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La Torre de la Pasion o del Nacimiento

6225 palabras

La Torre de la Pasion o del Nacimiento

El sol del mediodía caía a plomo sobre la hacienda en las afueras de Guadalajara, tiñendo de oro las paredes de adobe y las buganvillas que trepaban como amantes enredados. Yo, Ana, había llegado ahí con mi carnal, Javier, huyendo del ajetreo de la ciudad por un fin de semana que prometía ser solo nuestro. La dueña de la hacienda, una señora elegante con ojos de quien ha visto demasiadas lunas, nos había contado la leyenda mientras nos servía un mezcal ahumado que picaba en la lengua como un beso prohibido.

La Torre de la Pasión o del Nacimiento, dijo con voz ronca, es donde las parejas se encuentran de verdad. Dicen que si suben juntos, la pasión prende como fuego de maguey y el nacimiento de algo nuevo brota inevitable. No es solo un hijo, wey, es un renacer del alma.

Yo reí, pensando que eran cuentos de abuelas, pero Javier me miró con esa chispa en los ojos, esa que me hace derretir las rodillas. Alto, moreno, con manos callosas de mecánico pero caricias suaves como terciopelo. Neta, desde que nos conocimos en una fiesta en Zapopan, su cuerpo me volvía loca. Esa noche, mientras el mezcal nos calentaba las venas, sentí el primer tirón de deseo, como un hilo invisible jalándome hacia él.

Al atardecer, con el cielo pintado de naranjas y violetas, Javier me tomó de la mano. Vámonos a la torre, mi reina, murmuró, su aliento cálido contra mi oreja, oliendo a tabaco y tierra mojada. Subimos los escalones de piedra desgastada, el aire espeso con aroma a jazmín salvaje y el eco de nuestros pasos retumbando como latidos acelerados. Cada peldaño era una promesa, mi corazón golpeteando en el pecho, el sudor perlando mi escote bajo el vestido ligero de algodón.

Arriba, la torre se abría a una terraza circular rodeada de barandales oxidados pero firmes, con vista al valle donde las luces de la hacienda parpadeaban como estrellas caídas. El viento jugaba con mi cabello, trayendo el olor salado de la piel de Javier. Me giré hacia él, y ahí estaba, mirándome como si yo fuera el único mundo que importaba. ¿Sabes qué, Ana? Esta torre me da envidia, dijo riendo bajito, porque ya arde con lo que siento por ti.

Su boca capturó la mía en un beso que empezó suave, labios rozando como plumas, pero pronto se volvió hambriento. Sentí su lengua danzando con la mía, sabor a mezcal y hombre, mientras sus manos subían por mi espalda, desatando el lazo del vestido. El tejido cayó en cascada a mis pies, dejándome en brasier y tanga, la brisa fresca erizando mi piel. Estás chingona, mi amor, gruñó él, sus ojos devorándome, y yo sentí el calor subir desde mi vientre, humedeciendo mis muslos.

¿Por qué me hace esto? Cada toque es fuego, cada mirada un imán. Quiero perderme en él, en esta torre que parece susurrar secretos de placer eterno.

Lo empujé contra la pared de la torre, mis uñas arañando su camisa hasta rasgarla, revelando el pecho moreno salpicado de vello oscuro. Olía a sudor limpio y deseo crudo, ese aroma que me enloquece. Besé su cuello, lamiendo la sal de su piel, mientras él gemía bajito, Órale, Ana, no pares. Sus manos grandes amasaron mis nalgas, apretándome contra su dureza que palpitaba bajo los jeans. La fricción me arrancó un jadeo, mi concha latiendo con necesidad.

Nos dejamos caer sobre el colchón de petates que alguien había dejado ahí, como si la torre supiera lo que vendría. Javier me quitó el brasier con dientes, succionando mis pezones hasta que dolió de placer, ondas de calor bajando directo a mi centro. Sabrosa, murmuró contra mi piel, y yo arqueé la espalda, mis dedos enredados en su pelo. Le desabroché el pantalón, liberando su verga gruesa y venosa, que saltó dura como piedra, goteando pre-semen que lamí con avidez, salado y almizclado en mi lengua.

Él me volteó, boca abajo, y separó mis piernas con rodillas firmes. Su lengua encontró mi panocha empapada, lamiendo despacio al principio, círculos en el clítoris que me hicieron retorcer. ¡Qué rico, Javier! ¡No mames! grité, el sonido del viento mezclándose con mis gemidos. Sentí sus dedos entrar, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas, el jugo chorreando por mis muslos. El olor a sexo llenaba el aire, espeso y embriagador.

Pero quería más. Lo monté, guiando su verga a mi entrada resbaladiza. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo estirarme, llenarme hasta el fondo. ¡Ay, cabrón, qué grande! exclamé, y él rio, manos en mis caderas, ayudándome a cabalgar. El ritmo creció, piel contra piel chapoteando, mis tetas rebotando con cada embestida. Sudor nos unía, resbaloso y caliente, sus ojos clavados en los míos, transmitiendo amor y lujuria pura.

Esta torre nos envuelve, como si sus piedras absorbieran nuestro fuego. Siento que algo nace aquí, no solo placer, sino nosotros renaciendo juntos.

La tensión subía como marea, mis paredes apretándolo, su verga hinchándose dentro. Cambiamos posiciones, él encima, penetrándome profundo mientras yo envolvía sus caderas con piernas temblorosas. Besos mordiscos en hombros, uñas clavándose en espaldas. Vente conmigo, mi vida, jadeó él, y el mundo explotó. Mi orgasmo me sacudió como rayo, olas de éxtasis contrayendo mi cuerpo, gritando su nombre al viento. Él se derramó segundos después, chorros calientes inundándome, su rugido primal vibrando en mi pecho.

Quedamos jadeantes, enredados en el petate, el aire nocturno enfriando nuestro sudor. Javier me besó la frente, suave ahora, Te amo, Ana. Esta torre de la pasión o del nacimiento nos marcó para siempre. Yo sonreí, mano en su pecho, sintiendo su corazón calmarse al ritmo del mío. Abajo, las luces de la hacienda parpadeaban, pero aquí arriba, en esa torre legendaria, habíamos encontrado nuestro propio renacer.

Al amanecer, bajamos tomados de la mano, el sol besando la piedra como testigo. No sé si vendrá un hijo, pero sí sé que nuestra pasión nació ahí, eterna como las leyendas mexicanas. Neta, wey, qué chido fin de semana.

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