos que trepaban por las paredes, y el suelo de lajas brillaba húmedo. Javier se quitó la camisa para secarse, revelando un torso moreno, músculos definidos por el machete y el arado. El vello oscuro bajaba en una línea tentadora hasta su ombligo. Mi boca se secó al verlo.
"¿Qué miras tanto, Miguel? ¿Te gusta lo que ves?"Su tono era juguetón, pero sus ojos ardían. Me acerqué, el corazón latiéndome como tambor de son huasteco.
—No seas pendejo, Javier. Solo... el calor, ¿sabes? —mentí, pero mi voz salió ronca.
Él se rio bajito, un sonido que vibró en mi pecho. De pronto, su mano en mi nuca, atrayéndome. Nuestros labios chocaron, salados por el sudor, con sabor a mango maduro que habíamos comido antes. Fue como si el mundo explotara: su lengua explorando mi boca, áspera y caliente, mientras sus dedos se clavaban en mi espalda. Gemí contra él, el olor de su piel —tierra, sudor y hombre— me invadió las fosas nasales.
Nos separamos jadeando, mirándonos con esa hambre que no se disimula.
"Esto está mal, pero carajo, lo quiero tanto", murmuró él, y yo asentí, perdido en sus ojos.
La tensión creció como la marea en la costa. En las noches, nos escapábamos al río, donde el agua clara lamía las piedras musgosas. Nadábamos desnudos bajo la luna, el chapoteo rompiendo el silencio de la selva. Sus risas resonaban, y yo no podía dejar de mirar cómo el agua perlaba su cuerpo, cómo su verga semierecta flotaba juguetona. Una vez, al salir, me abrazó por detrás, su pecho pegado a mi espalda, su miembro duro presionando mis nalgas. Su calor me quemaba, su aliento en mi oreja olía a yerbabuena.
—Javier, we, no aguanto más —le confesé una noche, sentados en la orilla, el barro fresco entre los dedos de los pies. El aroma de las orquídeas nocturnas nos rodeaba, y los sapos croaban su sinfonía.
Él me miró serio, pero con fuego.
"Yo tampoco, Miguel. Desde que llegaste, sueño con tenerte. Olvídate de los votos por una noche. Aquí, entre misioneros pasionistas en México, nadie nos juzga".
Su mano bajó a mi entrepierna, acariciando por encima del calzoncillo mojado. Mi verga saltó al toque, palpitante, y un gemido se me escapó. Lo volteé, besándolo con furia, mordiendo sus labios carnosos. Caímos sobre la arena suave, cuerpos enredados. Le arranqué la ropa, lamiendo su cuello salado, bajando por el pecho donde sus pezones duros sabían a sal y deseo. Él arqueó la espalda, gimiendo mi nombre: "¡Miguel, sí, chingado!".
Mi boca llegó a su abdomen, inhalando su aroma almizclado, ese olor a macho excitado que me volvía loco. Tomé su verga en la mano, gruesa y venosa, latiendo caliente. La lamí desde la base, saboreando la gota precúm salada en la punta. Javier gruñó, enredando sus dedos en mi pelo, guiándome. La chupé despacio, sintiendo cómo se hinchaba en mi boca, el pulso acelerado contra mi lengua. Su sabor era adictivo, como pulque fermentado, dulce y fuerte.
Me volteó, y sentí su aliento en mis nalgas. Su lengua húmeda exploró mi entrada, haciendo círculos que me hicieron temblar.
"Estás tan rico, carnal. Te voy a follar hasta que grites", prometió, y yo solo pude asentir, el cuerpo en llamas.
Me penetró despacio, lubricado con saliva y deseo. El estiramiento ardía delicioso, su grosor llenándome por completo. Empujó, y cada embestida era un trueno: piel contra piel, sudor chorreando, el slap-slap resonando en la noche. Agarré la arena, oliendo su frescura húmeda, mientras él me montaba como un potro salvaje. Sus manos en mis caderas, uñas clavándose, su aliento jadeante en mi oreja: "¡Qué apretado estás, Miguel! ¡Neta, eres mío!".
Cambié de posición, poniéndome encima. Lo cabalgué, viendo su cara de éxtasis, pechos subiendo y bajando. Mis manos en su pecho peludo, pellizcando pezones, mientras mi verga rozaba su abdomen. El clímax nos alcanzó como una ola: él se corrió primero, caliente dentro de mí, gritando mi nombre. Yo exploté sobre su torso, chorros blancos contra su piel morena, el placer cegándome.
Colapsamos, exhaustos, el río lamiendo nuestros pies. Su brazo alrededor de mí, el corazón latiéndole contra mi mejilla. Olía a sexo, a nosotros, a México eterno.
Al amanecer, volvimos a la misión, pero algo había cambiado. Los votos pesaban menos, la culpa se diluía en la alegría de saber que Javier era mi secreto, mi pasión. En las misas, nos mirábamos de reojo, sonrisas cómplices.
"Esto no termina aquí, mi vida", me susurró una vez, y supe que era verdad.
Los misioneros pasionistas en México llevamos la palabra de Dios, pero en esa tierra de fuego, encontramos nuestra propia salvación en los brazos del otro. El calor sigue, el deseo late, y cada noche sueño con su toque, con ese sabor que no se olvida.