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Pasión Prohibida Capítulo 47 Parte 2

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Pasión Prohibida Capítulo 47 Parte 2

La noche en la Ciudad de México se sentía como un velo de seda negra cubriendo el hotel boutique en Polanco. Ana respiraba hondo, el aroma a jazmín del pasillo invadiendo sus fosas nasales mientras caminaba con tacones que resonaban como un latido acelerado. Hacía semanas que no veía a Javier, su pasión prohibida, el hombre que le hacía temblar las rodillas con solo una mirada. Él era el mejor amigo de su esposo, el carnal de confianza, pero entre ellos ardía un fuego que nadie más conocía. Esta noche, en la suite que habían reservado con nombres falsos, todo podía explotar.

Ana abrió la puerta con la llave magnética, el clic suave como un susurro pecaminoso. Javier ya estaba ahí, recargado en la barra del minibar, con una camisa blanca desabotonada hasta el pecho, dejando ver el vello oscuro que ella tanto amaba acariciar. Sus ojos cafés la devoraron de inmediato, recorriendo su vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como una segunda piel.

¡Órale, nena, estás para comerte viva!

dijo él con esa voz ronca que le erizaba la piel, acercándose con pasos felinos. Ana sintió el calor de su cuerpo antes de que la tocara, ese olor a colonia cara mezclado con su esencia masculina, puro macho mexicano que la volvía loca.

—Javi, neta que no aguanto más esta separación —murmuró ella, lanzándose a sus brazos. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a tequila reposado que él acababa de probar. Las manos de Javier bajaron por su espalda, apretando sus nalgas con fuerza posesiva, mientras ella gemía bajito contra su boca.

Se separaron solo para mirarse, jadeantes. Ana sentía su corazón martilleando como tambor de mariachi en fiesta. Esto es nuestra pasión prohibida, capítulo 47 parte 2, pensó, recordando cómo todo empezó en una boda familiar, un roce inocente que se convirtió en este vicio secreto.

La llevaron al balcón, donde la brisa nocturna jugaba con las cortinas de gasa. Abajo, las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas caídas. Javier la recargó contra la barandilla, besando su cuello, mordisqueando la piel sensible que olía a vainilla de su perfume. Ana arqueó la espalda, sintiendo sus pechos hincharse bajo el vestido, los pezones endureciéndose como piedritas contra la tela.

—Quítamelo todo, mi rey —suplicó ella, voz temblorosa de deseo. Él obedeció, deslizando el zipper con dientes, dejando caer la prenda al piso. Quedó en lencería negra de encaje, expuesta al aire fresco que le ponía la piel de gallina. Javier gruñó de aprobación, sus manos grandes explorando cada centímetro: los senos plenos que cabían perfecto en sus palmas, los muslos suaves que separó con rodillas firmes.

Entraron a la habitación, la cama king size invitándolos con sábanas de algodón egipcio crujientes. Javier la tumbó con gentileza, pero sus ojos prometían rudeza deliciosa. Se quitó la camisa, revelando el torso musculoso de quien juega futbol en las tardes con los cuates. Ana lo jaló por la cintura del pantalón, desabrochándolo con dedos ansiosos. La verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con la punta ya húmeda de precúm.

Mamacita, mírala cómo te extraña —dijo él, guiando su mano para que la envolviera. Ana la masturbó lento, sintiendo el calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo su palma. Se lamió los labios, bajando la cabeza para probarlo. Su lengua rodeó la cabeza, saboreando la sal salada, chupando con succión que lo hizo jadear.

¡Ay, carajo! Eres la mejor, Ana —gruñó Javier, enredando dedos en su cabello negro largo. Ella lo tomó más profundo, garganta relajada por práctica, el sonido húmedo de su boca llenando la habitación junto a sus gemidos roncos. El olor almizclado de su excitación la mareaba, haciendo que su panocha se mojara tanto que sentía el hilillo resbalando por sus muslos.

Pero Javier no la dejó terminarlo así. La levantó, volteándola boca abajo en la cama, nalgas en alto como ofrenda. Besó su espalda, bajando hasta morder las cachetes redondos. Separó las piernas, inhalando profundo el aroma dulce de su arousal, esa mezcla de miel y mujer que lo volvía pendejo.

Quiero comerte hasta que grites mi nombre, nena

murmuró contra su chochito hinchado. Su lengua atacó sin piedad, lamiendo de clítoris a ano, chupando los labios mayores jugosos. Ana se retorcía, uñas clavadas en las sábanas, el placer como electricidad subiendo por su espina.

—¡Javi, sí! ¡Más fuerte, pendejito! —chilló ella, caderas moviéndose contra su cara barbuda. Él metió dos dedos gruesos, curvándolos contra su punto G, mientras succionaba el botón sensible. El orgasmo la golpeó como ola en Acapulco, cuerpo convulsionando, chorro caliente salpicando su mentón. Gritó su nombre al viento, visión nublada de estrellas.

Javier se posicionó detrás, verga rozando su entrada empapada. Miró sus ojos vidriosos por encima del hombro.

—Dime que la quieres, mi amor prohibido.

—¡Sí, métemela toda! Hazme tuya —rogó Ana, empujando hacia atrás.

Entró de un solo embiste, llenándola hasta el fondo. Ambos jadearon, el estiramiento perfecto, paredes vaginales apretándolo como guante. Empezó a bombear lento, profundo, cada roce enviando chispas. El slap slap de carne contra carne se mezclaba con suspiros, el sudor perlando sus cuerpos, olor a sexo crudo impregnando el aire.

Ana se volteó, queriendo verlo. Piernas alrededor de su cintura, él la penetraba mirándola a los ojos, besos suaves contrastando la follada intensa. Sus senos rebotaban con cada thrust, pezones rozando su pecho velludo. Javier aceleró, gruñendo como animal, bolas golpeando su perineo.

—Estás tan chingona, Ana. Tu coño me aprieta como nadie —confesó él, sudor goteando de su frente a sus labios. Ella lo lamió, saboreando la sal, arañando su espalda marcada ya por sus uñas.

El clímax se acercaba, tensión enredándose como resorte. Javier frotaba su clítoris con el pulgar, sincronizado con sus estocadas. Ana sintió el fuego estallar primero, paredes contrayéndose en espasmos, ordeñándolo. Él rugió, hinchándose dentro, chorros calientes inundándola hasta rebosar.

Colapsaron juntos, entrelazados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Javier la besó la sien, acariciando su cabello húmedo.

—Neta que esto es lo mejor de mi vida, aunque sea prohibido —susurró.

Ana sonrió, trazando círculos en su pecho. El afterglow los envolvía como manta tibia, el tráfico lejano de la ciudad un recordatorio del mundo exterior. Pero aquí, en este capítulo 47 parte 2 de nuestra pasión prohibida, somos libres, pensó ella, sabiendo que volverían a arriesgarlo todo por otro encuentro.

Se quedaron así hasta el amanecer, pieles pegajosas de fluidos y sudor, promesas susurradas de amor eterno en la penumbra. Mañana regresarían a sus vidas dobles, pero esta noche, el deseo los había unido en éxtasis puro.

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