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Pasión de Gavilanes Capítulo 41 Fuego en la Sangre

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Pasión de Gavilanes Capítulo 41 Fuego en la Sangre

Jimena caminaba por los pasillos de la hacienda bajo la luz plateada de la luna, el aire nocturno cargado con el aroma dulce de las flores de jazmín que trepaban por las paredes de adobe. Su corazón latía con fuerza, como si presintiera lo que vendría. Habían pasado días de tensiones, miradas robadas y roces accidentales que encendían chispas en su piel. Franco, ese macho de mirada intensa y manos callosas, la volvía loca. Recordaba el capítulo 41 de Pasión de Gavilanes, esa escena donde los amantes se entregaban al fin, y se preguntaba si su propia historia no sería un eco ardiente de aquello.

Entró a su habitación, el suelo de baldosa fresca bajo sus pies descalzos. Se quitó el vestido ligero, dejando que cayera como una cascada de seda al piso. Su cuerpo, curvilíneo y bronceado por el sol de las tierras de los Reyes, se reflejaba en el espejo antiguo. Sus pechos se alzaban firmes, los pezones ya endurecidos por el fresco de la noche y por el deseo que bullía en su vientre. ¿Por qué no puedo sacármelo de la cabeza? pensó, mientras sus dedos rozaban su vientre plano, bajando hasta el borde de las bragas de encaje.

De pronto, un ruido suave en la puerta. Se giró, el pulso acelerado. Franco estaba allí, recargado en el marco, su camisa entreabierta dejando ver el pecho musculoso cubierto de vello oscuro. Sus ojos, negros como la noche, la devoraban entera.

¡Órale, Jimena! No pude aguantar más. Esa mirada tuya en la cena... me prendiste fuego.

Él avanzó, cerrando la puerta con un clic que resonó como un trueno en el silencio. El olor a hombre, a tierra húmeda y sudor fresco, invadió la habitación. Jimena sintió un cosquilleo en las piernas, el calor subiendo por sus muslos.

—Franco... esto no es correcto, pero neta que lo quiero tanto —susurró ella, su voz ronca, mientras él la tomaba por la cintura, atrayéndola contra su cuerpo duro.

Sus labios se encontraron en un beso salvaje, lenguas danzando con urgencia. Saboreó el tequila en su boca, mezclado con el gusto salado de su piel. Las manos de Franco exploraban su espalda, bajando hasta apretar sus nalgas con fuerza posesiva, pero tierna. Ella gimió contra su boca, sintiendo la erección presionando contra su vientre, gruesa y pulsante bajo los pantalones.

La llevó a la cama, tumbándola sobre las sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Se quitó la camisa de un tirón, revelando abdominales marcados por el trabajo en el campo. Jimena lo miró, lamiéndose los labios. Qué chingón está este pendejo, pensó con una sonrisa pícara.

Él se arrodilló entre sus piernas, besando su cuello, mordisqueando la clavícula hasta llegar a sus pechos. Tomó un pezón en su boca, chupándolo con avidez, la lengua girando en círculos que la hicieron arquear la espalda. El sonido de su succionar húmedo llenaba la habitación, junto con sus jadeos ahogados. Sus manos bajaron, deslizando las bragas por sus caderas, exponiendo su sexo depilado, ya húmedo y brillante.

—Estás chorreando, mi reina —gruñó Franco, inhalando su aroma almizclado, ese olor a mujer excitada que lo volvía loco.

Sus dedos gruesos separaron sus labios vaginales, rozando el clítoris hinchado. Jimena soltó un grito suave, sus caderas elevándose instintivamente. Él introdujo un dedo, luego dos, moviéndolos con ritmo lento, sintiendo cómo sus paredes internas lo apretaban, calientes y resbaladizas. Ella clavó las uñas en sus hombros, el placer construyéndose como una ola en su interior.

Pero querían más. Jimena lo empujó hacia atrás, poniéndose sobre él. Le desabrochó el cinturón con dedos temblorosos, liberando su verga erecta, venosa y gruesa, la cabeza roja y reluciente de precúm. La tomó en su mano, masturbándolo despacio, sintiendo el pulso bajo la piel aterciopelada. Franco gruñó, sus caderas empujando hacia arriba.

¡Métetela, Jimena! No aguanto más.

Ella se posicionó, frotando la punta contra su entrada húmeda, torturándolo un segundo antes de descender. Lo sintió estirándola, llenándola por completo. Un gemido gutural escapó de ambos cuando sus pelvis se unieron. El calor de su interior lo envolvió como terciopelo líquido. Comenzó a cabalgarlo, lento al principio, sintiendo cada centímetro deslizándose dentro y fuera, el roce en su punto G enviando descargas de placer por su espina.

Los sonidos eran obscenos: el chapoteo de sus sexos unidos, los jadeos roncos, el crujir de la cama de madera. El sudor perlaba sus cuerpos, goteando entre sus pechos, resbalando por el pecho de él. Jimena aceleró, sus nalgas golpeando contra sus muslos con palmadas rítmicas. Franco la sujetaba por las caderas, guiándola, sus dedos hundiéndose en la carne suave.

La tensión crecía, un nudo apretado en su bajo vientre. Él se incorporó, capturando sus labios mientras la penetraba desde abajo con embestidas profundas. Cambiaron de posición; ahora él encima, sus brazos fuertes a cada lado de su cabeza. La miró a los ojos, conexión profunda más allá de lo físico.

—Te amo, carnalita. Esto es nuestro, como en esa Pasión de Gavilanes capítulo 41, pero más real, más nuestro —murmuró, mientras la follaba con ritmo implacable.

Jimena envolvió las piernas alrededor de su cintura, clavándole los talones en la espalda. Cada thrust rozaba su clítoris, el placer acumulándose hasta el borde. Gritó su nombre cuando el orgasmo la golpeó, olas convulsivas apretando su verga, su concha contrayéndose en espasmos. Franco la siguió segundos después, gruñendo como animal, su semen caliente inundándola en chorros potentes.

Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas. El aire olía a sexo, a sudor y a ellos dos. Él la besó en la frente, acariciando su cabello revuelto.

Qué rico, Jimena. Neta que fue como un sueño.

Ella sonrió, trazando círculos en su pecho con la uña. El afterglow los envolvía en una burbuja de paz, el corazón aún latiendo al unísono. Fuera, el viento susurraba entre los eucaliptos, como aplaudiendo su unión. En ese momento, supieron que nada los separaría, que su pasión era eterna, como las tierras de los Gavilanes.

Pero el deseo no se apaga tan fácil. Horas después, con la luna aún alta, sus manos volvieron a explorarse. Esta vez más lento, saboreando cada caricia. Franco besó su camino desde los tobillos hasta el interior de los muslos, lamiendo la piel sensible. Llegó a su sexo, aún sensible del clímax anterior, y lo devoró con lengua experta. Jimena se arqueó, tirando de las sábanas, el placer renovado como fuego fresco.

¡Ay, Franco! No pares, pinche delicioso.

Él sorbió su néctar, la lengua hundida en sus pliegues, chupando el clítoris hasta que ella explotó de nuevo, temblando incontrolable. Luego, ella lo tomó en su boca, saboreando la mezcla de sus jugos en su verga. Lo mamó con devoción, garganta profunda, hasta que él eyaculó en su boca, el semen salado deslizándose por su garganta.

Agotados al fin, se durmieron abrazados, piel contra piel, el futuro lleno de promesas ardientes. La hacienda guardaba su secreto, testigo de una pasión que ardía más que cualquier telenovela.

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