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Cantos de la Pasion de Cristo Letra Catolica Sensual

6397 palabras

Cantos de la Pasion de Cristo Letra Catolica Sensual

La noche del Viernes Santo en Puebla envolvía la catedral como un manto de incienso espeso y pesado. El aire estaba cargado de murmullos devotos, el tañido lejano de campanas y el eco de cantos de la pasion de cristo letra catolica que todos conocíamos de memoria. Yo, Ana, con mi rebozo negro ajustado al cuerpo, sentía el calor de las velas lamiendo mi piel morena mientras caminaba entre la multitud. Mis pezones se endurecían bajo la blusa fina, no solo por el fresco de la iglesia, sino por esa comezón profunda que me despertaba cada Semana Santa. La pasión religiosa siempre me había puesto cachonda, como si el sufrimiento de Cristo se colara en mis venas y se transformara en un fuego entre las piernas.

Allí estaba él, Javier, mi carnal de la uni, el que me había hecho gritar como loca hace años. Alto, con esa barba recortada y ojos negros que prometían pecados. Nuestras miradas se cruzaron durante el canto de Perdona a tu pueblo Señor, y sentí un jalón en el vientre, como si el Espíritu Santo me estuviera susurrando guarradas al oído.

¿Por qué carajos me mira así? Neta, si no estuviera en misa, ya le estaría chupando el alma por la boca.
Terminó la procesión y nos escabullimos por una calle empedrada, el olor a cempasúchil y sudor mezclado con el mío propio, que ya empezaba a traicionarme.

"Ana, pendeja, ¿todavía te pones así de intensa con estos cantos?" me dijo con esa sonrisa pícara, su mano rozando la mía accidentalmente. O no tan accidental. Caminamos hasta mi casa, una casita colonial con patio de bugambilias, nada de lujos pero chida y privada. Adentro, el fresco de las paredes de adobe nos recibió, y saqué una botella de mezcal del refri. "Brindemos por la pasión, carnal", le guiñé el ojo, sirviendo en vasos de cristal tallado.

Nos sentamos en el sillón de cuero viejo, el mezcal quemándonos la garganta como un beso ardiente. Empezamos a platicar de los viejos tiempos, pero el tema viró rápido a los cantos de la pasion de cristo letra catolica. "¿Te acuerdas de O Sacred Head Now Wounded? Esa letra me pone la piel chinita", murmuró él, su voz ronca acercándose. Yo asentí, recitando bajito: "Qué rostro tan lleno de llagas, qué aspecto tan lleno de afrenta". Pero en mi mente, lo veía a él, herido por mis uñas, marcado por mis besos.

La tensión crecía como la marea en la costa de Veracruz. Su rodilla tocó la mía, y un escalofrío me recorrió la espina. Neta, Ana, contrólate, pero ¿cómo? Ese wey huele a hombre de verdad, a tierra mojada y deseo reprimido. Javier sacó su cel para buscar las letras completas de los cantos. "Mira, aquí está cantos de la pasion de cristo letra catolica, neta que son poesía pura". Leí en voz alta, pero mi tono cambió, sensual, arrastrando las palabras: "Cristo, tu pasión me consume". Él se acercó más, su aliento caliente en mi cuello. "Tu pasión me consume a mí, Ana. Déjame devorarte como a la hostia."

Mis manos temblaban al poner el cel en la mesa. Lo miré fijo, los ojos brillando bajo la luz ámbar de la lámpara. "Ven, Javier, hagamos nuestra propia pasión." Nuestros labios se encontraron en un beso que sabía a mezcal y a años de antojo. Su lengua exploró mi boca con hambre santa, y yo gemí bajito, sintiendo su verga endurecerse contra mi muslo. El sonido de nuestra respiración agitada llenaba el cuarto, mezclado con el lejano eco de cohetes de la procesión.

Acto seguido, lo jalé hacia la recámara, donde la cama king con sábanas de algodón egipcio nos esperaba. Me quité el rebozo despacio, dejando que viera mis curvas, los senos pesados liberados de la blusa. "Chingón, estás más rica que nunca", gruñó él, quitándose la camisa para revelar ese pecho tatuado con un águila devorando serpiente. Tocamos piel con piel, mis uñas arañando su espalda mientras él lamía mi cuello, bajando a mis tetas. El sabor salado de su sudor en mi lengua, el olor almizclado de su excitación volviéndome loca.

Nos recostamos, y seguí recitando fragmentos de los cantos entre jadeos. "En tus llagas me escondo", susurré mientras mi mano bajaba a su pantalón, liberando esa polla gruesa y venosa que palpitaba como un corazón herido. Él rio ronco: "Esconde tu concha en mis llagas, morra." Me abrió las piernas con gentileza, sus dedos explorando mi humedad, resbalosos de jugos. Siento sus dedos dentro, curvándose justo ahí, neta que sabe cómo hacerme volar. Gemí fuerte cuando lamió mi clítoris, su lengua danzando como en un mantengo prohibido, el sabor ácido-dulce de mi excitación en su boca.

La intensidad subía como el volcán Popo en erupción. Me puse encima, cabalgándolo despacio al principio, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome. "¡Ay, Javier, qué rico!" grité, mis caderas moviéndose en círculos, el slap-slap de carne contra carne resonando. Él agarraba mis nalgas, amasándolas, sus ojos fijos en mis tetas rebotando. Sudor nos pegaba, el cuarto olía a sexo crudo, a pasión católica torcida en puro vicio consensual. "Más fuerte, cabrón, dame tu cruz entera", le exigí, y él embistió desde abajo, golpeando ese punto que me hacía ver estrellas.

En el clímax, recitamos juntos un verso retorcido: "Tu pasión nos redime", mientras yo explotaba en orgasmos que me sacudían como temblores. Sentí sus bolas apretarse, y luego el chorro caliente inundándome, su semen mezclándose con mis jugos. Colapsamos, jadeantes, pieles pegajosas, el corazón latiéndonos a mil.

Después, en el afterglow, nos quedamos abrazados bajo la sábana ligera, el aire fresco de la noche entrando por la ventana. Su mano acariciaba mi cabello, y yo trazaba círculos en su pecho. "Neta, Ana, estos cantos de la pasion de cristo letra catolica nunca sonaron tan chidos", murmuró con risa cansada. Yo sonreí, sintiendo una paz profunda, como si hubiéramos comulgado de verdad. La pasión religiosa y la carnal se fundían en mí, dejando un eco dulce de deseo satisfecho. Mañana sería Sábado de Gloria, pero esta noche, habíamos resucitado juntos.

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