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Sobredosis de Pasión

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Sobredosis de Pasión

La noche en Polanco estaba viva, con ese bullicio que solo la Ciudad de México sabe armar. Luces neón parpadeando en las fachadas de los bares, risas flotando en el aire cargado de perfume y humo de cigarros electrónicos. Yo, Alejandro, acababa de entrar al La Bodega, un antro chido donde la gente guapa se junta para soltar el estrés de la semana. Llevaba mi camisa negra ajustada, jeans que me quedaban perfectos y un shot de tequila ya calentándome la sangre. No buscaba nada en particular, solo quería disfrutar la vibra.

Ahí la vi. Sofia. Pelo negro largo cayéndole como cascada por la espalda, vestido rojo ceñido que marcaba curvas de infarto. Estaba en la barra, riendo con unas amigas, su piel morena brillando bajo las luces. Neta, me quedé clavado. Sus ojos, grandes y oscuros, se cruzaron con los míos por un segundo y sentí un cosquilleo en el estómago. Órale, carnal, esta mujer está cañón, pensé mientras me acercaba, fingiendo casualidad.

—¿Qué onda? —le dije, con mi mejor sonrisa de güey confiado—. ¿Me invitas a un trago o qué?

Ella volteó, arqueando una ceja perfecta. —¿Invitarte? Primero demuéstrame que vales la pena, pendejo —respondió con esa picardía mexicana que me encanta, su voz ronca como miel quemada.

Empezamos a platicar. Era de Guadalajara, pero vivía aquí por trabajo. Diseñadora gráfica, independiente, con esa energía de mujer que sabe lo que quiere. Hablamos de todo: del pinche tráfico, de tacos al pastor perfectos, de cómo el tequila nos hace sentir invencibles. Cada risa suya era un roce invisible en mi piel. El olor de su perfume, algo floral con toque de vainilla, me envolvía. Pedí unos tequilas reposados y brindamos. Sus dedos rozaron los míos al chocar vasos, y juro que sentí electricidad.

Esta noche va a ser épica, Alex. No la cagues
, me dije a mí mismo.

La música cambió a un ritmo más pesado, cumbia rebajada mezclada con reggaetón. La invité a bailar. En la pista, cuerpos sudados chocando al compás. La tomé de la cintura, su cadera pegándose a la mía. Sentí el calor de su cuerpo a través del vestido delgado, sus nalgas firmes presionando contra mí. Ella giró, su aliento cálido en mi cuello, oliendo a tequila y deseo. —Neta, me traes loco —murmuró, mientras sus manos subían por mi pecho.

El beso llegó natural, como si estuviera escrito. Sus labios suaves, carnosos, probando a limón y sal de los shots. Lenguas danzando, húmedas, explorando. Mi verga ya se ponía dura contra ella, y ella lo notó, apretándose más. El mundo se redujo a ese momento: el thump-thump de la música retumbando en mi pecho, el sudor perlando su clavícula, el sabor salado de su piel cuando bajé a besarla ahí.

—¿Vamos a algún lado? —pregunté, jadeando.

—Sí, wey. A mi depa. Está cerca —dijo, mordiéndose el labio inferior.

Salimos tomados de la mano, el aire fresco de la noche contrastando con el calor que nos abrasaba por dentro. Taxi rápido, besos en el asiento trasero, sus uñas clavándose en mis muslos. Llegamos a su edificio en la colonia Roma, un lugar chulo con balcón y vista a los árboles. Subimos besándonos en el elevador, manos por todos lados. Mi polla latiendo, ansiosa.

Adentro, luces tenues. Ella me empujó contra la puerta, quitándome la camisa con urgencia. Sus tetas perfectas, redondas, liberadas del vestido. Pezones oscuros endurecidos. Las chupé, succionando suave, oyendo sus gemidos bajos, como ronroneos. ¡Qué delicia, pinche boca de paraíso! Su piel olía a jazmín y arousal, ese aroma almizclado que enloquece. Bajé la mano por su panza plana, hasta su entrepierna húmeda. Panties empapados. La toqué por encima, círculos lentos, y ella arqueó la espalda.

¡Ay, cabrón! Sigue así —gruñó, jalándome el pelo.

La cargué hasta la cama king size, sábanas de algodón suave. La desvestí despacio ahora, saboreando. Besos por el cuello, pechos, ombligo. Llegué a su coño, depilado, labios hinchados brillando. Lo lamí, lengua plana, probando su jugo dulce-ácido. Ella se retorcía, caderas subiendo, grititos ahogados. Esto es una sobredosis de pasión, neta no aguanto más, pensé mientras metía un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hace temblar.

Sofia me volteó, agresiva, deliciosa. —Ahora yo —dijo, desabrochándome el cinturón. Mi verga saltó libre, dura como piedra, venosa. Ella la miró con hambre, lamió la punta, saboreando el pre-semen salado. Boca caliente envolviéndome, succionando profundo. Sentí su garganta apretarme, saliva chorreando. Gemí fuerte, manos en su pelo, follando su boca suave. El sonido húmedo, chap-chap, mezclado con su respiración agitada.

No aguanté más. La puse boca arriba, piernas abiertas. Condón puesto rápido —siempre responsable, carnal. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo su calor apretado, paredes vaginales pulsando. —¡Qué rico, qué chingón! —exclamé. Ella clavó uñas en mi espalda, rasguñando placer.

Empezamos lento, ritmo de cadera ondulante. Sus ojos en los míos, conexión profunda.

Esto no es solo sexo, es algo más. Sobredosis de pasión pura
. Aceleramos. Golpes profundos, piel contra piel cacheteando. Sudor goteando, mezclándose. Su clítoris frotándose contra mi pubis, ella jadeando: —¡Más duro, pendejo! ¡Dame todo!

Cambié posiciones. De lado, cucharita, mi mano en su clítoris frotando rápido. Ella gritaba, cuerpo convulsionando. Orgasmos suyos primero, uno tras otro, coño contrayéndose alrededor de mi verga como puño de terciopelo. Olía a sexo intenso, almizcle y sudor. Finalmente, yo exploté, chorros calientes llenando el condón, gruñendo en su cuello.

Caímos exhaustos, respiraciones entrecortadas. Su cabeza en mi pecho, pelo tickleando mi piel. Besos suaves ahora, post-sexo tiernos. —Qué chido estuvo, Alex. Una sobredosis de pasión total —dijo riendo bajito.

Nos quedamos así, hablando en susurros. De sueños, de lo que la vida nos da. Amaneció con sol filtrándose por las cortinas, café negro en la cocina, promesas de más noches. Salí con el cuerpo adolorido de placer, el alma llena. Neta, México sabe a pasión así. Y supe que esto era solo el principio.

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