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Pasión Lechuga Jugosa

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Pasión Lechuga Jugosa

El bullicio del mercado de Coyoacán me envolvió como un abrazo caluroso esa mañana de sábado. El aire estaba cargado de olores intensos: el picante de los chiles frescos, el dulzor de las mangos maduras y ese aroma terroso y verde que solo desprenden las verduras recién cortadas. Caminaba entre los puestos, con la camiseta pegada al cuerpo por el sudor, buscando algo fresco para la cena. Fue entonces cuando la vi. Su puesto destacaba como un oasis de verde vibrante: lechugas crujientes apiladas en pirámides perfectas, gotas de agua brillando en las hojas como diamantes. Y ella, la vendedora, era el verdadero imán.

Se llamaba Pasión, me dijo después, pero en ese momento solo la veía como una diosa morena con curvas que desafiaban la gravedad. Su blusa ajustada de algodón blanco se adhería a sus pechos generosos, y la falda floreada ondeaba con la brisa, dejando ver de vez en cuando sus muslos firmes y bronceados. Órale, carnal, pensé, esta morra es puro fuego envuelto en frescura. Me acerqué, fingiendo interés en las lechugas.

¡Buenos días, guapo! ¿Qué se te antoja? Mi pasión lechuga está bien jugosa hoy, neta que te vas a chupar los dedos, dijo con una sonrisa pícara, sus ojos negros clavándose en los míos como si ya supiera mis secretos.

Su voz era ronca, con ese acento chilango que me erizaba la piel. Tomé una lechuga en las manos, sintiendo su crujido fresco bajo mis dedos, las hojas lisas y húmedas. Olía a tierra mojada y vida pura. Ella se inclinó para alcanzarme una más grande, y su perfume natural —una mezcla de jabón de lavanda y sudor femenino— me golpeó como un rayo.

Estas lechugas son como tú, ¿no? Frescas por fuera, pero llenas de pasión por dentro, solté, tratando de sonar cool, aunque mi corazón latía como tambor en quinceañera.

Pasión soltó una carcajada que resonó en el mercado, atrayendo miradas curiosas.

—Ay, wey, qué ocurrente. Si quieres probar la verdadera pasión lechuga, ven atrás del puesto. Tengo unas especiales que no vendo a cualquiera.
Su guiño fue una promesa, y yo, pendejo enamorado de su encanto, la seguí sin pensarlo dos veces.

El espacio detrás era un rincón improvisado con una mesita de madera y una cortina de tela que apenas contenía el ruido exterior. El sol se filtraba en rayos dorados, iluminando su piel olivácea. Ella cerró la cortina con un movimiento fluido, y de pronto el mundo se redujo a nosotros dos. Me ofreció una lechuga entera, partida por la mitad, el corazón pálido expuesto y jugoso.

—Prueba, carnal. Muerde directo, siente cómo explota en tu boca.

Lo hice. El sabor fresco y ligeramente amargo me inundó la lengua, crujiente y refrescante, como un beso prohibido. Ella me miró fijamente, lamiéndose los labios. ¿Qué carajos estoy haciendo? pensé, pero mi cuerpo ya respondía: la verga endureciéndose en los jeans, el pulso acelerado en las sienes.

Pasión se acercó, su aliento cálido rozando mi cuello. Tomó un trozo de lechuga y lo deslizó por mi brazo, dejando un rastro húmedo y frío que contrastaba con el calor de su mano. —La pasión lechuga no es solo para comer, guapo. Es para sentir, para jugar. Sus dedos trazaron el camino de la hoja, subiendo hasta mi pecho. Gemí bajito, el roce era eléctrico, la frescura despertando cada nervio.

Nos besamos entonces, lento al principio, como si probáramos sabores nuevos. Sus labios eran suaves, carnosos, con gusto a menta y a ella misma. La abracé por la cintura, sintiendo la curva de sus caderas bajo la falda, su piel caliente a través de la tela fina. Ella presionó su cuerpo contra el mío, sus chichis aplastándose en mi torso, duros pezones pinchando como promesas.

Te quiero aquí mismo, wey. Neta que me prendes, murmuró contra mi boca, sus manos bajando a mi cinturón con urgencia juguetona.

La ayudé, quitándome la playera mientras ella se desabrochaba la blusa. Sus tetas saltaron libres, redondas y perfectas, con areolas oscuras que invitaban a morder. El olor de su arousal empezó a mezclarse con el verde fresco: almizclado, dulce, embriagador. La recosté en la mesita, rodeada de lechugas que crujían bajo su peso. Tomé hojas frescas y las pasé por su vientre, viendo cómo se erizaba su piel, los pezones endureciéndose más.

Esto es una locura, pero qué chingona locura, pensé mientras bajaba la boca a su cuello, lamiendo el sudor salado. Ella arqueó la espalda, gimiendo suave, sus uñas clavándose en mis hombros. Deslicé la falda hacia arriba, encontrando su panocha depilada, ya húmeda y hinchada. El calor de ella me quemaba los dedos cuando la toqué, resbaladiza como la lechuga más jugosa.

¡Sí, cabrón, así! Frota mi clítoris, hazme volar, jadeó, sus caderas moviéndose al ritmo de mis caricias. Usé una hoja de lechuga para rozarla ahí, el frío crujiente contrastando con su calor líquido. Gritó de placer, el sonido ahogado por la cortina, pero suficiente para ponerme al borde.

Me puse de rodillas, inhalando su esencia: salada, femenina, adictiva. Mi lengua exploró cada pliegue, saboreando su néctar mientras ella tiraba de mi pelo. Sabe a paraíso, neta. Lamí su clítoris hinchado, chupando suave, luego fuerte, hasta que sus muslos temblaron alrededor de mi cabeza. Vino con un gemido largo, su cuerpo convulsionando, empapándome la cara.

Pero no paramos. Se incorporó, ojos brillantes de lujuria, y me empujó contra la pared. Bajó mis jeans de un tirón, liberando mi verga tiesa y palpitante.

—Mira qué mamalona, güey. La quiero adentro ya.
Se arrodilló, su boca caliente envolviéndome. Sentí su lengua girando alrededor de la cabeza, succionando con maestría, el sonido húmedo mezclándose con nuestros jadeos. Casi me vengo ahí, pero me contuve, queriendo más.

La levanté, girándola para que se apoyara en la mesa. Su culo perfecto se ofreció, redondo y firme. Escupí en mi mano, lubricando, y la penetré despacio. ¡Qué estrecha y caliente! Ella empujó hacia atrás, tragándoseme entera, gimiendo ¡Más duro, pinche semental!. El slap de piel contra piel llenó el aire, rítmico, primitivo. Sudábamos juntos, el olor de sexo crudo impregnando el espacio, mezclado con el verde fresco de las lechugas pisoteadas.

Cambié posiciones, sentándola en la mesa para mirarla a los ojos. Sus pupilas dilatadas, labios hinchados, pelo revuelto. La follé profundo, lento, sintiendo cada contracción de su panocha alrededor de mi verga. Nuestras respiraciones se sincronizaron, corazones latiendo al unísono. Esto no es solo cogida, es conexión, wey, pensé en medio del éxtasis.

Vente conmigo, Pasión. Lléname, suplicó, y eso me rompió. Empujé una última vez, profundo, explotando dentro de ella en oleadas calientes. Ella se corrió de nuevo, ordeñándome, sus paredes pulsando.

Nos quedamos así, jadeantes, abrazados en el desorden de hojas verdes y fluidos. El mercado seguía rugiendo afuera, ajeno a nuestra tormenta. Ella me besó suave, trazando mi pecho con un dedo.

Vuelve por más pasión lechuga cuando quieras, guapo. Esto fue solo el principio.

Salí del mercado con una sonrisa boba, la bolsa de lechugas en la mano aún crujiente y fresca. Cada mordida esa noche evocaba su sabor, su toque, esa pasión jugosa que me había marcado para siempre. Neta, la vida sabe a victoria cuando encuentras tu lechuga perfecta.

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