Como Tu Mujer Con Pasion Vega
La noche en Polanco se sentía viva, con el bullicio de los carros pasando por la avenida y el aroma a tacos al pastor flotando desde la esquina. Tú llegaste al departamento con el corazón latiendo fuerte, oliendo a colonia fresca y a esa promesa de lo que vendría. Yo te esperé en la terraza, con un vestido negro ceñido que abrazaba mis curvas como un amante posesivo, el viento juguetón levantando el borde y rozando mis muslos. Órale, carnal, pensé, viéndote entrar con esa mirada que me deshace. Eres mi hombre, el que me hace sentir como tu mujer con pasion vega, esa pasión ardiente que quema todo a su paso.
—Ven acá, mi rey —te dije con voz ronca, extendiendo la mano. Tus dedos se entrelazaron con los míos, cálidos y firmes, y me jalaste hacia ti. Sentí tu pecho duro contra el mío, el latido de tu corazón retumbando como tambores de mariachi. Olías a cuero nuevo y a deseo contenido, ese perfume que me eriza la piel. Nuestros labios se rozaron primero suave, como un susurro, probando el sabor salado de tu boca después de un día largo. Luego, el beso se profundizó, lenguas danzando con hambre, chupando y mordiendo con ternura juguetona.
Te llevé adentro, el piso de madera crujiendo bajo nuestros pies, las luces tenues pintando sombras en las paredes blancas. Mi mano bajó por tu espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa.
¿Por qué me pones así de loca, wey? Cada vez que te veo, mi cuerpo grita por ti.Tú respondiste apretando mis nalgas, ese agarre posesivo que me hace gemir bajito. Nos fuimos desvistiendo en el pasillo, tu camisa volando al suelo, mi vestido deslizándose como seda sobre mi piel morena. Quedé en lencería roja, el encaje mordiendo mis pezones endurecidos por el fresco de la noche.
En el sillón de la sala, te senté y me arrodillé entre tus piernas, mis ojos clavados en los tuyos, brillantes de lujuria. Desabroché tu pantalón despacio, oyendo tu respiración agitada, el zipper bajando como un secreto revelado. Tu verga saltó libre, dura y palpitante, con ese olor almizclado que me vuelve loca. La tomé en mi mano, suave al principio, sintiendo las venas hinchadas bajo mis dedos. Neta, qué chingona se ve, pensé, lamiendo la punta con la lengua plana, saboreando la gota salada que brotaba. Tú gruñiste, tus manos enredándose en mi pelo, guiándome sin forzar, solo animando.
—Así, mi amor, chúpamela rico —murmuraste, y yo obedecí con ganas, metiéndomela hasta la garganta, el sonido húmedo de mi boca llenando el aire. Sentía tu pulso en mi lengua, el calor subiendo por mi pecho. Mis pechos rozaban tus muslos, los pezones frotándose contra tu piel, enviando chispas directo a mi panocha que ya chorreaba. Me tocaba yo misma mientras te mamaba, dedos resbalosos en mi clítoris hinchado, círculos lentos que me hacían jadear alrededor de tu carne.
Pero no quería acabar así tan rápido. Me levanté, empujándote al sillón, y me subí a horcajadas. Tu verga rozó mi entrada, mojada y lista, el calor de ti contra mi humedad. Como tu mujer con pasion vega, me dije, bajando despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abrías, me llenabas hasta el fondo. ¡Ay, wey! El estirón delicioso, esa presión en mi útero que me hace arquear la espalda. Gemí fuerte, mis uñas clavándose en tus hombros, el sudor empezando a perlar tu frente.
Empezamos a movernos, tú embistiéndome desde abajo con fuerza controlada, yo cabalgándote como reina, mis caderas girando en círculos viciosos. El slap-slap de nuestra piel chocando, el olor a sexo impregnando el aire, mezclado con mi perfume de jazmín. Tus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones, mandándome al borde.
Esto es lo que necesitaba, tú dentro de mí, poseyéndome sin palabras.Hablábamos sucio, mexicano y crudo: —¡Métemela más duro, pendejo! —te rogaba, y tú: —¡Qué rica estás, mamacita, apriétame con esa panocha!
La tensión crecía como tormenta en el desierto, mis muslos temblando, tu respiración entrecortada. Cambiamos de posición; me pusiste de perrito en el tapete, el pelo cayéndome en la cara, oliendo a ti por todos lados. Entraste de nuevo, profundo, tus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada. Sentía cada vena, cada pulso, el roce ardiente que me hacía gritar. Tus manos en mis caderas, jalándome contra ti, el sudor goteando de tu pecho a mi espalda, resbaloso y caliente.
Yo me tocaba el botón, frotando furioso, mientras tú acelerabas, gruñendo mi nombre. Ya viene, ya viene, pensé, el orgasmo subiendo como ola del Pacífico. Exploté primero, mi panocha contrayéndose alrededor de ti, chorros calientes mojando tus muslos, el grito saliendo rasposo de mi garganta. Tú seguiste, unas embestidas más, y te viniste dentro, el calor de tu leche llenándome, palpitando, goteando. Nos quedamos unidos, jadeando, el mundo girando lento.
Caímos al suelo, enredados, tu cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón galopante calmarse. Besaste mi piel salada, lamiendo el sudor de mi cuello, ese sabor salobre que sabe a nosotros.
Esto es ser tu mujer, con toda la pasion vega que arde en mí.Reímos bajito, exhaustos y felices, el aire fresco de la noche entrando por la ventana abierta, trayendo ecos de la ciudad que seguía viva allá afuera.
Nos levantamos despacio, piernas flojas, y fuimos a la ducha. El agua caliente caía como lluvia tropical, lavando el sudor pero no el recuerdo. Te enjaboné la espalda, dedos masajeando nudos, tú lavando mi pelo con ternura, oliendo a shampoo de coco. Nuestros cuerpos se rozaban otra vez, pero esta vez suave, sin prisa. Salimos envueltos en toallas, nos echamos en la cama king size, sábanas frescas de algodón egipcio abrazándonos.
—Eres lo máximo, mi vida —me dijiste, besando mi frente. Yo me acurruqué contra ti, sintiendo tu calor protector, el peso de tu brazo sobre mi cintura. Afuera, las estrellas titilaban sobre la ciudad, pero aquí dentro, el mundo era solo nuestro. Como tu mujer con pasion vega, pensé una última vez, cerrando los ojos, satisfecha hasta el alma. Mañana sería otro día, pero esta noche, el deseo nos había unido más que nunca, en un lazo de fuego y ternura mexicana.