Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Pasión Capítulo 86 Fuego en las Venas Pasión Capítulo 86 Fuego en las Venas

Pasión Capítulo 86 Fuego en las Venas

7269 palabras

Pasión Capítulo 86 Fuego en las Venas

La noche en Polanco caía como un velo de terciopelo negro, con las luces de los restaurantes brillando como estrellas caídas. Ana caminaba por la Avenida Presidente Masaryk, sintiendo el roce suave de su vestido rojo contra la piel, ese que se pegaba a sus curvas como una promesa de pecado. Hacía semanas que no veía a Javier, ese macho que la volvía loca con solo una mirada. Su viaje de negocios a Guadalajara la había dejado con un vacío en el pecho, y ahora, cada paso la acercaba más al fuego que ardía dentro de ella.

Entró al departamento, el aroma a mole poblano y tequila reposado flotando en el aire como una invitación pecaminosa. Javier estaba ahí, recargado en la barra de la cocina, con su camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro en su pecho. ¡Qué chulo se veía, cabrón! pensó Ana, mientras su corazón latía como tambor de mariachi.

Este wey me tiene bien clavada, como si fuera la protagonista de mi telenovela favorita, Pasión Capítulo 86, donde la pasión explota sin control.

—Ven acá, reina —dijo él con esa voz ronca que le erizaba la piel—. Te extrañé tanto que casi me voy a Monterrey a buscarte.

Ana se acercó, sintiendo el calor de su cuerpo antes de tocarlo. Sus labios se rozaron en un beso lento, saboreando el tequila en su lengua, dulce y ardiente. Javier la tomó por la cintura, apretándola contra él, y ella sintió su dureza presionando contra su vientre. Ya está listo, el muy pendejo, pensó con una sonrisa traviesa.

Se sentaron a cenar, pero la comida era solo un pretexto. Cada bocado de mole, con su chocolate amargo y chiles picantes, era como un roce prohibido. Javier le contaba anécdotas de su semana, pero sus ojos devoraban las tetas de Ana, que se asomaban tentadoras por el escote. Ella reía, juguetona, rozando su pie contra la pierna de él bajo la mesa.

Órale, no me tientes así o te cojo aquí mismo sobre la mesa —murmuró Javier, su mano subiendo por el muslo de ella.

El deseo crecía como una ola en la playa de Acapulco, lenta pero imparable. Terminaron la cena y pusieron salsa en el estéreo, ese ritmo caliente que hace mover las caderas sin remedio. Javier la jaló al centro de la sala, sus cuerpos pegados, sudando ya bajo las luces tenues. Ana sentía su aliento en el cuello, oliendo a hombre, a colonia cara y a lujuria pura.

Mientras bailaban, sus manos exploraban. Él apretaba su culo firme, ella deslizaba los dedos por su espalda musculosa. El roce de la tela, el sonido de la música envolviéndolos, el sabor salado de su sudor cuando ella lamió su cuello... todo era un preludio al infierno del placer.

De repente, Javier la cargó como si no pesara nada, llevándola al sillón de piel. La sentó a horcajadas sobre él, besándola con hambre, mordiendo sus labios hasta que gimió. Ana sintió su verga dura como piedra contra su entrepierna húmeda, y se frotó contra ella, desesperada por más.

Esto es mejor que cualquier Pasión Capítulo 86, aquí no hay guion, solo nosotros dos ardiendo vivos.

—Quítate el vestido, mami —ordenó él, con ojos negros de deseo.

Ana se levantó, lenta, provocadora, dejando que la tela roja cayera al suelo como una flor marchita. Quedó en lencería negra, sus pezones endurecidos asomando tras el encaje. Javier gruñó, un sonido animal que la mojó más. Se quitó la camisa, revelando su torso esculpido por horas en el gym, y luego los pantalones, liberando su verga gruesa, venosa, lista para ella.

Se arrodilló frente a él, inhalando su aroma almizclado, ese olor a macho excitado que la volvía loca. Tomó su miembro en la mano, sintiendo su pulso acelerado, y lo lamió desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum. Javier jadeó, enredando los dedos en su cabello.

¡Chingao, Ana! Así, no pares, ricura.

Lo chupó profundo, sintiendo cómo llenaba su boca, el calor de su piel contra su lengua. Él gemía, empujando suave, pero ella controlaba el ritmo, torturándolo con succiones lentas y rápidas. El sonido húmedo de su boca, los gruñidos de él, el roce de sus bolas contra su barbilla... todo era sinfonía erótica.

Javier no aguantó más. La levantó, la tumbó en el sillón y le arrancó las bragas con un tirón. Su panocha depilada brillaba húmeda, hinchada de necesidad. Él se hundió entre sus piernas, lamiendo su clítoris con maestría, chupando como si fuera el mejor dulce de la feria. Ana arqueó la espalda, gritando, sus uñas clavándose en sus hombros.

¡Ay, papi! Me vas a matar... más fuerte, cabrón!

Su lengua danzaba, entrando y saliendo, saboreando sus jugos dulces y salados. Ella temblaba, el orgasmo construyéndose como tormenta en el desierto sonorense. Javier metió dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto G que la hacía ver estrellas. El placer explotó, Ana convulsionando, chorros de placer empapando su cara mientras gritaba su nombre.

Pero no era el fin. Javier se posicionó, frotando su verga contra su entrada resbaladiza. La miró a los ojos, pidiendo permiso con esa ternura que contrastaba su rudeza.

¿Quieres que te coja, amor?

Sí, métemela toda, no seas menso —suplicó ella, abriendo las piernas.

Entró lento, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ana sintió cada vena, cada pulgada llenándola, el roce ardiente contra sus paredes. Él empezó a bombear, primero suave, luego fuerte, sus caderas chocando con un plaf rítmico. Ella lo rodeó con las piernas, clavándole los talones en la espalda, gimiendo con cada embestida.

Cambiaron posiciones: Ana encima, cabalgándolo como amazona en rodeo tamaulipeco. Sus tetas rebotaban, él las amasaba, pellizcando pezones hasta doler placenteramente. El sudor les corría por la piel, mezclándose, oliendo a sexo puro. Javier la volteó a cuatro patas, embistiéndola desde atrás, una mano en su clítoris, la otra jalando su cabello.

Eres mía, Ana, toda mía —gruñía él, acelerando.

El clímax los alcanzó juntos. Ella primero, contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo, gritando hasta quedarse ronca. Javier se corrió dentro, chorros calientes llenándola, colapsando sobre su espalda mientras palpitaba.

Se quedaron así, jadeantes, pegados por el sudor y el semen que goteaba lento. Javier la besó en la nuca, suave ahora, mientras rodaban al suelo alfombrado. El aire olía a ellos, a pasión consumada.

En este Pasión Capítulo 86, no hay villanos ni traiciones, solo nosotros, exhaustos y felices en nuestro propio paraíso.

Ana se acurrucó contra su pecho, escuchando su corazón calmarse, latiendo en sintonía con el suyo. Afuera, la ciudad seguía su ritmo frenético, pero adentro, el mundo se había detenido en esa burbuja de placer compartido.

—Te amo, güey —susurró ella, riendo bajito.

—Y yo a ti, mi chula. Mañana repetimos, ¿va?

Se durmieron así, envueltos en sábanas que olían a sexo, soñando con más capítulos de su pasión infinita.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.